Secretos de Berlín

18 de enero del 2019

Blog de Camilo Villegas

Secretos de Berlín

Watergate es considerado como uno de los escenarios de música electrónica más importantes del mundo. Este indiscutible templo de House y el Techno se encuentra en la ciudad de Berlín, hace unos meses tuve la oportunidad de visitarlo y aunque ya estoy retirado del mundillo electrónico, decidí aprovechar la estancia en esa ciudad para una desordenada. Al igual que el Berghain, Watergate es un club muy selecto – y a muchos no les queda otra que darse la media vuelta e irse desilusionados. El club cuenta con 2 plantas y ofrece unas vistas espectaculares del río Spree. Ten cuidado: el código de vestimenta es bastante casual. (Todo lo contrario a los clubes de música electrónica de Bogotá, nada de tacones ni Polo Ralph Lauren) Si de verdad quieres entrar, procura llevar zapatillas y camiseta de manga corta. Si tienes menos de 21 años mejor no pierdas el tiempo en la cola – no entrarás. También, asegúrate de comprobar qué DJs estarán tocando esa noche – ya que seguramente te lo preguntarán en la puerta y si no lo sabes no te dejarán pasar. – Bueno, me hice en fila y finalmente llegué a la entrada: – ¿De dónde eres? – ¿y a qué te dedicas? Preguntaron dos gorilones senegaleses. Soy colombiano y me dedico al proxenetismo. Bienvenido a Watergate, dijo uno de ellos.

Luego de inspeccionar el lugar tropecé en un pasillo con una chica venezolana que había visto en la entrada, la reconocí al poco de intercambiar unas palabras con ella. Los dos habíamos bebido un poco más de la cuenta, por lo que la comunicación fluyó enseguida, sin las barreras impuestas por las normas de educación o la desconfianza. Le pregunté, ¿Cómo te llamas? Alejandra, lindo nombre, dije yo. La chica tenía espectaculares ojos verdes y una sonrisa cálida y radiante. ¿Qué te has metido está noche Aleja?, no uso drogas, replicó enseguida. ¿Has probado cocaína? pregunté yo “tú es que eres muy noventas”, dijo ella.

Íbamos por la cuarta cerveza cuando ella volvió a preguntar: ¿Estás bien? “Estamos bien”, dije yo. “Pues si estamos bien, estamos bien”, concluyó ella, y pidió una Erdinger bien fría. ¿Estamos bien?, ¿Están bien los vecinos del quinto con los del sexto? ¿Están bien los ciudadanos con sus representantes, los trabajadores con los empresarios, los pobres con los ricos, y así de forma sucesiva hasta llegar al veterinario del zoo con el elefante?

“Es que no es verdad, no estamos bien”, dice ahora ella corrigiéndose a sí misma. “Pero si acabas de decir que estamos bien”, dije yo. “Es verdad, he dicho una cosa y ahora digo la contraria, ¿no se puede?”, dijo ella. “Si se puede”, dije yo, “pero convendría mantenerse un rato en la misma idea”. “Y tú qué idea prefieres”, dijo ella, “la de estar bien o la de no estar bien”. “Es que no estamos bien”, dije yo. “Pues eso es lo que acabo de decir, que no estamos bien”, dijo ella.

Me pido un whisky y pregunto: ¿Están bien Colombia y Venezuela? ¿Tú te despiertas convencida de que las cosas funcionan razonablemente? ¿Estás bien contigo misma, con el Impuesto sobre la Renta, con el IVA, con el Euro, con el calentamiento global y con el servicio de urgencias de tu país? Por una parte te apetece decir que estamos bien con todo, pero por otra algo te empuja a decir que no estamos bien con nada, que deberíamos darnos un tiempo para pensar. En esto, el alcohol me arranca del ensimismamiento y me volteo para ver si ella sigue ahí. Y sigue, ahora dándome un beso frenético en la boca. Pues finjamos que no estamos tan mal, me digo a mí mismo.

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