No hay corrupción pequeña

Foto: Javier Giraldo

No hay corrupción pequeña

12 de febrero del 2018

Tras la posibilidad de hacer una breve salida a un bucólico lugar cercano al valle del Magdalena y por tener la certeza de que había transporte de regreso, decidí hacer el recorrido de ida, a través de un bus interdepartamental.

Y tomada esa decisión, recordé la recomendación que siempre replicamos en nuestros noticieros en las fechas pico de viajeros: ir a la Terminal de Transportes. Igual es un viaje que no tarda más de tres horas y media, pero mi experiencia tomando esa flota, da pie a esta nota.

A solo dos cuadras de mi casa acostumbran a detenerse varias de las llamadas flotas con la consecuente congestión para la vía principal, con la creciente aparición de negocios informales que al principio eran puestos móviles y luego casetas con luz eléctrica (¿de contrabando?). A pesar de estar a esa escasa distancia de mi casa, fui a la Terminal del Salitre, ubicada a un par de kilómetros, para no usar ningún servicio informal.

Al preguntar por los pasajes para mi destino, me ofrecieron uno para casi dos horas después, lo que me pareció absurdo por la espera y decidí preguntar en otros sitios. La siguiente opción parecía ideal: salida en 15 minutos, buen precio, ofrecieron un servicio directo en un vehículo que parecía cómodo. Por eso lo compré y decidí esperar.

A los siete minutos estaban llamando para abordar y todo parecía en orden. Pero a los siguientes siete la malicia se apoderó de mí. En el vehículo solo estábamos tres pasajeros y no hubo más en los siguientes 10.

Así arrancó esa flota, con nueve minutos de atraso y un paso lento que la llevó a la salida de la Terminal, revisaron cuántos íbamos y pusieron un sello en la puerta, tal como lo ordena una norma de la antigua Secretaría de Tránsito, expedida casi 15 años.

Fue cuando recordé que desde hace ya un tiempo he estado publicando la inutilidad de ese sello porque, aunque lo pagamos los bogotanos, nadie lo respeta ni lo hace respetar.

Si hablamos del transporte intermunicipal que sale por la Avenida Boyacá con destino al norte, menos de 400 metros después de haberlo puesto (eso es menos de 40 segundos después) lo rompen para parar frente a la Urbanización Carlos Lleras, contigua a la Terminal. Si la salida es hacia la calle 13, dura más tiempo ese sello, pero su vida útil también es efímera y así lo comprobé en el bus 535 de Rápido Tolima en el cual viajé.

Muy diligente, el ayudante llamó varias veces por teléfono y entendí que hablaba con quienes habían salido antes para saber en dónde estaban ubicados y solo fue llegar a la calle 13 con Boyacá para que bajara antes del puente a ofrecer el destino que teníamos. Ahí entendí que me habían enviado por una ruta que yo había preferido no tomar, como lo dije en la taquilla, y que me dijeron que no sucedería.

Resignado esperé y solo al otro lado del puente de la Avenida Boyacá (adonde llegó 40 minutos después de haber salido), el conductor parqueó y durante los siguientes 30 minutos conductor y ayudante buscaron pasajeros, con el mismo fervor con que lo hacían al menos otras cuatro flotas.

Y mientras yo recordaba los informes periodísticos que he hecho sobre esa violación a la Resolución 502 de 2003, que sucede todos los días a cualquier hora y a veces con la presencia de uniformados de tránsito que son tan jóvenes que quizá no saben que existe esa norma, alcancé a pensar en cancelar mi viaje porque estaba a las mismas dos cuadras de mi casa, en ese sitio al que no quise ir una hora y media antes.

Justo antes de arrancar, el ayudante volvió a llamar por teléfono y se enteró de que había puestos de control de la Policía en la variante de Fontibón y con diligencia pasó por cada ventana pidiéndoles a los pasajeros que cerraran las cortinas para que no vieran que iba lleno, retiraron los avisos de destino del parabrisas y decidieron tomar calles de los barrios para evitar circular por las vías principales y evadir el control.

Solo acababa de pasar el peaje de salida a Mosquera, cuando en la calle alguien hizo la famosa señal de parada y sin consideración alguna el conductor frenó e intentó cambiar de inmediato de carril para parar, pero la corneta desesperada de un tractocamión que iba por el carril derecho lo convenció de no seguir y alborotó a tres señoras que empezaron a gritarle a nuestro conductor que tuviera cuidado.

Llegar a Facatativá fue encontrarse con otra media hora de espera para conseguir tres pasajeros que le faltaban para completar el cupo. Y el recorrido continuó hasta que llegó a una división de la vía, a escasos 25 minutos del destino final, en donde paró a trasbordar a unos pasajeros a los que les prometió llevarlos a otra población que queda en el punto cardinal opuesto adonde en realidad iba. A regañadientes, bajaron esos clientes y pararon a esperar otro bus que sí fuera para allá. Representaron 15 minutos más de espera.

¿Recuerdan que al principio dije que el recorrido que yo pretendía hacer era de unas tres horas y media? Tardé casi seis. Y lo peor es que todo lo que narro no les resultaba extraño a los que parecían viajeros frecuentes.

Vino a mi mente una época oscura de viajes en medio de bultos, de pie durante varias horas por allá a finales de los años setenta, cuando en la casa viajábamos con frecuencia a una población tolimense adonde mi padre fue a trabajar.

Y supe que los avances tecnológicos solo han servido para que los ayudantes se coordinen para evadir controles y hacer picardías. Entonces enumeré cuántos hechos de corrupción vi en ese recorrido:

  • El incumplimiento de la norma que prohíbe recoger pasajeros.
  • La falta de controles y la viveza con que burlan los que existan.
  • Los engaños al pasajero y el silencio cómplice de todos.

En esos recorridos impera la norma que el conductor y el ayudante impongan. Ellos son la autoridad total y por eso los abusos.

Un informe periodístico de hace casi un año dice que el país pierde casi un billón de pesos cada semana por corrupción. Pero estoy seguro de que falta medir cuánto perdemos a diario porque nos acostumbramos a la imposición de costumbres que contrarían las normas, que ponen a las autoridades en el papel de “malos que no dejan trabajar”.

Uno de los mensajes de estas épocas previas a elecciones dice que la culpa de los problemas del país no es la calidad de los dirigentes sino la calidad de la materia prima del país: su gente.

¿Estamos siendo tan honestos que podamos reclamar por la falta de honestidad de los demás? Porque los actos de corrupción, esa que criticamos cuando sale a la luz pública y que vincula a apellidos renombrados de políticos y de dirigentes nos quema los bolsillos propios, tanto como nuestros consuetudinarios actos que buscan lograr aparentes ventajas o que respaldan actitudes ilegales con nuestro silencio. En los dos casos estamos perdiendo ¿o no?

@jgiraldo2003

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