Paz, ¿ahora si?, y … ¿tenemos que agradecer?

17 de marzo del 2015

La suspensión de acciones ofensivas de ambas partes, es el inicio de la vida política de las Farc, aun si no han finalizado los diálogos

El cese de ataques entre las Farc y nuestro ejército, más el desminado conjunto que se acordó hace unos días con la presencia de militares activos, es sin dudad, el paso más avanzado hacia la consolidación de una salida política a la guerrita de muchos muertos que por más de cincuenta años padece nuestro país. Estoy convencido que la consolidación de la suspensión de acciones ofensivas de ambas partes, significaría el inicio de la vida política legal de las Farc, aún si no han finalizado los diálogos de la Habana. No sé si el grupo insurgente se convenció de que su guerra de guerrillas a base de cilindros y campos minados, que triunfó alrededor del Caribe hace 50 años, ya no tenía perspectiva alguna de derrotar a los ejércitos del siglo 21, cuya principal arma es la tecnología. O si fue que, gracias al descomunal esfuerzo bélico de la anterior administración, se cumplió la predicción de Alfonso López Michelsen de que había que derrotar militarmente la guerrilla (como virtualmente lo hizo Uribe) para sentarlos a negociar en serio (como pareciera que lo está logrando Santos). A lo mejor es un poco de ambas cosas.

A los que nacimos en Colombia después de 1964, es decir, después de formación de la Farc, nos va a resultar muy difícil imaginarnos nuestro país sin la presencia de este grupo armado y su entorno de masacres, contradicciones, campamentos y comandantes. Tristemente, resultaba, o aún resulta, casi natural para dos o tres generaciones en nuestro país hablar de Tirofijo, Jojoy, Cano y ahora Márquez y Alape, o de secuestros y tomas de pueblo, o de diálogos de paz, como parte del paisaje, embebidos en nuestra sociedad y su cotidianidad. Quizás por eso nunca fuimos capaces de rechazar su violencia como debimos desde el principio; estaba tan cerca, tan pegado a nuestro cuerpo, casi de forma simbiótica, que se volvió parte de nosotros, y aceptamos tercos el argumento mentiroso de las causas objetivas del conflicto, para justificarlos.

Ahora, que parece que al fin las Farc no van seguir siendo parte de los agentes violentos de nuestro panorama, me pregunto si tenemos que agradecer a alguien por la desaparición de algo que nunca debió existir en nuestro país. ¿Tenemos acaso que agradecerle al presidente Santos su esfuerzo sostenido de buscar una salida negociada al conflicto, pese a tantas críticas, cuando nuestra seguridad es una de sus responsabilidades constitucionales, y cuando desde hace más de 30 años éste perteneció al mismo establecimiento que nunca tomó en serio la amenaza que la guerrilla representaba para nuestro país, y solo bastó que les volaran uno de sus clubes sociales, hace apenas 12 años, para, ahí sí, rodear al mandatario de turno en su férrea voluntad de aplastar militarmente a las Farc, que se atrevían ya a atentar en el corazón de Bogotá? ¿O tenemos, acaso, que agradecerle a esta guerrilla porque en un acto de sensatez, al parecer, se dieron cuenta de que hacer política apuntando con un arma a la cabeza, simplemente era el colmo de la contradicción, cuando alguien dice luchar por una verdadera democracia?

No. No creo que haya que agradecer a ninguno, a nadie, cuando nos demoramos tanto en imponer el sentido común que tanta falta nos hace.

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