Confesiones de un futuro padre soltero

28 de junio del 2012

Algunos amigos se escandalizaron, otros prefieren no preguntar detalles. También están los que no entienden, los que hacen cara de que sí entienden, los que no quieren entender y los que lo hacen a su manera. Un buen grupo guardó silencio pero hizo click en “me gusta” en facebook cuando publiqué una foto de la […]

Algunos amigos se escandalizaron, otros prefieren no preguntar detalles. También están los que no entienden, los que hacen cara de que sí entienden, los que no quieren entender y los que lo hacen a su manera. Un buen grupo guardó silencio pero hizo click en “me gusta” en facebook cuando publiqué una foto de la ecografía. Tienen en común todos el estar más que seguros de no haberme conocido novia en los últimos tiempos ni, mucho menos, haber sido invitados a mi boda.

En las últimas semanas he tenido que contar (y algunas veces sustentar) esta historia en español, en hebreo, en mi pésimo inglés y hasta en los ciento cuarenta caracteres de twitter.

 Por ello, abuso de este generoso espacio que me abrió Kien & Ke para contar mi historia y, ojalá, contagiar a algun lector anónimo con la extraordinaria opción que elegí como proyecto de paternidad, la que será una realidad el próximo mes de octubre con el nacimiento de mi primera hija.

 Esta historia comienzó a tomar forma una de esas noches en las que terminé desprogramado, con un café y un cigarrillo al lado de la ventana. Me dió por jugar a los números y en una de esas me aterroricé con una cuenta matemática simple: Si yo tuviera un hijo hoy, cuando él cumpliera veinte años yo ya tendría… ¡sesenta!

 De niño nunca me tragué el cuento de la cigüeña. De hecho, hasta hoy no estoy muy seguro de saber qué es una cigüeña. La confundo con el pelícano o con el tucán. Presentí, eso sí, que algo misterioso había en la llegada de un bebé. Até cabos sueltos de las versiones de los amigos del barrio, de otras que veía en la televisión y le adjunté fantasías de mi cosecha hasta lograr mi teoría completa que resultó ser bastante acertada.

 El cuento que sí me tragué fue el del matrimonio. Creo que todavía hoy, aunque el tema de la cigüeña ya está archivado, para evitar el espinoso tema sexual, a muchos chicos se les dice que un hombre y una mujer se casan y… nacen los hijos.

 Fantaseé mi llegada al altar, examiné las posibles candidatas y hasta creo que un día escribí una posible lista de invitados.

 Pero volvamos a esa noche en la ventana. Preparé otro café, encendí otro cigarrillo y, aunque no hubo ni altar, ni fiesta ni invitados, decidí que sería padre a como diera lugar.

 Pensé en la adopción y, de hecho, comencé los trámites preliminares. Debí esperar casi dos meses para una entrevista con una trabajadora social. Ensayé ante el espejo las posibles respuestas en hebreo, planché la camisa y me aseguré un afeitado digno de padre. Pero el sueño se derrumbó cuando la funcionaria me preguntó si me gustaban los perros. En aras de la honestidad le respondí que me encantaban pero no tenía uno por falta de tiempo. Su silencio fue suficiente para comprender que yo había metido las cuatro patas.

 Salí cabizbajo, me fui a casa (obviamente más café y más cigarrillos) y me senté frente al computador.

Llegué a un portal de internet llamado gobaby en el que mujeres y hombres, casi todos cerca de los cuarentas, demandan y ofertan óvulos, vientres, espermatozoides o le apuestan a la paternidad compartida.

Se trata de un contrato privado, amparado por las leyes, según el cual dos personas acuerdan “hacer” un hijo sin que medie una relación afectiva. Por lo general, obligaciones y derechos van por partes iguales y queda a discresión de los firmantes detalles como el tipo de educación, lugares de residencia, distribución de gastos, tiempo en la custodia, nombramiento de árbitros para casos de conflicto y hasta tipo de alimentación entre otros.

 Elegí mi mejor foto, fui honesto con mis datos y días después salí a mi primera cita. Fue extraño, muy extraño. No era nada fácil eso de citarme a tomar café con una desconocida que eventualmente sería la madre de mi hijo y a quien no debía conquistar con piropos sino con buena salud, genética y excelentes modales. Me moría de las ganas de fumar y tampoco supe si yo debía o no pagar la cuenta. Llegamos a un acuerdo silencioso: que el encuentro había sido un desastre y que cada uno continuaría con su vida.

 Una semana después volví a intentarlo. Mi “cita” llegó quince minutos tarde y por cortesía sugirió que habláramos en inglés. Le respondí que no se molestara puesto que yo tenía como reto hacerme entender en hebreo y, además, yo siempre llevaba un diccionario.

 Ambos pedimos Coca-Cola dietética y una hora después aún no habíamos tocado el tema. A cambio, discutimos animadamente sobre cine, música, cocina y perros. Llegó la hora de despedirnos y no apareció ningún bebé en el diálogo, me confesó que era diabética y pactamos vernos de nuevo.

 Fue dos semanas después. Volvió a llegar tarde, nuevamente ordenamos Coca-Cola dietética y en silencio cada cual ya sabía que había encontrado a su socio perfecto.

 Pasó un año de encuentros (siempre llegó tarde) en el que jugamos a las preguntas y a las especulaciones: ¿Cómo puedo estar segura de que un día no te dará por volver a Colombia? ¿Qué opinas de que un niño vea televisión? ¿Qué pasará cuando cada uno por su lado ya tenga una relación afectiva? ¿Estás de acuerdo con la circuncisión? ¿Qué pasaría si.. y si… y si… y si…?

Después de muchas Coca-Colas concluímos que había llegado el momento de intentarlo. Ya había quedado claro que el camino sería el de la inseminación artificial. Por cuenta de nuestras raíces judías en común, fue necesario practicar exámenes genéticos que, además de acarrear altos costos, implicaban esperas de varias semanas por los resultados.

Fijamos una fecha tentativa y acordamos que ella se sometería a una preparación hormonal. Unos días antes del procedimiento, debí viajar con urgencia a Colombia y mi estadía se prolongó por un mes. Al final, perdimos dos valiosos períodos de ovulación.

Programamos nueva fecha y descubrimos que nuestros seguros de salud eran de compañías diferentes, por lo que mi “función en el contrato” se cumpliría en pequeño cuarto de un laboratorio del sur de la ciudad (mientras al otro lado de la puerta se sienta una secretaria que tiene más que claro lo que los pacientes hacemos adentro). Entre tanto, en el extremo norte de Tel Aviv, mi socia reposaría en una camilla al lado del médico que juega con su iPhone hasta recibir el material de trabajo.

Esta escena se cumplió, milimétricamente, en cuatro ocasiones en las que no logramos el embarazo.

Debimos trasladar nuestros esfuerzos (y algunos de nuestros fondos económicos) a la terapia IVF (fertilización in vitro) en la que, palabras más, palabras menos, la mujer se inyecta cantidades considerables de hormonas para madurar el máximo número de óvulos, los que luego son extraídos bajo anestesia general.

Un recipiente de vidrio bajo condiciones de temperatura especial hace las veces de escenario para el encuentro de los genes de ambos contratantes. Tres días después, los interesados deben decidir cúantos de los óvulos ya fértiles se implantarán, bajo el riesgo de un embarazo múltiple.

La prueba de embarazo resultó positiva. Lo celebramos con abrazos y Coca-Cola hasta que el pésimo resultado de la primera ecografía nos envió al hospital para suspender la gestación (créanme que no es nada cómodo escribir la palabra aborto)

El mal rato fue menguado por nuestra renovada determinación de ser padres. Seguimos adelante y valió la pena. Hoy estamos en la semana veinte del embarazo, seguimos puliendo detalles de nuestro contrato y, hay que confesarlo, ella sigue llegando tarde a las citas.

 Pactamos ya el nombre de nuestra hija y lo mantenemos en estricto secreto por motivos kabalísticos. En el documento escrito nos hemos dado permiso para deambular entre realidad y poesía. Pactamos, por ejemplo, que “el padre vivirá a una distancia no mayor de diez minutos de caminata de la residencia de la madre”.

 Acepté también, por petición expresa de mi socia, que podré ser llamado a cualquier hora del día o de la noche en caso de que la criatura requiera con urgencia un abrazo de su padre, o en el evento en que se me requiera para bajar la fiebre, cambiar pañales y hasta para matar los zancudos y cucarachas que tanto teme la madre.

 Para nuestro próximo encuentro, que será este fin de semana, tengo preparada una sorpresa para mi socia, pero sólo en caso de que ella no llegue tarde. Adicionaré una cláusula al contrato en la que acepto también, en mi libre y espontánea voluntad, ser llamado en cualquier hora del día o de la noche para buscar en las calles de Tel Aviv la Coca-Cola de dieta que la madre necesite con urgencia.

P.S. Invito honesta y cálidamente a todo aquél que requiera asesoría en esta materia a que me contacte.

Azurychamah@gmail.com

Twitter: @azurychamah 

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