Medianoche en París

19 de agosto del 2011

Si amar demasiado hace que el hombre pierda el miedo, por un instante, a enfrentarse a la muerte, soñar —aún despierto—, hace que el mismo hombre logre romper las cadenas que lo atan a la cotidianidad. Así como Ernest Hemingway (Corey Stoll) le pregunta a Adriana (Marion Cotillard) si ha sentido lo que es enfrentarse […]

Si amar demasiado hace que el hombre pierda el miedo, por un instante, a enfrentarse a la muerte, soñar —aún despierto—, hace que el mismo hombre logre romper las cadenas que lo atan a la cotidianidad. Así como Ernest Hemingway (Corey Stoll) le pregunta a Adriana (Marion Cotillard) si ha sentido lo que es enfrentarse a un tigre, Gil Pender (Owen Wilson) logra percibir algo similar al encarar su vida actual y sus ilusiones en la romántica París durante un viaje, no solo a la ciudad sino a las épocas vividas allí.

En Medianoche en París (2011), una comedia romántica de Woody Allen, Pender viaja con su novia Inez (Rachel McAdams) y sus suegros por negocios. En realidad, estos son de su suegro John (Kurt Fuller), a quien Gil le dice que es un «zombie fascista» como los de su partido. Mientras Pender sueña con terminar su novela, lejos de los guiones de Hollywood que lo han consagrado, y de recorrer la ciudad bajo la lluvia, su novia y unos amigos de ella, el pedante de Paul (Michael Sheen) y Carol (Nina Arianda), solo piensan en pasar por la típicas rutas de turismo. Por su parte, su suegra Helen (Mimi Kennedy) se dedica a descargar toda clase de indirectas y en la intención de hacer compras para la boda de su hija —por ejemplo, una silla de 18.000 euros y así—.

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Adriana y Gil caminando por París (c)

Aburrido del ambiente de la familia, indeciso por su futuro matrimonio y estresado por su novela estancada sobre un hombre que trabaja en un anticuario, Gil decide caminar solo por las calles y descubre que a medianoche puede abordar un carro antiguo y compartir lo insólito con artistas y escritores que vivieron en París en la década de 1920. No es raro ver cómo, entre fiestas, tragos, halagos, discusiones y tristezas, van apareciendo F. Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, T.S. Eliot, Henri Matisse, el combo surrealista —Salvador Dalí, Luis Buñuel y Man Ray—, el mismo Hemingway con sus locuras y su pasión por la caza, entre otros. La película no sólo traza un mapa de la ciudad sino que compagina una bitácora de almas resucitadas que aportaron al arte y a las letras. Además, le mete el dedo en la llaga a quienes piensan que el tiempo pasado fue mejor y no viven conformes, en quienes buscan en los demás lo que creen que no tienen y se ufanan de aquellos que piensan diferente.

Adriana, la amante de Picasso, los ojos de Hemingway, la gruppie de los artistas de la época de oro, deja una estela de humo nostágico y romántico que atrae a Gil, no solo por escucharlo de la forma que Inez no lo hace sino por entender eso de querer vivir años atrás; en su caso, la belle epoqué, cuna de Degas y Gogin. Además de la atracción entre estos viajeros del tiempo, las fotografías de París de noche y de día, con sol o con lluvia, con autos modernos o clásicos, de parques mecánicos antiguos, de la Torre Eiffel y demás atracciones desde diferente ángulos y de techos que se iluminan con la luna atrapan y no sueltan.

Woody Allen logra transmitir la atracción íntima que siente por esa ciudad y deja que Gil Pender traspase los límites de sus deseos y tenga el alago de que Gertrude Stein (Kathy Bathes) le corrija su libro fracasado y le muestre la luz. Esto es el poder de la mente, de creer que es posible traspasar las barreras de la imaginación sin necesidad de sufrir de alguna clase de problema mental. Al menos, no para quienes en algún momento han querido conversar con sus ídolos sobre recomendaciones para no escribir banalidades.

Director: Woody Allen.

Reparto: Kathy Bathes, Adrien Brody, Carla Bruni, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Michael Sheen y Owen Wilson.

Duración: 94 minutos.

Año: 2011

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