Obituario a un ser vivo

28 de julio del 2011

A valentina por preguntarme: ¿ Quien mató el río? Nunca he soportado sed por más de un par de minutos. Con solo girar la llave de cualquier regadera de mi casa un potente y generoso chorro de agua calma mi ansiedad. Al salir en las mañanas veo a mis vecinos regar sus céspedes verdes. Los […]

A valentina por preguntarme: ¿ Quien mató el río?

Nunca he soportado sed por más de un par de minutos. Con solo girar la llave de cualquier regadera de mi casa un potente y generoso chorro de agua calma mi ansiedad. Al salir en las mañanas veo a mis vecinos regar sus céspedes verdes. Los domingos, baldes y mangueras acompañan a papás e hijos en la tarea de lavar sus automóviles. Mi sobrina, que vive conmigo, retoza por más de media hora en su bañera salpicando de agua pisos y paredes. Con mi trabajo puedo pagar por el  servicio. Nunca me ha faltado este bienestar. Y sin embargo novecientos millones de personas en el mundo se despiertan todos los días sin tener acceso al agua potable. Cientos de mujeres caminan un promedio de seis kilómetros diarios para conseguir agua de pozos insalubres. Diez centavos de dólar es el costo de una bolsa de agua pura en Luanda, Angola. Un menor de cinco años muere cada quince segundos por la falta de un grifo que despida agua limpia. Aunque de azul se cubre nuestro planeta, más del 97% es agua salada. 2% está encerrada en cristales de hielo y nieve; eso deja un 1% para lavarse las manos, regar los cultivos, preparar los alimentos, construir ciudades y calmar mi sed.

En la gran mayoría de ciudades del mundo, incluida Bogotá, la modernidad construida desde  el siglo XIX olvidó su relación con la naturaleza. Sus habitantes no han renunciado al mito de la eterna generosidad del planeta. Un firmamento de rocío perdurable en la memoria de la vida corre a formar fuentes inagotables de agua dulce.  A estas fechas  hemos aumentado la temperatura  de la tierra en 0.74°C: bombeamos acuíferos, desviamos cauces, curtiembres, areneras y ladrilleras captan de los ríos su materia prima. Barrios se erigen sobre sus cuencas. Unos, otros y todos convertimos las aguas en depósito de nuestros residuos. Esta cifra parece nimia pero no así sus consecuencias: inundaciones, sequias, huracanes, niveles de mar en aumento, diques  reventados, pueblos destruidos, universidades anegadas, puentes caídos, ciudades incomunicadas; más pobreza, desolación y hambre.

El problema del agua es real. Afecta no solo al suroeste Etíope donde la escasa precipitación de los últimos años ha dificultado incluso la obtención de agua sucia. Cientos de familias deben conformarse con 9 litros de agua al día, acarreada al hombro en bidones de 25 kilogramos luego de  escarbarla de entre las piedras del otrora acaudalado río Arayo y peleársela con los burros que también tienen sed. El agua recogida no alcanza para el aseo de manos, cuerpo y ropa. Las enfermedades aumentan en forma constante por la ingesta de agua no tratada y la desinfección, con la misma, de pacientes con VIH y hepatitis B.

A miles de kilómetros de distancia de África, pero más cerca a nosotros, el gobierno de la ciudad de México racionó el servicio de agua en el 2010. Todos los “manitos” tuvieron que hacer filas detrás de camiones cisternas, acarrear agua y bañarse a totumas. Cuando al fin llovió las presas se reabastecieron pero los ríos se desbordaron y más de 2000 familias tuvieron dentro de sus casas el agua sucia y contaminada de sus alcantarillas. Algo ilógico si se piensa que la ciudad está rodeada por 60 montañas ,45 ríos y un reservorio de agua natural de más de 1000 metros. Una ciudad tan compleja que tiene problemas de abastecimiento, desalojo de aguas lluvias, drenajes  e inundaciones.

Sobre las riberas del río más grande que tiene Bogotá, el Tunjuelito, habitan alrededor de tres millones de personas. El abuso en su explotación ha hecho de el, un río de aguas muertas que recorre la  historia del desarrollo. Su crisis ambiental es el resultado de la combinación de dos culturas: una que paga por el derecho a contaminar y otra que lo hace por necesidad. Contaminación traducida en ratas y moscas atraídas por el fétido hedor que se desliza entre los 34 barrios asentados en su cuenca. En este drama todos somos culpables: las grandes empresas mineras, la iglesia católica, los militares, las curtiembres familiares, las pequeñas ladrilleras, las firmas de cárnicos, los habitantes del sector, el gobierno distrital y los ciudadanos del otro lado de Bogotá.  Envueltos en líos jurídicos que incluyen demandas por uso del subsuelo hídrico sin permiso, desvíos de su cauce sin autorización, aguas empozadas del tamaño de tres parques Simón Bolívar, cierres  temporales de las empresas, instalación de tanques subterráneos y otros tantos más, ninguna entidad toma decisiones maduras que ataquen el problema de raíz. El tiempo de recuperación del agua rebasa  la corta visión de los políticos que quieren resultados rápidos, de aquellos de pan y circo.

No sabemos manejar el agua. Parece que solo la usamos o nos defendemos de ella. El cambio  se encuentra en  acordar límites autoimpuestos en donde el interés individual no conduzca a una ruina colectiva. Sociedades donde reusemos las aguas negras en riegos, servicios urbanos y procesos industriales. Grupos humanos donde se presenten un entendimiento ecosocial que comprende  historia, cultura, medio natural, lo hidrológico, lo social y urbanización .No es un asunto fácil ni barato por que como escribiera Julián Osorio en su extraordinaria investigación: El río Tunjuelito en la historia de Bogotá,1900-1990, en palabras de un habitante de Ciudad Bolívar:” La tragedia no es producto de la naturaleza, es consecuencia de la situación social y económica que hace que un sector de la población, por sus condiciones socioeconómicas, sea más vulnerable que otros a los procesos de la naturaleza”.

Alberto Salazar Castellanos

salazarycastellanostecomunica@hotmail.com

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