Pederastia, celibato y poder

27 de septiembre del 2018

Una pregunta que asalta a la opinión pública respecto a los casos de pederastia en la iglesia católica es la correlación que pueda existir entre el hecho de ejercer el sacerdocio y la perversión de la pedofilia, ¿cuáles son esas variables psicológicas que hacen a un sacerdote más propenso a incurrir en la pederastia que […]

Pederastia, celibato y poder

Una pregunta que asalta a la opinión pública respecto a los casos de pederastia en la iglesia católica es la correlación que pueda existir entre el hecho de ejercer el sacerdocio y la perversión de la pedofilia, ¿cuáles son esas variables psicológicas que hacen a un sacerdote más propenso a incurrir en la pederastia que el resto de los mortales? La respuesta está en dos condiciones propias del sacerdocio que no se encuentran en ninguna otra profesión y que facilitarían una explicación de este fenómeno.

En primer lugar, encontramos el yugo del celibato que en la iglesia católica va más allá del mero hecho de no casarse, pues exige a sus ministros la antinatural conducta de abstenerse de tener relaciones sexuales lo cual, de entrada, ya representa un trastorno sexual importante, especialmente en comunidades donde tantos miembros deben cumplir con esta imposición. Como diría Freud, la pulsión sexual nunca desaparece en el hombre, puede desplazarse o transformarse, pero jamás desaparecer y es allí donde surge el primer elemento que lleva al ejercicio de la pederastia, la necesidad de satisfacer la libido sexual, pero en la clandestinidad y con un sujeto que garantice el silencio.

Para un sacerdote tener relaciones con un adulto representa una gran amenaza para su investidura, pues este adulto puede enamorarse, divulgar, chantajear y exigir; el sexo con otro adulto no es una opción conveniente para un sacerdote.

Las familias de las sociedades católicas inculcan, desde muy corta edad, a sus hijos que la figura del sacerdote está cargada de infinita bondad y son estos sujetos los modelos humanos a seguir, incluso mas que sus propios padres, el sacerdote se configura como la panacea de la bondad y la perfección, además, servir a la iglesia y a un sacerdote son ofrendas que Dios agradecerá en la vida eterna.

En este orden de ideas, el sacerdote es el dueño de la razón absoluta y todas sus palabras, obras y conductas son benditas; esta configuración social le entrega al sacerdote un poder descomunal ante los miembros de la comunidad, especialmente ante los que carecen de capacidad de criterio pleno y madurez. Todo esto hace que para un niño de una comunidad católica sea un orgullo y honor servirle a ese ser perfecto y poderoso, a ese referente de vida que es un sacerdote, el cual se merece un respeto, incluso mayor, que el de los propios padres.

Siendo así, los niños se convierten en los sujetos perfectos para satisfacer la libido de un sacerdote perverso, pues se encuentran a solas con ellos y sin la vigilancia de sus padres, no se van a enamorar, no divulgaran nada y si lo hacen, seguramente no les creerán y tal vez se lleven un regaño a cambio, lo cual les confirmará el poder absoluto del sacerdote sobre ellos. En general, la ingenuidad de un niño es la característica perfecta para ser víctimas del abuso de un sacerdote pedófilo, quienes, además, han utilizado de manera repetitiva el pretexto de la pulcritud del acto ante sus víctimas pues lo están haciendo con un sacerdote entonces no es pecaminoso.

Así entonces, la pederastia sacerdotal no hace sexualmente atractiva a la víctima por ser un niño en sí mismo, como suele ocurrir con otros pederastas, es por las condiciones de vulnerabilidad y oportunidad que tienen los niños con el sacerdote de su comunidad, se trata más de un juego de poder combinado con una enferma abstención sexual que los sacerdotes abusadores prefieren a un niño como su objeto sexual a cualquier otro miembro de la comunidad.

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