Madrid city tour

Madrid city tour

2 de diciembre del 2018

Cuando Pepito Pérez decidió viajar a Madrid por primera vez en su vida, se compró una guía de Bogotá porque las de Madrid se habían agotado en la terminal de Buses de Salitre. “Al final, todo se resume a calles”, pensó. Y en efecto, todo eran calles. Qué más daba que se llamaran de un modo u otro. Lo importante es que siguiéndolas salías a otras calles que desembocaban a su vez en arterias idénticas a las anteriores. La calle, pensó, es uno de los inventos más raros del hombre: aparecen para contrarrestar la diabólica infinitud de los campos. Por eso la gente se va a La Calera los fines de semana.

Pepito Pérez llegó con su guía de Bogotá al Aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas, luego y sin saber, llegó a la estación de “Atocha” y lo primero que hizo fue mirar el plano de la ciudad para situarse imaginariamente en algún sitio. “Estoy en esta esquina”, se dijo colocando el dedo índice al azar sobre una esquina del plano de Bogotá. “Si sigo esta avenida, llegaré aquí”. Dicho y hecho. Comenzó a caminar con el morral a la espalda por el paseo del Prado y llegó a “Aquí”. “Aquí” era casualmente Cibeles, pero podría haber sido cualquier otro lugar. Miró el plano de Bogotá y vio en él la plaza de Toros La Santamaría . Decidió seguir el plano a la derecha y de este modo alcanzó la Puerta del Alcalá, desde donde, siempre con la guía de Bogotá en la mano, llegó a Velázquez. Allí encontró un hostal con pretensiones de hotel. Era mejor un hostal con pretensiones de hotel que un hotel con instinto de pensión, pensó, pidiendo alojamiento en un perfecto español rolo.

Si en lugar de haber encontrado una guía de Bogotá hubiera encontrado una de París, habría tenido que hablar en francés, se dijo, menos mal. Aunque justo en el momento de decírselo salió del fondo del establecimiento una pareja que se dirigió en francés a la chica de recepción sin que ésta mostrara extrañeza alguna. O sea, que no sólo se podía viajar a Madrid con una guía de Bogotá, sino con el idioma que te diera la gana. Él sabía un poco de inglés, de modo que probó suerte, para ver qué pasaba, y dijo a la recepcionista:

-Good morning girl. It is extremely cold today!

-yes, sir- respondió la chica.

Una vez hecha esta comprobación, Pepito Pérez regresó al idioma español, porque le era más cómodo. Pero le pareció que había en el mundo un exceso de guías de viaje, de idiomas y de información… Al final, todo se reducía a decir hace frío, hace calor, me gustas mucho, qué lindos dientes, te amo, eres muy linda, etcétera. Una vez en su habitación, pensó que había también un exceso de museos y de restaurantes. En su guía de Bogotá, al menos, venían dos páginas en amarillo de museos y cuatro o cinco de restaurantes. En la sección “Adónde ir por la noche”, vio infinidad de salas de fiesta y de barras estadounidenses. Estados Unidos estaba en todas partes, qué curioso. Ningún ser humano podría visitar todos esos museos ni comer en la mitad de los restaurantes de la guía aunque viviera cien años de soledad de Gabo. Qué desperdicio.

De todos modos, como era partidario de los viajes culturales más que de los de mero placer, al otro día madrugo y decidió visitar un par de museos elegidos al azar en la guía de Bogotá. El primero era un museo de costumbres. Le pareció que estaría bien conocer las costumbres del lugar. Camino hacia una esquina cualquiera de Velázquez y fue torciendo a derecha e izquierda, siempre según las indicaciones del plano de Bogotá, hasta llegar por casualidad al Museo del Prado de Madrid. No se trataba exactamente de un museo de costumbres, aunque en alguna medida todos lo son. La visita le abrió el apetito, y al acabar el recorrido se metió en el primer restaurante que le salió al paso. No venía en la guía de Bogotá, pero ninguna guía es exhaustiva.

De todos modos comió tan bien que a los postres, en agradecimiento, informó al chef de que no aparecían en la guía. El chef echó un vistazo al folleto y argumentó que se trataba de una guía de Bogotá-Colombia.

-¿Y a qué más tengo derecho? -replicó Pepito Perez pidiendo un vodka.

Pasó una semana y Pepito Pérez no dejó de visitar ninguno de los monumentos que aparecían señalados como importantes en la guía de Bogotá. Cuando regresó a su ciudad, su esposa le preguntó qué tal le había ido por Madrid, y él dijo que finalmente había estado en Bogotá.

-¡Ah! -respondió su mujer.

-Sí corazón, muy linda la Gran Vía de Chapinero -añadió él.

Y y colorín colorado este cuento se ha acabado

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