“Me tatué el Facebook”

8 de junio del 2011

La noticia curiosa del día es la historia de una mujer que decidió recientemente tatuarse la foto de perfil de sus 152 contactos de facebook en su brazo izquierdo. ¡Absurda! Me dice un amigo como comentario, después que yo colgara el video en mi propio muro ¡Estúpida! dice otra. Impactante, sí. Increíble: también, pero yo me pregunto ¿cuántos de nosotros no tendremos tatuado el Facebook en todos los poros de nuestro cuerpo? ¿toda nuestra vida regada en él?

Yo abrí mi perfil de Facebook en agosto de 2007. Al abrirlo, tenía habilitados 5 contactos (casi todos en el extranjero).  Por simple curiosidad, llené los datos de registro, puse una foto de mi más reciente cumpleaños y ya, me dediqué a observar.

En ese tiempo, Facebook era casi inocente. Se trataba de observar fotografías, de enviar pescaditos o flores al acuario y jardín de los pocos amigos que tenía, de interactuar en grupos de interés, de jugar en línea,  de enviar mensajes, de conversar. Y lo más importante: de reconectarse, de encontrar a la vecina que se había ido del país hace 10 años o al amor platónico de la adolescencia. En sus orígenes, pienso yo, Facebook sí tenía una labor social.

Fui pionera entre mis amigos más cercanos en “abrir” la cuenta en el temible Facebook. Por lo mismo, muchos me decían “adicta”, “desparchada” (un término muy paisa que significa literalmente no tener nada productivo que hacer), y muchos adjetivos más que fui olvidando con una sonrisa burlona cuando, meses después,  esos mismos amigos empezaron a llamarme al celular a las 10 de la mañana para que (por favor) les enviara una invitación a Facebook  y además les abriera su propia cuenta. Terminé explicándole a mis propios detractores cómo se subía una foto, cómo escribir en un muro, cómo colgar un video. El resto es historia.

Lo que se vino fue una verdadera avalancha. Las florecitas del jardín se marchitaron y los pescados se murieron de hambre. En cuestión de meses, ya eran 50, ya eran 100 contactos. “Bienvenido a Facebook”, era casi una frase diaria. ¿Estás en Facebook? la frase del millón en una conversación cualquiera. Ya no había fiesta, cumpleaños, paseo, matrimonio, parto, misa, entierro o salida a mercar que no estuviera gráficamente documentado en él. “El que no está en Facebook no existe” fue la consigna. Y la locura se desató.

No desconozco el innegable poder de esta red social. La multitudinaria marcha contra las Farc el 4 de febrero de 2008 no hubiera sido posible si no hubiera sido convocada a través de esta red. Tampoco las manifestaciones populares en el norte de África que derrocaron a los más feroces dictadores.  No lo critico tampoco (alguien decía que decir “no tengo Facebook” es el nuevo “no tengo televisor” de aquellos que se creen importantes). Facebook llegó a nuestras vidas para quedarse. No tengo la menor duda de ello. Sólo que siento que de “social” ya a Facebook le queda muy poco.

Casi 4 años después, y con 313 contactos, concluyo que hoy esta red social dejó de tener ese objetivo de interacción, de conectarte con el que está lejos, de cultivar amistades, de estar ahí,  para convertirse en un altar para nosotros mismos. Hay que reconocerlo: todos llevamos un popstar adentro. Tenemos un afán insaciable por el reconocimiento social y Facebook es la herramienta perfecta para que muchos midan su propia  popularidad y borrosa autoimagen. Es un negocio redondo. Encontramos en él la manera de alimentar esa costumbre tan nuestra de mostrar lo que no somos: nuestras sonrisas fingidas, nuestros amores de cuento, nuestras exitosas carreras,  nuestros viajes al fin del mundo.  Nadie tiene defectos en Facebook. Nadie fracasa en Facebook.  Somos tan hermosos y perfectos como nuestra foto de perfil.

Por eso, me atrevería a decir que ya muchos no tienen perfil sino fanpage. Su Facebook se volvió el alter ego de sus propias vidas. Crearon el monstruo y ya no pueden escapar de él.  Viven esperando el “me gusta” horas y horas detrás de una pantalla, fantaseando con comentarios zalameros, con alabanzas hipócritas de gente que muchas veces ni siquiera conocen. Su propia autoestima está íntimamente ligada a la aprobación de los demás, o mejor,  al “me gusta” de los demás (aunque hay algunos tan narcisos que ya le dan “me gusta” a sus propios posts).

Muchos ya no viven por vivir, viven para Facebook. Viven para mostrar el ángulo perfecto de sus propias vidas en una página de internet. Viven para pavonearse de su belleza, de su éxito, de su inteligencia. Hemos llegado muy lejos. Nos perdimos a nosotros mismos. Entregamos, sin darnos cuenta, nuestra vida a los demás. Entregamos nuestras decisiones preguntando en una encuesta a qué lugar del mundo deberíamos ir de vacaciones. Nuestros sentimientos buscando a veces llamar la atención y encontrar lástima. Nuestros pensamientos con una filosofía copy paste, donde nada hemos dicho pero con todo estamos de acuerdo. Nuestros estados de ánimo en emoticones de colores. Nos quedamos sin secretos, sin intimidad,  sin espacio para nosotros mismos. No los vendimos, ni siquiera nos pagaron por ellos. Los regalamos así no más.

Abrimos una ventana que ya es imposible cerrar. Nuestro ego  nos impide guardarnos cosas para nosotros mismos. Y por lo tanto, ya no tenemos historias para contar. Hace dos años, y después de 11, me reuní una noche con algunas compañeras del colegio que no veía desde el día de la graduación. Lo que yo pensaba que sería una noche de recuerdos de la infancia y el recuento de más de una década sin vernos, fue un resumen, literal, de mi muro de Facebook. “Fulanita se casó, ¿vieron?  ya puso las fotos en el Facebook”; “Peranita se fue a vivir a Londres ¿Sí? ¿Cuándo? No sé, yo sólo vi las fotos en Facebook; “Sutanita está embarazada. Ya vi las fotos de la ecografía del bebé en Facebook”. Sobra decir que fingí un repentino dolor de cabeza y llegué a mi casa antes de las 10 de la noche.

Puede sonar irónico, pero no me interesa cerrar el Facebook, ni decirle a nadie cómo debería usarlo, ni dar una cátedra ética sobre esta red social. Lo único que sé y me alegra saber es que aún tengo muchas historias por contar y estoy segura que nadie va a decir: “sí, eso ya lo sabía, ella ya lo había publicado en Facebook”.

Nombre en Twitter: carito97

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO