Recordar a los muertos

Foto: @Pixabay

Recordar a los muertos

2 de noviembre del 2017

Prácticamente en todas las sociedades se rinde culto a los muertos. A lo mejor hay alguna que no lo hace. Si la hay debo confesar que la desconozco. Otra cosa es que mientras más desarrollada está una sociedad más procura ocultar la muerte.

Asépticos tanatorios camuflados en la gran ciudad, discretos crematorios cerca de un bosque, cementerios como amplios y despejados jardines en donde lápidas mesuradas recuerdan con prudencia el nombre del finado. La ausencia de la muerte en nuestro día a día nos crea una falsa percepción de eternidad, como si fuéramos a estar aquí para siempre.

Hasta hace unos años, quizá no tantos como se puede pensar, la gente veía cómo se deterioraba la vida y morían familiares y amigos de su entorno. Por eso nos comportamos inconscientes de la fragilidad de la vida, sin darnos cuenta de lo fácil que es perderla. Las guerras ahora son focales, la humanidad por fortuna hace años no sufre una gran guerra y las pandemias medievales han desaparecido.

Bien, a pesar de ese afán por ocultar la muerte, cada año por estas fecha nos acordamos de los difuntos, o se encargan otros de recordarnos a los que ya se fueron. Como queriendo negar la contundencia de ese verso de Jorge Luis Borges que dio título al líbro de Héctor Abad, El olvido que seremos. Bello título por cierto, uno de los más acertados y pertinentes que recuerde de entre los muchos que se me puedan ocurrir ahora.

Por razones de mi profesión he vivido en países de culturas muy disímiles, y allí donde he ido he encontrado esta festividad como una de las más fundamentales. En China, por ejemplo, a comienzos de febrero el llamado “Día de barrer la tumbas”, es con el Año Nuevo una de las fechas más señaladas del calendario familiar. Desplaza millones de personas de un lugar a otro del país para rendir culto a sus muertos.

Pero si hay un lugar en el mundo en donde ese ritual sea sagrado a la par que festivo es México. Por paradójico que parezca la palabra festivo no es inadecuada. El Día de los Muertos es considerado la tradición más representativa de la cultura mexicana, que se remonta además a los tiempos de las civilizaciones precolombinas. A tal punto que la Unesco declaró esta festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Los orígenes de esta celebración en México hay que buscarlos en los rituales de las etnias mexica, maya y totonaca, con los que los aborígenes del territorio que hoy ocupa el país azteca celebraban la vida de sus ancestros. Esto ocurría durante todo el mes de agosto pero con la llegada de los españoles, se cambió la tradición para celebrar el 1 de noviembre el día de los difuntos niños, y el 2 el de los difuntos adultos.

Las gentes acuden a los cementerios de día y de noche, encienden velas para señalar a los muertos el camino de vuelta a casa y, como siempre en México, se come mucho y bien. También los muertos tienen sus platillos, como dicen ellos. Pero lo que más chocante puede resultar a un forastero es la profusión de calaveras y esqueletos vestidos de manera festiva. Y por supuesto los dulces en forma de calavera. O que te regalen poemas sobre tu muerte o una calavera con tu nombre, pero en México es algo natural.

La gente pone un altar en su casa con fotos de sus muertos, flores, sus objetos y alimentos preferidos; y, cosa muy destacada, han defendido con uñas y dientes la invasión del Halloween norteamericano en donde los muertos son terroríficos mientras en México la muerte se representa viva y alegre. Una paradoja, pero es así.

El padre de toda la iconografía festiva de la muerte en México es José Guadalupe Posada, un grabador nacido a mediados del siglo XIX que hacía sátira social y política. José Guadalupe creó la imagen de la calavera Garbancera, una crítica de las indígenas que querían imitar a sus señores adornando y acicalándose en exceso. Más tarde el pintor Diego Rivera aportó La Catrina, otra representación festiva de esa muerte tan mexicana.

Los colombianos con sus absurdos puentes festivos, como este que viene el próximo fin de semana, hace varias generaciones que no saben por qué van de fiesta ni qué es lo que celebran. Ocurrirá también esta vez. Solo saben que hay que emborracharse, gritar como salvajes si van al campo, produciendo un ruido estridente que llaman música y terminar enguayabados al martes siguiente sin haberse enterado de lo que hacían y por qué lo hacían. Lo sé porque vivo en el campo y cada puente me toca vivir ese martirio.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.