Los sentimientos y las emociones recreadas por el grupo aprendiz de la figura más destacada de la danza alemana, protagonizan el homenaje que Wim Wenders rinde a su gran amiga Pina Bausch. El documental que lleva la marca pausada de su director, es un viaje placentero por las experiencias vividas al lado de esta maravillosa mujer. Un diario de memorias en el que los bailarines ofrecen una pieza en honor a su maestra: una compilación de experiencia sobre las tablas. 36 años como directora del teatro de Wuppertal, el hogar que la vio crecer y morir, fue testigo de la única obra inconclusa que la vida no le dejó terminar.
Pina, como se titula el documental, hace de la danza un lenguaje. Historias sin letras se apropian de un vocabulario que expresa lo que evocan las palabras. Las emociones se personifican y el ausente constituye un componente clave en la elaboración de significados. El mensaje se articula en lo no visible, en lo que el espectador debe imaginar. Como decía Jean Pierre Oudart una representación que se hace bajo la Suma afectada por la carencia de un Ausente que se anula para que el eslabón siguiente pueda aparecer.
El lenguaje corporal visibiliza las imágenes mentales de una soñadora que bailaba hasta en sueños. Cada obra es una metáfora de libertad. El agua, el aire y la tierra aparecen como símbolos de vida. Paisajes naturales cobijan los cuerpos que se deslizan y fusionan con el entorno como una meditación zen. La ligereza y el flujo se internan en la mente de cada artista. Una sensación de inmortalidad que contagia al espectador durante los minutos que dura cada presentación.
La simbología expresada a través de los gestos y los movimientos de los cuerpos se conjugan con los tiros de cámara que construyen narraciones. El punto de vista de los planos sumado a la potencia de las improvisaciones, hacen de este documental una mezcla entre cine y teatro. Un producto donde la iluminación, el sonido y la puesta en escena simple aunque impactante, refuerzan el performance. El cuerpo es el instrumento. La cinematografía y la música, sus entes potencializadores.
Cada escena tiene un modo de acción. La ciudad, la piscina, el tranvía, el bosque, poseen la identidad propia que permite a cada actor-bailarín posar dentro de ella. En Pina el escenario rompe las fronteras. Espacios amplios y limpios se magnifican para quienes hablan, cantan y ríen dentro de un mundo en 3D. Lugares reales que parecen surreales por el trabajo fotográfico del documental testifican la mezcla de danza y teatro que Pina Bausch transmitió a sus aprendices.
Pina merece plena disposición por parte del público. Sus 100 minutos sin choques dramáticos ni puntos de giro emocionantes, construyen un film sin historia. Es un disfrute total de la imagen y la música, una apreciación de valiosas obras de arte. Una ventana que despierta la curiosidad hacia el trabajo majestuoso de esta mujer que nos dijo a gritos “Baila, baila de otra forma estaremos perdidos.”


