Se cae el muro de La Habana, se levanta el de Caracas

8 de abril del 2015

Se debe sembrar de nuevo la curiosidad, la ambición y la necesidad, motores históricos de occidente, en cada persona de la Isla

Con el inicio del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, que incluye la apertura de embajadas en Washington y La Habana, y el restablecimiento de algunos intercambios comerciales formales, también se inicia la caída de lo que algunos llamaron el Muro de La Habana. Será interesante ver si el presidente Obama y el Comandante Raúl pasarán del saludo formal en la VII Cumbre de las Américas en Panamá, esta semana, y se sentarán a discutir asuntos de interés mutuo, al calor de un buen ron caribeño, en alguna de las bellas playas del istmo centroamericano.

Es, sin dudad, audaz el paso dado por el presidente Obama al intentar acabar con más de cincuenta años de un embargo grosero, poco inteligente y como lo ha demostrado la historia, contrario a los intereses norteamericanos; pero sobre todo, contrario a los intereses del pueblo cubano, quien ha sido el que estoicamente ha sufrido todas las privaciones que no le han permitido acceder plenamente a la prosperidad tecnológica que occidente disfrutó desde la segunda mitad del siglo XX hasta ahora, incluida por supuesto, esa ventana al mundo que es la internet. Porque el embargo no solo contribuyó a aislar el mediocre aparato productivo de la Isla, dándole la disculpa perfecta al régimen castrista para justificar su ineficiencia y unir al pueblo y su gobierno entorno a un enemigo común, sino, y quizás de forma más crítica y perversa, el espíritu libre que se anida naturalmente en cada cubano y que permite a cada individuo decidir su propio futuro, como lo impone con relativo éxito Occidente. Debemos esperar que estos vientos de cambio lleven consigo la semilla que permita empezar a sembrar de nuevo la curiosidad, la ambición y la necesidad, motores históricos de occidente, en cada persona de la Isla, y que como sucede ahora en China, permeé, con paso lento pero seguro, cada capa de la sociedad hasta lograr que sean los valores democráticos, y sobre todo el de la libertad individual, los que se impongan como cosmovisión colectiva.

Es por eso triste encontrarse al mismo tiempo con Venezuela desandando el tortuoso camino democrático que tantos muertos y tanta pobreza han costado a Latinoamérica, y percibir que empieza a levantar su propio muro de Berlín (de Caracas?), a aislarse, y a hundirse en las propias ineficiencias de un modelo de enemigos inventados, que ni su metrópoli-cubana quiere seguir. Es tan evidente el fracaso venezolano, que los Castro, fieles a su doctrina de buscar cobijo a la sombra de algún “benefactor” que los ayude a sobrevivir sus propias falencias, y conscientes del fiasco económico cubano, y del negro futuro que se viene sobre Caracas, decidieron no solo abandonar a Maduro en su más reciente y obsoleto reclamo antiimperialista, que quiere enfatizar con diez millones de firmas, a las que nadie presta atención en los EE.UU., sino aceptar, con disimulada buena gana, las ofertas de reconciliación que su enemigo histórico ha ofrecido a cambio de muy poco. Pues los Castros son conscientes que esta oportunidad histórica sólo vendrá de la mano de Obama, el único presidente norteamericano en los últimos 30 años que está más preparado para la paz que para la guerra, y al que Maduro, cegado por su ideología, pretende convertir en el enemigo de su propia guerra fría.

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