Nunca hables con extraños, a menos que sean interesantes – II

13 de septiembre del 2012

Primera parte 3 días después volví a saber de él, cuando me respondió un correo electrónico que le envié preguntándole si querría acompañarme a un museo que a decir verdad no me emocionaba mucho conocer. Haciendo gala de su fría honestidad respondió que no madrugaría para acompañarme, pero que tenía otros espacios en su agenda […]

Primera parte

3 días después volví a saber de él, cuando me respondió un correo electrónico que le envié preguntándole si querría acompañarme a un museo que a decir verdad no me emocionaba mucho conocer.

Haciendo gala de su fría honestidad respondió que no madrugaría para acompañarme, pero que tenía otros espacios en su agenda que con gusto compartiría conmigo, entre ellos una comida con su profesor de fotografía. Yo, emocionada por conocer la cultura local desde adentro, acepté sin pensar en mi desordenada agenda informal.

El día que planeaba ir al museo cambié de idea, me fui a hacer compras y cuando me dí cuenta ya era tarde para llegar a la comida en su casa. Busqué frenéticamente un teléfono para llamarlo, tras hablar con él y con su profesor, quien también habla español, acordamos que me esperaría y que calcularía mi hora de llegada para pedir a domicilio la comida. Llegué tarde y agitada, pero habiendo anunciado mi tardanza. Me esperaba en la mesa un sándwich de pollo, una ensalada y una gaseosa, me senté a comer tan rápido como pude para seguir el ritmo de mi amigo y de su profesor, además intenté coordinar la acción de masticar con la de responder coherentemente a las preguntas que me hacían en un idioma que no es el mío. Creo que salí bien de la prueba, teniendo en cuenta que disimulé mi sorpresa al enterarme de que el profesor era fotógrafo independiente para medios importantes del país.

Ya era tarde para mi siguiente compromiso y estaba dispuesta a llegar fuera como fuera, aún con un par de copas de vino en la cabeza, en una ciudad que no era la mía y con un paquete gigante por las compras que había hecho horas antes. Cuando me despedía mi amigo me pidió que esperase un momento, al salir de su habitación estaba listo para salir también, me llevó hasta la estación del tren y me mostró la ruta que debía tomar para llegar a mi destino, para mi sorpresa incluso se despidió con un abrazo, gesto que me pareció completamente atípico para su cultura, más teniendo en cuenta el poco tiempo que llevaba de conocerlo.

@licuc

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