“Pico y placa” para los viejitos madrugadores

1 de diciembre del 2011

ENTRADA POLÍTICAMENTE INCORRECTA Deberían implantar en Bogotá, de lunes a viernes, el pico y placa para los viejitos. Es decir, prohibir su circulación en las vías y establecimientos públicos (salvo en los parques, bibliotecas, iglesias y plazas donde no habría restricción) en las horas de mayor congestión, como quien dice, entre las seis y las […]

ENTRADA POLÍTICAMENTE INCORRECTA

Deberían implantar en Bogotá, de lunes a viernes, el pico y placa para los viejitos. Es decir, prohibir su circulación en las vías y establecimientos públicos (salvo en los parques, bibliotecas, iglesias y plazas donde no habría restricción) en las horas de mayor congestión, como quien dice, entre las seis y las nueve de la mañana; y entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche.

Antes de ser sometido al linchamiento virtual por parte de los lectores que se sientan injustamente agredidos con mi modesta y acaso mezquina proposición (fascistoide sólo en teoría), debo aclarar que con cincuenta almanaques cumplidos no estoy lejos de convertirme en un respetable ciudadano de la tercera edad que con gusto se sometería a tal restricción, aplicable de acuerdo al número de la cédula. A los sesenta y cinco años de edad (y en condiciones de dignidad que infortunadamente no todos tienen) un ser humano está en su sagrado derecho de levantarse tarde para no sufrir el frío glacial de la madrugada bogotana, y de recogerse temprano para evitar el sereno pernicioso. Pero no. Todos nuestros queridos adultos mayores, vitales y saludables, son además ultra madrugadores. Tal vez sea un desapego instintivo al sueño por aquellos peligros inherentes a la cama, ya que, como sentenciaba Mark Twain: “muere mucha más gente en la cama que en cualquier parte”.

Lo cierto es que pudiendo hacer cómodamente sus diligencias, pongamos por caso, entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde, prefieren hacerlo a primera hora, de manera que siempre nos preceden en las filas de los bancos, se apañan los primeros turnos de las citas médicas en el seguro social, y agotan, antes de las seis y media de la mañana, todas las ofertas disponibles en los “madrugones” de los supermercados.

Yo mismo he sido víctima de su costumbre impenitente. Para mi bien, el bus que me lleva a la oficina los días sin carro, pasa desocupado cerca de mi casa, conque me acomodo en la mejor butaca (o donde me quepan las piernas), y me dispongo a ojear la prensa con ese sutil abandono del lector hedonista. A las dos cuadras sube la primera oleada de estudiantes que ocupa, con todo y sus bártulos, las sillas disponibles, incluso las azules especialmente dispuestas para los pasajeros con prioridad. Quizá para asegurar sus puestos hasta el destino final, los muchachos se sumergen en el autismo de sus audífonos, de modo que cuando comienzan a subir al bus las dulces abuelitas, como en un rosario, de a una por cuadra, evitan establecer contacto visual con ellas para no verse obligados a cederles el puesto (sin reato de conciencia por su falta de cortesía, salvo honrosas excepciones, hay que decirlo). De tal suerte, este ignoto ciudadano de a pie, más por principio moral que por gusto, se ve obligado a ceder su preciado puesto a una viejita o a un abuelo, renunciando además al placer infinito de la lectura. Y todo esto sucede antes de las siete de la mañana, cuando los jubilados debieran estar disfrutando de molicie seductora, como reza el poema, haciendo ejercicios de calistenia o a lo sumo, regando sus flores predilectas.

Por consiguiente, si nos atenemos a la medida ilusoria que propongo, los venerables adultos mayores que sean pillados en la calle antes de las nueve de la mañana, o después de las cinco de la tarde, serán conducidos por la autoridad competente a las bibliotecas, escuelas u hospitales, para que pasen el horario de restricción realizando trabajo social, ya sea como lectores, contando anécdotas, dando consejos (que son tan valiosos e importantes), ayudando a resolver crucigramas, recibiendo la alegría y los abrazos de los niños, consolando a los desesperanzados, o en últimas, renegando contra el gobierno, licencia que tienen bien ganada después de haber trabajado toda una vida para mantenerlo.

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