Mi olor corporal

27 de julio del 2018

Por Camilo Villegas.

Mi olor corporal

Mi exnovia estaba a un lado de la carretera, junto a su camioneta. Esperaba, con un envase de Coca Cola vacío en su mano, que alguien le echará un aventón. Yo iba en moto, con un casco que me ocultaba el rostro. Me detuve junto a ella sin presentarme.

– ¿Te has quedado sin combustible? -pregunté.

-Sí -respondió.

-Sube.

Ella subió a la moto sin haberme reconocido. Hacía seis años que no nos veíamos, ni nos hablábamos. La última vez que nos habíamos dado un abrazo fue en un aeropuerto. Después, sin que hubiera sucedido nada entre nosotros, habíamos ido espaciando las llamadas telefónicas hasta que se cortó completamente la comunicación.

Noté cómo agachaba la cabeza para protegerse del aire. Sin duda, reparó en mi olor corporal, pues tengo fascinación por las Loewe y Gucci. Ella misma me había regalado muchas fragancias durante el tiempo que estuvimos juntos. Recuerdo que entre sus planes contemplaba viajar, estudiar y vivir en otro país.

Siempre me pareció que se sentía culpable por aquellas cosas de menos, o de más, según se mire. Me enamoré de ella por su inteligencia, era de ensueño, todo lo que se proponía lo conseguía. Era una mujer fuerte, valiente y toda una guerrera. Ella era de las que sabían lo que querían.

Conduzco con mucha agilidad, zigzaguiando entre los camiones con movimientos que desde algún punto de vista podrían parecer suicidas. Noté que ella, pese al pudor que le daba el contacto con un desconocido, se cogía a mi hombro con la mano izquierda mientras intentaba pegar a su muslo el envase de Coca Cola que llevaba en la mano derecha. Supe que no dejaba de olerme. Sin duda, se habría preguntado por la posibilidad de que yo fuera su exnovio. Quizá, recordara la sucesión de traumas por los que había pasado, la cadena de depresiones, el rosario de drogas, la bipolaridad, para llegar al fin a ese remedio sencillo: viajar y acabar con todo.

Entonces, ejerció sobre mi hombro una presión que podría interpretarse como una muestra de afecto a la que no respondí. Por fin llegamos a la estación de gasolina, donde se bajó de la moto con el envase de Coca Cola en la mano. Le dije que no podía llevarla de regreso hasta su camioneta y ella respondió que no me preocupara, que ya encontraría a alguien. Noté que intentaba ver mi rostro a través de la visera ahumada de mi casco. Esa noche sonó mi celular un par de veces, pero colgaron cuando dije: aló.

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