Santos recuerda a Gorbachov

Santos recuerda a Gorbachov

12 de enero del 2018

Guardando las debidas proporciones, el presidente Juan Manuel Santos al final de su mandato se asemeja a la figura del líder soviético Mijaíl Gorbachov. Recuerdo que en el invierno de 1987, un año después de la tragedia de la central nuclear de Chernobil, estuve en Ucrania haciendo un reportaje para televisión sobre las secuelas de aquel desastre nuclear, y una de las sorpresas que me llevé fue la baja popularidad dentro de su propio país del entonces presidente soviético.

Mijail Gorbachov era alabado en todos los países del mundo. Era más popular en Occidente que cualquier estrella de rock en ese momento. Recibió el premio Nobel de Paz y todos los líderes del mundo querían entrevistarse con el hombre que había dado un giro de 180 grados a la política soviética. Con sus experimentos de glásnost (apertura) y perestroika (reforma) dinamitó el espantoso estado burocrático que había reinado en la URSS durante setenta años.

Sin embargo, entre todos los personajes públicos de la URSS en aquellos años finales de su mandato, Gorbachov figuraba en el primer puesto de valoración negativa. Aquello lo enfureció de tal manera que —rémoras del Estado dictatorial que todavía era el país— trató de que echaran de su puesto al director de la revista Argumenti i Fakti, la más leída en la antigua URSS, que publicó la demoledora encuesta.

Mutatis mutandis es lo que le pasa a Juan Manuel Santos. Se presenta en la ONU, en Washington, en Madrid o donde sea, y es ensalzado por haber conseguido un acuerdo de paz con la guerrilla que operó durante medio siglo, acuerdo que buscaron y desearon sus antecesores y no pudieron lograr. Tuvo por ello, como Gorbachov, el Nobel de Paz pero su popularidad en Colombia es bajísima.

Él, que ya tiene el sol a las espaldas, dirá que le importa poco; que sus compatriotas son unos desagradecidos y que bien merecido tienen las desventuras que les vengan de aquí en adelante. Se irá a un retiro dorado, quizá en Londres, y aquí paz y después gloria.

Su Partido de la U, llamado así inicialmente para aglutinar adeptos de Álvaro Uribe, es hoy un escrito en la arena que se disuelve con las olas del mar. Del mar de la política clientelista, de los trapicheos preelectorales, de los damnificados que dejan escándalos de la corrupción como el de los grandes electores del departamento de Córdoba.

Esa será la razón para que a Santos ya no le importen algunas cosas de las que antes se cuidaba mucho. Por ejemplo, hablarle a su vecino Nicolás Maduro como siempre quiso hacerlo; esta misma semana, lo llamó cínico por decir que los colombianos iban a Venezuela a ser atendidos pues en Colombia no tenían medicina. Y se está despachando a gusto cada que puede con la revolución bolivariana como hizo desde las páginas de El Tiempo antes de ser siquiera ministro.

Es una lástima que esa indiferencia de “pato cojo” (lame duck, como llaman los norteamericanos a quien es elegido y está a punto de dejar el cargo) de la que hoy hace gala Santos, permita que hagan de las suyas funcionarios de su entorno como el secretario de la Presidencia.

El señor Alfonso Prada, investigado por la Procuraduría por presuntas irregularidades en la contratación de personal y obras de infraestructura cuando fue director del Sena, sigue moviendo los hilos de la burocracia y no precisamente para el mejor funcionamiento de la administración.

Por ejemplo, el director saliente de Colciencias, César Ocampo, según W Radio, le envió una carta a Santos informándole que Prada le había pedido la renuncia. La razón: Ocampo, en los pocos meses que llevaba, encontró una serie de irregularidades y destituyó personal contratado sin experiencia para las funciones requeridas. César Ocampo, ingeniero aeroespacial y doctor en astrodinámica, ha tenido que entregar el cargo a un economista, Alejandro Olaya, de quien dice Blu Radio ha acumulado enorme poder en estos años en esa institución.

Un economista reemplaza a un científico en Colciencias, un organismo clave en la formación de profesionales de alto nivel, en un ambiente enrarecido (ocho directores en ocho años lleva la institución), y a Santos estas cosas parecen no importarle.

Seguramente se preguntará por qué está tan abajo su popularidad dentro de Colombia. Menos mal que cuando se vaya, ha prometido dejar de incordiar al que llegue a la presidencia, como hace hoy su antecesor.

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