Prueba de resistencia

4 de febrero del 2015

A las afueras de Girardota, en el valle de Aburrá, quedan las ruinas de un esperpento arquitectónico cuyo origen desconoce la mayoría de quienes circulan por una carretera secundaria que une esa localidad antioqueña con la vecina Barbosa. Son los restos de lo que fuera un coliseo o plaza de toros que,  en el pleistoceno […]

A las afueras de Girardota, en el valle de Aburrá, quedan las ruinas de un esperpento arquitectónico cuyo origen desconoce la mayoría de quienes circulan por una carretera secundaria que une esa localidad antioqueña con la vecina Barbosa. Son los restos de lo que fuera un coliseo o plaza de toros que,  en el pleistoceno de la mafia cocainera cuando no existía siquiera la palabra narcotráfico, reunía a lo más granado del cartel de Medellín.

Se conocía con el nombre de La Rinconada y su propietario fue un hombre hábil al punto de morir en su cama sin haber pasado un solo día en la cárcel a pesar de las relaciones non sanctas que albergó en su establecimiento. Hoy los escombros de La Rinconada, que pasó por esa institución colombiana llamada extinción de dominio, esperan un mejor destino como uno de tantos elefantes blancos que ha dejado la mafia a lo largo de la geografía de este país.

Allí exhibió sus caballos de paso fino el difunto Fabio Ochoa mientras desde las gradas los admiradores, no se sabe bien si de su oronda figura o la del cuadrúpedo que cabalgaba, gritaban vítores y vivas entusiasmados con el espectáculo.

Por allí pasaron también toreros de postín, los más famosos y de más alto caché de la época; y, cómo no, cantantes mexicanos, mariachis y reinas de belleza. Virginia Vallejo fue presentadora de lujo de alguno de los espectáculos que se dieron en el lugar, que era además escenario para el despliegue de la generosa ostentación que terminó colonizando a la sociedad colombiana.

Ejemplo de lo que digo fue el caballo que se ganó allí la cronista de sociedad del periódico El Colombiano, una recatada señora hábil en la narración de bodas, bautizos y saraos de alto coturno en la ciudad pero totalmente desconocedora de los manejos de un caballo de paso fino. Dicho de otra forma, para la buena señora aquel premio fue, como suele decirse, un verdadero encarte.

Pero La Rinconada no fue sede solo de piñatas y festejos. En el lugar, según cuenta el hijo de Pablo Escobar –quien por cierto da mal su ubicación pues está en Girardota y no en Copacabana como dice en su libro— el capo del cartel de Medellín, junto Rodríguez Gacha, Carlos Lehder y los Ochoa, fundaron el MAS, Muerte a Secuestradores, cuyas hazañas son de todos conocidas.

Pues bien, para la inauguración de tan infausto establecimiento y puesto que corría cierta prisa la apertura, sus promotores decidieron invitar a los vecinos de la región a un espectáculo improvisado previo a la gran inauguración, con el fin de comprobar si las gradas resistirían el peso del público esperado. No se vino abajo, las estructuras resultaron sólidas y no hubo tragedia. Otras tragedias vendían luego, claro.

Eso de jugar con la vida de los colombianos haciendo pruebas de resistencia de construcciones, por lo que hemos visto en estos días con el puente caído en Bogotá, no es nada nuevo.

Y bien harían quienes quieran repetirlo, no solo en medir las consecuencias por la reciente tragedia, sino en mirase en el espejo poco edificante de quienes en el pasado han recurrido a estas prácticas.

@Juan_Restrepo_

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