Mi mamá es Saiyajin

3 de agosto del 2012

Que las madres tienen superpoderes lo sabemos todos pero la mía usa la vergüenza ajena como arma mortal.

Mi hermano fue un adolescente normal. Y como normal me refiero a “algo que se halla en su estado natural” como lo define la Real Academia de la Lengua. Porque la transgresión de las normas, la irreverencia y el desafío a toda figura de autoridad es natural en los adolescentes. Pero con lo que no contaba mi hermano es que le iba a salir una mamá un poco más macarra que él. Todo sucedió en un lapso de 18 horas que comenzó bien temprano en la mañana cuando llamaron del colegio a casa a preguntar por qué no había asistido a clases. La última información que teníamos era que había salido muy tieso y muy majo hacia el paradero del autobús escolar. Había que reconstruir todas las escenas donde había sido visto para encontrarlo, así que mi madre corrió hasta el paradero e interrogó a cuatro muchachitos que esperaban su transporte pero ninguno dijo nada. Ese silencio cómplice la ofuscó aun más y todavía con la mantequilla del desayuno en el bigote se le echó al cuello a uno y empezó a apretar hasta que el peladito lo escupió “se fue a acompañar a Andrea al odontólogo”. En este punto, la fuerza bruta evolucionó a trabajo de espionaje y labores de inteligencia: saber de cual Andrea se trataba, encontrar el teléfono de la mamá de Andrea y preguntarle el teléfono del odontólogo. A los 20 minutos sonó el timbre en el consultorio del Dr. Delgado – Srta. Buenos días hágame un favor, ¿la paciente Andrea ya llegó? – La voz de mi mamá sonaba imponente así que la recepcionista no se atrevió ni a preguntar quién era – Si señora, aquí está – Páseme al joven que está con ella–. No hace falta imaginarse como le quedo la cara a mi hermano al ver que preguntaban por él, pero a los 20 minutos estaba de vuelta en casa con el rabo entre las piernas, castigado sin ver televisión y sin asistir a ninguna actividad social en dos meses.

Esa noche había una fiesta en el barrio y de nada sirvió que desfilara la romería de prepúberes rogándole a mi mamá para que dejara ir a quien de repente se había convertido en “el alma de la fiesta”. Su negativa fue determinante y a las 8 de la noche estaban todas las luces de mi casa apagadas y cada uno en su cama tratando de conciliar el sueño. Pero tres horas más tarde, con ese tercer ojo de Lobsang Rampa que poseen las progenitoras, mi madre se levantó como un resorte de la cama y fue a ver si mi hermano dormía, movió un bulto de almohadas debajo de las cobijas y no lo encontró. A mí me levantó la cantaleta y mientras ella alegaba vi como poco a poco, ese ser que normalmente dormía en sudadera y no pasaba de alisarse el pelo y ponerse bloqueador solar, fue montándose un disfraz con rulos en la cabeza, crema verde exfoliante en la cara, levantadora de flores y unas pantuflas de patas de oso con garras y así con esa pinta tipo Gokú en su tercera mutación, se fue a sacar a mi hermano de la parranda. La vergüenza pudo más que el miedo y hasta hoy ninguno de los tres hijos ha intentado volver a desafiar a la bola del dragón Z.

Imagen por cortesía de http://www.lineasycolor.blogspot.com.es/

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO