POR QUÉ ME GUSTAN LOS NAZIS

24 de mayo del 2011

Mis personas favoritas solían ser los nerds. En parte porque me parecían personas fascinantes, y en parte porque me considero un nerd renegado. Yo era el nerd que no sabía mucho de computadores o historietas o súper héroes y que no tenía amigos nerds. Sin embargo me consideraba uno de ellos, por la timidez, las gafas, el juicio, la ingenuidad y el rechazo. Y me fascinaba, porque dos características esenciales de los nerds me parecían fabulosas: La estética y la pasión.

La estética de los nerds tiene una característica fundamental y que la diferencia de otras tribus urbanas (si, considero a los nerds una tribu urbana): es una estética que todos comparten pero que lo hacen sin esfuerzo, como una casualidad. Y claramente es una casualidad, porque nadie usaría conscientemente tirantas, corbatines, parches, y mocasines. Nadie se abotona el primer botón de la camisa, nadie se peina de lado con exceso de gel, nadie usa pantalones 4 cms por encima del tobillo. Sólo los nerds. Pero ellos parecen no copiarse, no buscar parecerse entre sí, sólo son víctimas del gen nerd, el santo grial de los microbiólogos y genetistas ñoños.

Pero a la larga la estética es una cuestión superficial. Lo que para mí era fundamental de un nerd, lo que lo definía, era la increíble pasión, el desenfreno y la total y absoluta obsesión por cosas francamente estúpidas. Son los nerds los más grandes fanáticos de Star Wars y Star Trek; son los nerds los que coleccionan y discuten los episodios, personajes, arte y filosofía de miles de súper héroes en millones de comics; son los nerds quienes dedican sus vidas al desarrollo, pieza por pieza de computadores que permitan un fluido juego de video en sus pantallas; son los nerds quienes se disfrazan de elfos, hobbits y enanos y representan escenas de la edad media de Tolkien en la calle. Ellos mismos saben que son tonterías, ficción, cuentos de hadas, fantasías que de una u otra forma se convierten en aquello que los define y que en muchos casos les da significado.

Ahí empezó mi desilusión con los nerds, y empezó mi recién encontrado amor por el resto de la humanidad. Los nerds saben que sus pasiones revolotean alrededor de tonterías. Pero todos los demás, todos nosotros, sentimos grandes pasiones por otro tipo de grandísimas estupideces que, a diferencia de los nerds, creemos reales e importantes. Y eso es hermoso. Es humano. Vamos por el mundo burlándonos de los nerds, y a la vez dedicando nuestra vida a idioteces como carros, carreras, moda, fútbol, televisión, cine, comida, tecnología, animales, literatura, plantas, culturas, arte, música, economía, política, mujeres, hombres, aviones, instrumentos, órganos, filosofía, historia, geografía, aretes, tatuajes, física, química, alcohol, viajes, fiestas y demás estupideces que, para colmo de males, damos una importancia absurda. Y no hay nada más humano que eso.

Por eso me gustan los nazis. Si pudiera sería uno de ellos, un nazi mulato y pelichuto que lucha por la pureza racial, quién sabe de que raza. Me dejaría crecer un bigote, usaría con orgullo uno de esos uniformes cafés y tendría una novia con pelo amarillo bien peinado y labios coloreados de rojo cereza. Porque los nazis son mi nuevo grupo favorito. Tienen esa inmensa cualidad, esa hermosa disposición a basar su vida en una gran estupidez como el nazismo, y luchar por ideales basados en historias que niegan la realidad, la evidencia y la historia de los pueblos. No hay nada más humano que basar la vida propia, los valores y la relación con el universo entero en la fábula y la tergiversación de la historia de un hombre. Y así fue que aprendí a amar a las personas otra vez, por nuestra maravillosa predisposición a la estupidez. Así que gracias, nazis, por recordarme la fe en la belleza de lo humano entre tanta corrupción, tanta violencia y tantas mentiras. Les mando un beso con mucho amor en la cabecita rapada, y espero que me manden una banda para el brazo con esvástica incluida, para colgar en mi cuarto como recordatorio de humanidad e idiotez.

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