Pan de Nuez, ¿Sigues ahí?

12 de septiembre del 2013

– Hola, ¿puedo hablar con Marre? – Sí Tomás, soy yo. Te pedí que no me llames más. Es tarde y quiero dormir. Desde que volví de mi viaje que estás atormentándome. Te expliqué que en Rusia conocí a alguien. Que lo nuestro se terminó. – Ya sé que es tarde. Es tarde para todo pero no me […]

– Hola, ¿puedo hablar con Marre?

– Sí Tomás, soy yo. Te pedí que no me llames más. Es tarde y quiero dormir. Desde que volví de mi viaje que estás atormentándome. Te expliqué que en Rusia conocí a alguien. Que lo nuestro se terminó.

– Ya sé que es tarde. Es tarde para todo pero no me podía dormir. Quería contarte algo.

– No tengo tiempo para tus historias, Tomás. Ya me contaste muchas y descubrí que no tienen finales felices.

– Ésta es distinta, te lo prometo. Es la historia de un hombre ciego que se encuentra perdido en el desierto. Camina por días enteros en busca de agua, en busca de una salida. Un día, oye una voz en la distancia cantar. Es un sonido hermoso, casi hipnotizador. Sigue la música y se acerca cada vez más. Puede olerlo, es un banquete con sabores únicos, carne, pasteles, frutas frescas. Todo para él. Cuando se dedica a comenzar a comer, la música hermosa para. El silencio vuelve a invadirlo, como en la eterna caminata por el desierto. Ya encontró su banquete, pero no tiene el sabor que imaginaba. El silencio le ha quitado frescura, le ha robado el color. El hombre ciego come sin ganas y se emborracha de un placer vacío. Cuando está por terminar el último bocado de pan de nuez se recuesta en el suelo y con el pan en una mano y la otra bajo su cabeza hace un gran suspiro. Es en ese momento cuando siente a alguien en el fondo toser, una tos suave y con un dejo a miel. ¿Hay alguien?, pregunta el hombre ciego. Sí, estoy yo, responde la voz de miel. Ya era hora de que preguntaras. Qué pena, yo también tenía hambre. He esperado el día en que llegaras por mucho tiempo. He cocinado este banquete por años. Creí que lo compartiríamos. Qué equivocada estaba.

El hombre ciego quiso esconder el pedazo de pan que le quedaba, le daba vergüenza tener un trozo tan pequeño para compartir. Mejor era la nada. Disculpa por no guardarte nada. Me atrajo a este lugar una música hermosa. La más bella que he oído. Como ángeles en el cielo invitándome a ser feliz. Pero cuando me acerqué y comencé a disfrutar de tu banquete la música se apagó. La voz dulce se hizo más cercana y precisa. Hombre necio, el desierto no sólo te ha dejado ciego sino que también te ha dejado sordo. Nunca dejé de cantar, sólo que tú estabas tan concentrado en tu comida, que dejaste de escuchar.

– ¿Marre sigues ahí?

– Sí Tomás, estoy aquí.

– Quiero volver a escuchar tu música. Me siento ciego y sordo y necesito que me guíes en esta vida desierta.

– Lo siento Tomás, ya te he dado todo lo que podía. Pero ese pequeño pedazo de pan de nuez hubiera hecho la diferencia. Lamento que no te hayas dado cuenta de su valor. Te deseo lo mejor.

– Perdón Marre

– Te perdono Tomás, ahora me voy con mi música. Adiós.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO