¡Queremos rock!

14 de julio del 2018

Mi trasegar por el mundo de la música ha tenido altas y bajas. Las emociones que los ritmos me han generado, a la hora de escucharlos, han definido varias etapas de mi vida y han permitido el disfrute desenfrenado de un montón de situaciones divertidas. A pesar de la existencia de un amplio listado de […]

¡Queremos rock!

Mi trasegar por el mundo de la música ha tenido altas y bajas. Las emociones que los ritmos me han generado, a la hora de escucharlos, han definido varias etapas de mi vida y han permitido el disfrute desenfrenado de un montón de situaciones divertidas.

A pesar de la existencia de un amplio listado de géneros, desde temprana edad la inclinación de mis oídos apuntó al rock: al puro, al viejo, al duro, al de solos de guitarra estridentes y golpes de tambor que dan ganas de subirle el volumen a cualquier vaina que genere emoción.

Pero para llegar a este techo varios escalones debí subir. Al primero lo llamo La Empanadita. ¿Por qué? Porque con esa canción de Calixto Ochoa mi mamá me enseñó a bailar, y me hizo un favor gigantesco. Largas horas del corte, con golpe de aguja y estridencia acordeonera, marcaron mis pasos de baile, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Este tropicalazo me dio valor para explorar y para conocer que más allá de las fiestas en la casa de mis papás, había todo un mundo de posibilidades (musicales, claro está).

Al segundo escalón lo llamo La Muda. Herlinda Rojas es el nombre de la persona que hace 35 años le dio una mano a mi madre, en materia de crianza, y le ayudó a sacar adelante a sus retoños. Ella fue la señora que apoyó en la casa y que, además de los oficios, se convirtió en una fuerte influencia musical reforzada al vaivén de la plancha, el rastrillar de la escoba y, cuando nos volvimos modernos, el sonido de la aspiradora. Debo confesar que fui fan número uno de José Luis Perales, José José y Mocedades. Me emocioné cada vez que ‘Lady se pintó los ojos de azul’, ‘morí de amor con el alma herida’ y siempre me pregunté ‘por qué me abandonaste’. Tuvo un radio Philips, con dial de manija, que emitió los alaridos del despecho setentero. A Herlinda le dijimos La Muda porque mi vecina y casi hermana Natalia Cely, cuando tenía 3 años, así la nombró.

El tercer escalón, al que titulo Sobredosis, fue conquistado con la fuerza de la adolescencia, con una grabadora que mi papá me regaló y con la influencia del Chato Suárez: el primo que me abrió el camino a abandonarlo todo y a definir al rock como lo mío. Los primeros acordes de ‘Nada Personal’, canción de Soda Stereo consignada en el álbum que lleva el mismo nombre, se convirtieron en el notario que firmó mi divorcio con la balada romántica.

En plena mocedad me dejé llevar, además de la música argentina (Soda Stereo, Enanitos Verdes, Charlie García, Virus), por bandas como Gun’s and Roses, Motley Crue, Poison, The Cure, Skid Row, Def Leppard, Inxs, Bon Jovi y Aerosmith, entre otras.

Pero para poder encontrar el sentido al trabajo de estos grupos, también debí escuchar a los Rolling Stones, Pink Floyd, Toto, Iron Butterfly, Led Zeppelin, Eagles, Kiss, Carlos Santana, Eric Clapton y al mítico Jimmy Hendrix.

Fue mi tope. Aprendí a tocar batería, primero sobre las ollas de la cocina, recriminado sabiamente por mis vecinos; y después sobre el tambor que toqué en la banda de guerra de mi colegio y que llevé con frecuencia a mi casa. Asistí a sendas alboradas en diferentes bares de la ciudad como ‘Bar 23’, ‘El Antifaz’ y Barbie. Asistí a casi todos los conciertos que la banda de Gustavo Cerati, Charlie Alberti y Zeta Bosio hizo en Bogotá y entendí que el rock de estadio es uno de los inventos más importantes en la vida. Las filas en El Campín no importaron y los regaños de mi papá por vender los libros de la enciclopedia para comprar las boletas de los conciertos, tampoco.

Al cuarto escalón, ascendido por necesidad de involucramiento de género (contacto con el opuesto) lo llamo La Alternativa. Durante casi cuatro meses, en el año 1989, mi hermana tocó a diario en el equipo de sonido un casete TDK de cinta de cobre, que una amiga le regaló en un viaje a Popayán. Era desesperante llegar a la casa y escuchar esa música que, en ese tiempo, la consideraba como ‘jartísima’.

Un día de soledad, frente a la casetera, decidí acabar con el mito. Tomé el TDK, abrí el deck, lo empotré y dando inicio (play), le permití al ruido de un trombón que acabara con mis tímpanos educados para otro tipo de chirridos, acompañados por rasguños, golpes, pitos y voces agudas.

El día de mi suerte llegó. No literalmente, pero si en la voz de Héctor Lavoe y en los inventos de Willie Colón. La salsa se volvió la tangente de mis gustos, una herramienta de conquista y la oportunidad de agradecerle a mi mamá el haber comprado el disco de Calixto Ochoa.

Disfruté mi época universitaria en los bailaderos del centro de Bogotá y, como una sanguijuela, las palabras goce, Anacaona, curuba, guaguancó, maracas, timbal, congas, coros, barrio e historia se pegaron a mi alma. Y cientos de personajes, virtuosos del género, me permitieron conocer una gran parte de la historia latinoamericana de la sabrosura.

El quinto y último escalón lo llamo La Obligación. Digerir esta mezcla de compases y almacenarlos en mi radio fue difícil. Hice un filtro severo y me prometí dejar un legado de selección a mis hijas. Y lo logré. Ya fui con ellas a un tributo a Soda Stereo; tienen en sus celulares (porque radio ya no usan) rock duro y canciones de salsa brava; y tararean lo que escucho con frecuencia. Con el pasar de los años, le di chance a otros géneros y le abrí paso a monstruos como Michael Jackson y Phil Collins.

Ayer fue conmemorado el Día Mundial del Rock. Y en honor a esta cultura me comprometo a escucharlo más seguido y a seguir diciéndole a mis hijas que es el mejor género del mundo.

¿O no?

@HernanLopezAya

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