Nuestro derecho a la frivolidad

9 de agosto del 2011

La pregunta siempre es la misma ¿por qué los colombianos sentimos esa fascinación obsesiva por lo banal pero nos negamos a admitirlo? Desde hace muchos años la revista más leída del país es aquella que habla de los chismes de la “farándula nacional”, donde los rumores, los amores, las rumbas y los escándalos están a […]

La pregunta siempre es la misma ¿por qué los colombianos sentimos esa fascinación obsesiva por lo banal pero nos negamos a admitirlo? Desde hace muchos años la revista más leída del país es aquella que habla de los chismes de la “farándula nacional”, donde los rumores, los amores, las rumbas y los escándalos están a pedir de boca. Ni las publicaciones sobre política o economía logran sobrepasarla. ¿Entonces?
Voy de vez en cuando  a almorzar en un almacén de cadena de mi ciudad, y es sorprendente ver desde altos ejecutivos (saco y corbata) hasta las amas de casa y jóvenes yuppies devorando  4 ó 5 revistas de este estilo mientras esperan su pedido. El afán chismoso de los colombianos está todavía en el clóset. Nos fascina ver quién salió con quién y quién terminó con quién, aunque en nuestras conversaciones nunca se toquen esos temas “tan frívolos” (y torcemos la boca con cara de horror) y en los cócteles y en las reuniones y en los paseos y en los almuerzos familiares sólo hablemos del político de turno o de lo mucho que bajó el dólar. Somos hipócritas.
El periodismo rosa en Colombia es aún incipiente e infantil. Llegó de las manos de Yamid Ámat y de las piernas de Viena Ruiz hace más de 15 años, cuando esta vaca sagrada del periodismo entendió que el negocio del entretenimiento en el mundo era una industria que movía millones de dólares al año, y por lo tanto la información sobre el cine, la televisión, la música y el “cotilleo” no podía faltar en la agenda noticiosa de su noticiero. Pero antes de que las piernas de Viena enloquecieran la pantalla chica, ya la nombrada revista sacaba portadas con las colas más famosas del país y los amores y desamores de las divas de turno (aún recuerdo que la primera portada de Tv y Novelas era la misma Amparo Grisales hablando sobre su último amorío). Somos frívolos, pero lo negamos. Nos dejamos arrastrar por la corriente de saber lo que a nadie le importa pero en el más amargo de los silencios, por miedo a que nos tachen de frívolos o cabezas huecas. Pero lo cierto es que estamos al tanto de lo que pasa con los “ricos y famosos”, de sus alegrías, de sus desgracias, de sus desplantes. Gozamos con ello, silenciosamente, eso sí.
Sweet “el dulce sabor del chisme” lleva 13 temporadas al aire cuando una novela regular no puede mantenerse un mes en el Prime time. Tenemos a Poncho y sus cocteles y sus peluquerías al lado de grandes politólogos, y aunque muchos, con la boca torcida y un tufillo intelectual lo menosprecien, nadie podría ignorarlo. ¿O es casualidad que por el “primer beso” de Shakira y Piqué una de nuestras revistas haya pagado (según dicen) alrededor de cien mil euros? No. No lo es. Queremos eso y mucho más. Y aunque defendamos “la vida privada” de aquellos que seguimos,  no podemos escapar de ella, de sus cuentos de hadas, de sus traiciones, de sus lutos, sus nacimientos, sus divorcios  ¿ O quién no estuvo pendiente aquel viernes de la Boda Real entre William y Kate, aunque fuera por 15 minutos antes de irse a trabajar? Los mismos que siguieron a Diana y a Carlos hace 30 años, o a Felipe y a Letizia, hace 7.
Nuestro periodismo de farándula ocupa casi la mitad de nuestros noticieros. Y parece que la fórmula funciona, porque nadie decide  a recortarlos. ¿ Será que están perdiendo el tiempo, sabiendo que nuestra madurez intelectual no nos permite esos deslices? No lo creo. Somos frívolos, lo callamos y aún no lo aceptamos. Vivimos por la abundancia y la desgracia ajena, y nuestros famosos lo saben. Y se aprovechan de ello, pues a pesar de todo, seguiremos comprando sus best selleres, sus shampoos, sus cremas, sus perfumes, sus zapatos, sus discos. Me imagino que no les molesta, para nada.
Es cierto que nuestro periodismo farandulero no ha llegado a los extremos europeos, donde un tabloide es capaz de chuzar la línea telefónica de aquellos “importantes” para saber sus minucias, o el español, donde pueden pagarle a un X con tal de que difame de la diva de turno en un programa en vivo y en directo. Ningún paparazzi persigue a una princesa a una velocidad asesina por tomarle una foto con su más reciente amante, ni nadie está dispuesto a ir a la cárcel por una verdad a medias, por un chisme. Nuestro periodismo farandulero aún es amigable, light, bondadoso y benevolente. Los famosos aún pueden sostenerse en pie a pesar de la desgracia, llegar en la limosina de siempre a los “award shows” para saludar a sus fans y decir el nombre del diseñador de su fastuoso vestido sin lastimar a nadie. Aún nuestras reinas llegan a Cartagena, todas vestidas igual, con su porte ancestral, su aire del más allá,  su ajuar de Alfredo Barraza y sus sonrisas blanqueadas y serán por siempre reinas, con su séquito de admiradores siguiéndolas por los pasillos del Hilton. Serán recordadas por siempre, hagan lo que hagan,  así sus “15 minutos de fama” sean realmente los 15 días que dura el reinado. ¿O es que alguien duda que la justicia colombiana terminará perdonando a Valerie? Yo no.
Reclamemos nuestro derecho a ser frívolos de vez en cuando, sin vergüenza ni dolor. Reconozcamos que nuestros famosos aún nos sacan sonrisas en este país del Sagrado Corazón (o que lo diga la reina del Valle, que por una semana fue el blanco de nuestras alegrías con su inglés fluido y proverbial). Somos apasionados, nos gustan las historias,  los amores y desengaños. Relajémonos: a nadie le haremos daño. Nuestras neuronas no colapsarán. No seremos más cultos, eso sí, pero de pronto un poco menos neuróticos. El periodismo rosa puede colorearnos la vida. Sin exagerar.

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