Mi ausencia en vida

19 de junio del 2018

Por Gloria Echeverry.

Mi ausencia en vida

Ahí está mi madre, le encanta la costura, está haciendo patrones y trazando líneas para lo que serán unos pantalones para que luzca una mujer bella.

Mientras yo tomo algo de leche y salgo corriendo a la calle con ánimo de jugar con mis amigos, casi sin despedirme le digo a ella que voy a estar afuera. Ni siquiera me doy cuenta si responde, simplemente lo doy por sentado.

Al anochecer y ya con frío me devuelvo a casa y ahí está mi madre, cocinado haciendo la comida para toda la familia, nos sirve a todos y ella es la última en comer cuando ya se ha asegurado que ninguno quiere repetir porque de así ser, da su propio plato sin chistar.

Ahora tengo 18 años, voy a estudiar y luego a trabajar, a mi madre la veo en la mañana cuando me ofrece el desayuno y la vuelvo a ver en la noche, incluso si ese día me voy de rumba, porque ella espera despierta y mirando en la ventana cada tanto a que el último de sus hijos llegue con bien a casa.

Desde la calle la llamo incontables veces, nunca para saludar, solo para pedir que me tenga listos unos tacones y una blusa que le ha tocado buscar en medio del caos de mi armario, tengo cien de ellas pero mi mamá tiene que saber a cuál me refiero, la apuro, la estreso y finalmente recojo mi ropa y voy a laborar, me despido con un beso y ella con una bendición.

Tengo 24 años, estoy soltera y con un hijo, aún vivo en casa de mis padres, ellos cuidan del bebé mientras yo trabajo de sol a sol.

Tengo 39 ya no vivo con mis padres, ahora me he casado, vivo con mi esposo y con mi hijo, he cambiado… ahora el trabajo aunque me importa ya no ocupa el primer lugar en mi lista, comparto con mi familia, llamo a saludar y me gusta saber de ellos, vivo en otro país pero los añoro.

Estoy en el parque veo unas flores que parecen mini orquídeas y le digo a mi madre, mamá mira estas flores tan bellas, son tan extrañas, ¿las habías visto antes? Hay un silencio absoluto, no escucho su respuesta, igual que cuando ella me hablaba y yo la omitía, pero ella tiene disculpa, hace 14 años se la llevó un cáncer que se comió su cerebro.

La tuve 25 años conmigo pero sin mí, yo estaba, pero ausente, no me senté a hablar con ella de sus miedos y deseos, no cambie una tarde de amigos por estar con ella, no la invité a dar una vuelta y a comer helado.

De regalo le di varias cosas entre ellos miles de dolores de cabeza y un saco que salí a comprar el mismo día de su último cumpleaños y me demoré más buscándolo que compartiendo con ella, un saco que jamás se pudo poner porque su enfermedad se la llevó en pijama.

Ahora en la madrugada de mi habitación la llamo, no me contesta, pero le digo madre, ojalá hubiera llenado tus espacios de soledad cuando te tenía, ahora en mi soledad solo quiero oír tu sabiduría pero ya no me contestas.

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