Macondo, medio siglo de fama mundial

Macondo, medio siglo de fama mundial

11 de junio del 2017

O“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.” Gabriel García Márquez – Cien años de Soledad.

La vida de los escritores también está tejida por los rumores, por lo que se dice de ellos en los lugares en donde vivieron o por los que pasaron; nuestro Nobel, Gabriel García Márquez, no es ajeno a esto; sobre él se han dicho muchas cosas y sobre sus libros también. Les contaré una anécdota:

En estos días que el mundo celebra los cincuenta años de la aparición de una de sus mejores novelas, para muchos la más importante y conocida, Cien Años de Soledad, anduve por algunos lugares del municipio de Aracataca, donde se encuentra la Casa-Museo de Gabriel García Márquez, y la Casa del Telegrafista, y del vecino municipio de Zona Bananera.

En ese recorrido estuve en un sitio hasta ese momento desconocido para mí, aunque quizás no tanto, porque me hizo recordar todo lo que en mi memoria conservo del universo de Cien Años de Soledad; en el corregimiento de Guacamayal, rodeado por grandes plantaciones de banano, y acompañado a uno de sus costados por las aguas semiturbias del río Sevilla, hay un caserío, en cuya entrada se destaca un colorido aviso: “El verdadero Macondo”. Aquí tiene presencia permanente, aunque ausente, la United Fruit Company.

El tiempo apenas anda, a veces se detiene en el río, en las plantaciones de banano, en los caminos destapados, en las antiguas casas, en la única escuela que tiene el pueblo, en las mariposas amarillas y en el árbol de hojas anchas que sus pobladores llaman Macondo. Lo más sorprendente quizás, son esas casas de altos techos, que formaron parte de los campamentos de la “Yunai” -como le decían hace un siglo a la bananera norteamericana-, y que aún se alzan a lado y lado de las dos calles del caserío como testigos mudos, sobrevivientes de la matanza de aquel aciago diciembre de 1928.

¿Macondo se llama el árbol?, le pregunto a Jairo, un habitante de la vereda que se ha especializado en contarles a los turistas, principalmente extranjeros, que suelen visitar este sitio cargado de importancia literaria, la historia de cómo surgió el nombre mítico del pueblo que Gabo inmortalizó en su libro.

-Aquí había muchos, me comenta, pero la United Fruit Company los echó abajo para sembrar banano. Te lo mostraré, hace poco sembramos uno frente a la escuela.

Caminamos dos cuadras partiendo desde su casa hacia el colegio, y ahí solitario, protegido por unas varas de guadua, resistiéndose al olvido, se halla Macondo. Todo está presente, de algún modo, en este árbol -pensé-.

Gabo era un niño cuando recorría en tren con su abuelo la zona, bajo la atmósfera cálida y desolada de estos parajes y, deslumbrado por ellos, almacenaba en su cerebro infantil nombres, colores, texturas, dimensiones, detalles que para los adultos pueden pasar inadvertidos y todo eso, que vio y escuchó, lo inmortalizó después con su pluma.

Hay algo en estos pueblos de la Zona Bananera y es que, al verlos una vez, los conservas para siempre en la memoria.

Dice Cees Noteboom, uno de sus grandes admiradores “Los escritores al morir no están en sus tumbas, están en sus libros”. Yo diría que, de algún modo, también los podemos encontrar en los lugares que se hicieron presentes en sus obras, como este caserío que, con el nombre de una antigua finca bananera, tomado a su vez de un árbol emblemático, cobró renombre universal en la obra de nuestro Nobel.

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