¿Qué clase de amigo es usted?

21 de septiembre del 2013

A los conocidos, cuando te los encuentras por la calle, los saludas, a veces sólo alzas la ceja.

Aristóteles y Séneca lo sabían: la amistad, los amigos, representan uno de los bienes más valiosos de los seres humanos. Claro, corrían a aclarar estos dos filósofos: ¡Ojo!, los amigos no se pueden ir echando en el mismo saco, como quien empaca revuelto (ellos dirían frutos o dátiles). Si no quieres ir por la vida, defraudado de tus amigos, aprende a reconocer el valor de una verdadera amistad.

Yo, que me tomo este tema de la amistad muy a pecho, y mucho quiero a mis amigos, comencé a darme cuenta hace años que muchas de las personas con las que interactúo a diario, entre quienes  incluyo a algunos amigos, tienen opiniones bien distintas de lo que representan los amigos y la amistad. Para unos cuantos, los amigos son fundamentales en sus vidas y, en ocasiones, los consideran decisivos para entender el mundo y para conocerse a sí  mismos.

Otros, valoran la amistad y los amigos, pero en su justa proporción: “A ver, primero está mi pareja, mi familia y después, sí, algunas buenas amistades”. Finalmente, con cierta frecuencia, encuentro personas enormemente defraudadas de la amistad y de los amigos. Sus frases preferidas ya las conocemos de sobra: “Los amigos verdaderos no existen, no creo en la amistad”, “todos los amigos te traicionan”, “amigo Dios”, “amiga mi mamá”, “amigos el ratón y el queso”, “¿amigos? Ni mi sombra”.

¿Por qué las personas tienen opiniones tan diversas sobre la amistad? Fue la pregunta que me hice un día y que me llevó, ya hace tiempo, a intentar aclarar el asunto con un método sencillo: Le preguntaba a las personas quiénes eran sus amigos, dónde los habían conocido, cuál era su forma de relacionarse con ellos y, desde luego, qué importancia le daban a la amistad.

A partir de las respuestas que me daba la gente encontré que había, al menos, cuatro o cinco clases de amigos bien diferentes y yo, caprichosamente, claro está, comencé a asignarles un nombre y una categoría. El asunto se convirtió en una especie de juego: Yo les decía a mis amigos en qué categoría estaban y si la relación que teníamos nos había acercado o alejado. Muchos se reían con el cuento, otros meditaban seriamente sobre sus amigos y, unos cuantos, se enojaron bastante por no ocupar una mejor posición, aunque siempre les aclaraba que la amistad no depende de una persona, sino de esa maravillosa, mágica e ingobernable relación que se establece entre dos almas.

Aquí vuelven a entrar Aristóteles y Séneca en la historia. Algún día, leyendo la Ética a Nicómaco, descubrí que Aristóteles clasificaba también los amigos y que, oh sorpresa, algunas de mis categorías se parecían a las del filósofo griego. Más que “chicanear” con el cuento, lo que eso me hizo entender es que, desde siempre, los amigos han ocupado un lugar importante en la historia, pero, como le dice Séneca a su amigo Lucilio (aquél seguro había leído a Aristóteles), “muchos dirán que no les han faltado amigos, pero sí una verdadera amistad”.

¿Cuáles son las categorías de la amistad? Aquí van. Miren con cuáles se identifican.

La categoría cinco corresponde a aquellos amigos que, cuando alguien habla de ellos, suele nombrarlos y seguidamente hacer una aclaración: “es un amigo mío. Bueno, es un conocido”. Los conocidos no son más que los “ex” que vas dejando atrás a lo largo de tu existencia: Sí, ex compañeros de estudio, ex compañeros de trabajo, ex de habitación, ex de viaje y así. Ahí también caben los vecinos, o esas personas que te han presentado algún día en la calle, en una reunión o que, por esas cosas de la tecnología, hacen parte de tus innumerables listas de amigos virtuales de quienes, además de su foto y algunos datos personales, desconoces todo lo demás.

A los conocidos, cuando te los encuentras por la calle, los saludas, a veces sólo alzas la ceja. Si hubo cierto aprecio en el pasado, entonces paras un momento, preguntas cómo va la vida, qué anda haciendo. Dices que te alegras con sus dichas y te entristeces con sus desgracias, aunque en el fondo te alivia el hecho que estén peor que tú o, al menos, no tan bien.  Te despides de afán y sigues de largo hasta que, quizá, meses o años después te los vuelves a encontrar y el ritual se repetirá con alguna variación.

Amigos inseparables, Kienyke

Hay especialistas en tener amigos categoría cinco. En ocasiones porque los necesitan, como  los  políticos. O porque los demás se  sienten importantes llamándose sus amigos: como las personas con poder, fama o dinero. Aristóteles decía que “el amigo de todo el mundo no es un amigo” y que “no tiene ningún amigo el que tiene demasiados amigos”. Claro, en la Grecia Antigua ocurría lo mismo que hoy en Colombia o en la China. Cuando estés arriba todos serán tus amigos, cuando estés abajo sentirás la soledad del poder. Con estos antecedentes, hay que entender que los amigos categoría cinco son altamente cambiantes y poco confiables, por eso, quien habla de la amistad pensando en estos amigos, a menudo dirá que no tiene amigos.

Vamos con la categoría cuatro. En esa están los amigos útiles, como los llama Aristóteles, o los amigos circunstanciales, como los nombra Séneca. En resumidas cuentas, en su mayoría son tus compañeros. A esos también los nombras y te corriges: “Es un amigo mío, no, realmente un compañero”. Son circunstanciales porque una circunstancia: el estudio, el trabajo, la necesidad de compartir una habitación, te mantiene en relación con ellos y esa relación de amistad dura, normalmente, cuanto dure dicha circunstancia. Así, el día que te gradúas, que te vas de la empresa o del barrio, esos amigos pasan a la categoría cinco: simples conocidos y, sólo unos pocos,  ascienden en la escala de la amistad. Como compartes buena parte del día con ellos, a veces sabes mucho de su mundo y su familia e, incluso, los fines de semana te irás de rumba con ellos. Te son útiles porque te reportan una utilidad, de muchos obtienes su conocimiento, de otros su esfuerzo laboral, de unos más su dinero o su comida, por eso la amistad no se funda en lo que el otro es como ser humano, sino en la circunstancia o el beneficio que te reportan. En definitiva,  no están muy convencidos de la amistad y de los amigos quienes con sus compañeros se conforman.

Los amigos categoría tres llevan el mejor nombre: amigos por placer. Son aquellos con los que hablas cada tanto y las preguntas más frecuentes son: “¿Qué hay para hacer?, ¿a qué me vas a invitar?, estoy aburrido, ¡hagamos algo!” En las buenas, estos amigos son encantadores y con ellos disfrutas, claro está, los mejores placeres de la vida: vas de copas y rumba, al cine, de compras, en ocasiones son el alma de la fiesta. Son indispensables cuando se trata de reír y pasarla bien. Curiosamente, de estos amigos es, quizá, de los que más se decepcionan las personas, pues claro, mucho se espera de ellos y  se entiende que son amigos por placer, no por displacer. Esto es, amigos para las buenas y no para las malas. Por eso, cuando llega la desgracia, es poco probable que aparezcan.

La categoría dos de la amistad está reservada a los amigos trascendentes. No son más que antiguos amigos virtuosos (ya verán más adelante por qué) que, sin embargo, ya no están cercanos a tu vida. Otros caminos, otros sueños los llevaron a emprender un largo viaje. Sin embargo, los reconoces fácilmente porque cada vez que vuelves a encontrarte con ellos, cada vez que les hablas por teléfono (así sólo sea por su cumpleaños) comprendes que el tiempo se ha detenido, que son los mismos de siempre: esos amigos del alma de los que un día fuiste su mejor amigo y que, en todo caso, siempre estarán ahí para cuando los necesites.

Y llegamos a la categoría uno, la de los llamados amigos virtuosos. Su nombre es tan bello como lo que representan en tu vida y, en estricto sentido, Aristóteles y Séneca consideraban que sólo a estos les queda bien puesto el título de amigos. Hay algunas formas de nombrarlos hoy en día: “es mi mejor amigo o amiga”, “es mi hermano, mi amigo del alma, mi gran amigo”. Los amigos virtuosos son aquellos que comparten tus valores y principios, aquellos del día a día, con quienes lo has compartido todo, el plato, la cama, las lágrimas y los más íntimos secretos. Se fundamentan en la confianza, la solidaridad y el respeto. Parte de tu esencia, de lo que piensas y eres, está también presente en ellos. No es que sean infalibles, pero les conoces también como para comprender sus flaquezas  y ellos las tuyas. Los amas profundamente y hasta podrías decir que la única diferencia entre ellos y tu pareja es que, con ésta tienes sexo y, con ellos no, o no en este momento de tu vida, al menos.

Curiosamente, pocas personas tienen amigos virtuosos, son difíciles de conseguir, lo que hará que muchos no estén interesados en iniciar tal empresa, puesto que se requiere aún más valor y perseverancia que la necesaria para encontrar el gran amor de tu vida.

Alguien, que se quejaba de sus amigos todo el tiempo,  me cuestionó duramente un día “¿y usted quién se cree para ir clasificando la amistad?”. Entonces le dije, olvídese de esta clasificación, ya le advertí que era caprichosa y arbitraria, simplemente piense en qué amigos tiene y por qué se siente tan defraudado de la amistad. Si con su pareja o su familia se basta, si cree que no necesita de nadie, pues olvídese del tema. Si por el contrario cree que los amigos son claves en su vida, entonces, aprenda a cultivar más amigos virtuosos y menos conocidos o amigos por placer. Piense, como pensaba Séneca, que el mayor placer de los amigos está en buscarlos, en cuidarlos, que en conquistarlos, que se puede vivir cualquier vida, pero siempre una vida mejor se vive en amistad.

Nota: Referencias a Aristóteles y Séneca se encuentran en sus libros: Ética a Nicómaco y Cartas a Lucilio, respectivamente.

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