Retrato de un hombre sin rostro

18 de enero del 2012

El suicidio, de Manet Aquella tarde llegó a su cuartucho que quedaba en un tercer piso de adoquines en la entrada y cortinas de terciopelo raídas por el viento que se colaba en la ventana, a la que le faltaba el vidrio, o medio vidrio, pues un mazazo en momentos de rabia lo llevó a […]

El suicidio, de Manet

Aquella tarde llegó a su cuartucho que quedaba en un tercer piso de adoquines en la entrada y cortinas de terciopelo raídas por el viento que se colaba en la ventana, a la que le faltaba el vidrio, o medio vidrio, pues un mazazo en momentos de rabia lo llevó a desahogarse contra ésta sin recalar ni interesarse en repararla o apaciguar las secuelas de su impotencia. Él, se mira en el espejo y se reconoce en aquel rostro pálido, con barba hirsuta, ojos hundidos de tanto trasnochar, los pómulos angulados (síntoma de hambre), las manos lisas y marchitas en las yemas, agotadas de la vieja máquina Olivetti que es lo único que le importa y que tiene valor para él; y los dientes llenos de la mancha amarilla y negroide de rancio fumador, o del tinto que reclamaba cada mañana en la plazoleta de la avenida Nouveau Glade, que daba al norte de la ciudad de Vedette.

–Otra vez será, Vibianne, um….otra vez

Se tira de espaldas en el sofá, en el remedo de asiento cosido y agrietado, con las patas de hierro oxidado, flacas y acabadas como sus brazos. Rojo, un rojo que a fuerza de usarse terminó en una mezcla hierática de blanco oscuro y ambiguo en las junturas, en la ciernes un negro seco.

—“No importa, no hay nada, eh… ¿Y qué es esto? Ah ya recuerdo. La cena de anoche”.

Bajó su brazo, revolvió sin afán hasta encontrar un pedazo de emparedado, el jamón estaba tieso como una piedra, el pan, un cartón viejo. “… Bueno”, sin abrir los ojos, guiado por el tacto, lo agarró y se lo comió. No. Se lo tragó, sin saborear, sin pensar, sin sentir. Así, como se traga una pepa para el dolor de cabeza o de panza, del mismo modo lo hizo él.

Y quién es en él, se preguntaran ustedes. Primero, algo importante, él, no tiene nombre, decidió eliminar su antiguo nombre que lo denotaba en el montón de la gente. Puede llamarse Juan, Ernesto, Ángel… no tiene patria, esa estúpida idea (como el honor y la moral) que nos liga con personas desconocidas y obliga a aguantarnos las taras de unos y las extravagancias o ridiculeces de otros en nombre de la tolerancia, o de la apariencia y el embuste social. No tiene pasado, ni futuro, sólo presente. –Hume, “las verdades reveladas de la libertad,…..” para qué conciencia o distinción, disculpas atrasadas y repasos de la memoria inmóvil, aquietada en un lugar sin lugar y un tiempo destemporalizado. De un es que fue, de un yo sin filiación.

De la vida en el punto cero de la existencia o la intransigencia de la normalidad.

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