Riquelme, el argentino insensible

4 de junio del 2013

Tengo un juego cada vez que llegan los penaltis: me gusta adivinar quién se va a equivocar, solo con el comportamiento previo al cobro.

“Soy el único pelotudo que juega gratis”, dijo en 2009, cuando fue atacado por hinchas y periodistas luego de un partido, con un pie lastimado y con el rumor de tener notables diferencias con Palermo. Juan Román Riquelme, el Topo Gigio, cumple este mes 34 años pero su cara no muestra gran diferencia sobre la del muchacho que debutó en Boca Juniors en 1996. Revolcando videos de TyC Sports encontré una entrevista de la época, en la que cuenta que tiene 8 hermanos, lo que sintió al pisar por primera vez la cancha y lo que le produce la gente.

Su expresión es casi nula en esa y en cualquier entrevista. Es la misma que mantiene cada vez que me fijo en él. Me recuerda al maestro Dohko, que protege la armadura de Libra en Caballeros del Zodiaco (ay, me debo ver ridícula poniendo este ejemplo); Dohko, aun cuando Shiryu pasaba un peligro inminente, hablaba con una calma que aterrorizaba a cualquiera. Juan Román se ve tranquilo en medio de los micrófonos, de la cancha, de las tragedias.

Desde chiquita me gustaron los penalties (La RAE dice que lo correcto es “penaltis”, pero fuck the police). Cuando era época de mundiales, yo hacía muchísima fuerza para que la final se prolongara hasta el cobro desde el punto penal, porque cuando uno no sabe de fútbol, sabe mucho de penales.

Pasar de héroe a villano en menos de doce pasos, cargar con toda la responsabilidad del futuro de un equipo en una decisión tan boba como el lado al cual se patea o con cuanta fuerza. Es hermoso.

Además los penalties, dentro de los noventa minutos, hacen parte de las consecuencias de los malos comportamientos de una de las partes implicadas. Son una sanción moral, pueden cambiar completamente el ánimo de las 22 personas dentro de la cancha, de los miles que miran en el estadio y en los televisores; pueden ser parte de la actuación magistral de algún delantero que finge ser víctima de un ataque malintencionado por parte de la defensa contraria.

Tengo un juego cada vez que llegan a esa instancia: me gusta adivinar quién se va a equivocar, solo con el comportamiento previo al cobro.

Riquelme se para fuera del área, escupe, coge el balón, lo besa y lo baja al suelo. Tiene los ojos como en otro mundo, se pasa la lengua por los labios y respira hondo. “Se lo va a tirar”, digo. Se pone las manos en la cintura, corre inseguro y sí, se lo tira. Es el minuto 88 y deja al Villarreal sin la posibilidad de alargar el juego con el Arsenal y de paso se queda por fuera de la final de la Champions, por allá en 2006.

Me río porque acerté, pero me siento terrible por la misma razón. Román y sus compañeros llevaron al equipo a semifinales y ahora era la persona más odiada de España. Antes de ese cobro había acertado cinco más, no había pierde, era la estrella, no lo iba a botar, pero disparó en dirección al cuerpo del arquero.

El arco se vuelve pequeño para el que va a cobrar y gigante para el arquero, como cuando uno se enamora perdidamente de alguien y no sabe si es mutuo. La otra persona se convierte en la mayor admiración y uno se siente chiquitico, como mirando hacia arriba, con el corazón en la garganta cada vez que recuerda a qué huele o la forma que toman los ojos cada vez que sonríe.

Me identifico con los que ponen el balón en el piso y sacan el pecho mientras el arquero les escupe insultos en la cara, con los que se paran cerca al balón e intentan patear al ángulo sin importar si tienen éxito, porque no sé de fútbol pero sí sé de la actitud que se necesita para frentear a los enemigos, al rechazo, a la pérdida y a las consecuencias.

En el último partido de Boca contra Newell’s en la Libertadores se repitió la historia. Los 90 minutos fueron un compilado de tensión por parte de los dos equipos sin resultado alguno. Escuché y leí comentarios positivos del juego de Juan Román, “por jugadas como esas es que está en ese equipo”, “genio, qué jugadota”, “yo también me aguantaría su carácter si jugara así siempre”.

Tocaba arreglar ese marcador porque ambos no podían entrar a las semifinales. Yo me alegré, me sentía niña de nuevo, me senté en la cama con las manos empuñadas cerca a mi boca, entrecerré mis ojos y vi caminar a Román con su banda de capitán. Recogió el balón, escupió y lo besó, lo puso en el suelo y se salió del área. Igualito que en 2006. Miré a mi papá y le dije: “se lo va a tirar, Riquelme se lo va a tirar”.

Me tapé los ojos porque ese jugador me gusta. Tengo mis razones personales y técnicas para eso, y no discuto con ellas ni con los que saben de fútbol, así como me gusta el tipo que me gusta y así como me enamoré de él. Somos súper humanos cuando logramos lo que los demás quieren, pero somos simples mortales cuando fallamos.

Con este post me estoy parando frente al arco. Ya llegará el pito que indique que llegó la hora de patear, así que mientras tanto sudo, escupo, beso el balón y pongo mis ojos como si estuviera en otro mundo. Ojalá el cosmos del maestro Dohko me acompañe esta vez.

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