Sin brújula por los cafetines del centro (III)

29 de diciembre del 2011

El Café San Moritz: con setenta y cuatro años y gozando de cabal salud Sólo Dios sabe como fui a parar a ese nostálgico lugar, dado que no está en la ruta habitual de mis actividades. Quizá por una azarosa desviación en mi rumbo hacia las librerías de viejo del centro, y gracias a una […]

El Café San Moritz: con setenta y cuatro años y gozando de cabal salud

Sólo Dios sabe como fui a parar a ese nostálgico lugar, dado que no está en la ruta habitual de mis actividades. Quizá por una azarosa desviación en mi rumbo hacia las librerías de viejo del centro, y gracias a una apremiante necesidad fisiológica me apercibí de que, el Café San Moritz, fundado por un alemán en 1937, está cumpliendo setenta y cuatro años. Pese a que, como dicen sus clientes habituales, “una gran ventaja del San Moritz es que el servicio sanitario para las aguas menores es gratis”, a uno siempre le da pena usarlo sin consumir nada. Conque después de aliviar mi apuro, pedí un café excelente, de esos que sólo una cafetera italiana de la mitad del siglo veinte puede preparar.

Pero antes de continuar con la entrada, es menester hacer una precisión geográfica: el Café San Moritz no quea en los Alpes Suizos. Está ubicado en la calle diez y seis, ganando ya la carrera octava de nuestra querida Bogotá, entre sórdida y bohemia. No está rodeado de tiendas exclusivas tipo Versace, Bulgari o Cartier, como la ciudad helvética que le prestó su nombre, pero si de libreros veteranos que hubieran inspirado al maestro Nietzsche cuando pasó algunos años de su vida en el Saint Moritz original.

Es preciso cruzar un zaguán para entrar al café. Se diría que más que un zaguán es un túnel del tiempo: uno entra, digamos, un diez de diciembre de 2011, y al cruzarlo se encuentra parado sesenta años atrás. Las sillas, las mesas y los cuadros nos dan indicios del paso inclemente de Saturno. Sin embargo la cafetera ¡ese dragón domado! sigue teniendo la imponencia del tablero de mandos de un Chevrolet Bel Air modelo 57. Presiden la estancia un retrato del Caudillo del Pueblo (Jorge Eliécer Gaitán), otro de la Diosa Temis y el escudo oficial del café con una fecha inscrita -1937- que seguramente su buen fundador europeo mandó diseñar para descreste de la clientela más exclusiva de otros tiempos. Todo lo anterior aderezado con un gran espejo rectangular que duplica las penas y alegrías de los concurrentes.

Pero lo mejor del café San Moritz -y lo que determina la calidad de su clientela- es la música. Allí sólo hay espacio para el bolero, la música porteña -que no se limita al tango, sino que incluye milonga, fox trot y vals-, una que otra balada y, claro está, algunas rancheras selectas.

Ciertamente ya no se reúnen en sus aposentos los políticos e intelectuales de otras épocas, pero aun se escuchan en sus mesas conversaciones inteligentes y diatribas al gobierno de turno. Se ven allí –todavía- algunos hombres taciturnos al mejor estilo de Rick Blaine -el de “Casablanca”- interpretado por Humphrey Bogart, y cantantes de ocasión. Las mujeres son más bien escasas, pero eso no parece importar mucho en este espacio propicio para la dialéctica aficionada.

Los meseros de blusa azul sustituyeron hace más de un rato a las muchachas vaporosas, mas su cordialidad desinteresada compensa en algo lo irreemplazable. Ellos conocen por su nombre a la mayoría de los clientes, así como sus preferencias en materia musical y etílica. Suficiente deferencia para una clientela poco exigente. Por eso, creo yo, el café San Moritz no está condenado a morir como vaticinan algunos, y seguirá viviendo muchos años para solaz de los bohemios del centro de Bogotá -chapados a la antigua-, todavía más cuando el presente año está cumpliendo apenas setenta y cuatro años de edad, como vine a caer en la cuenta, merced a esa circunstancia tan prosaica que mencioné al principio y gracias a que, como se dice por ahí, “en el San Moritz, las orinadas son gratis”.

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