Hoy es martes, pero parece lunes, porque ayer fue feriado, pero eso no evita que, de todas formas, tenga ese sentimiento de cansancio universal que he sentido desde siempre en un día como hoy. No sé cómo he logrado sobrevivir a los cerca de 1.460 lunes que han pasado por mi vida, ni mucho menos sé cómo he llegado vivo hasta los 1.460 domingos siguientes. Los fines de semana son en este mundo los únicos días en que podemos ser nosotros mismos –como en vacaciones, a excepción de las de navidad, donde tenemos que rezar la novena, desvelarnos, felicitar a los que nos caen mal y hacer otra serie de cosas que nunca queremos hacer−, y por eso es cuando podemos ver y pensar con tranquilidad en toda la maldad que vimos en la semana, en el taxista que nos cerró y luego, para vengarse del pitazo, nos persiguió con un pasajero abordo para asustarnos al tratar de estrellarnos; en las papitas fritas por las que nos cobraron nueve mil pesos, en el tipo que nos pateó la silla del teatro durante toda la película y en el otro que no pudo poner en silencio su celular.
El mundo está lleno de maldad y cada día hay más personas enfocadas en hacernos imposible vivir con tranquilidad. Son malos los dueños de Transmilenio, que quieren ganar cada vez más plata a costa del sufrimiento de una ciudad, y malos también los taxistas que van sólo a donde quieren, o que violan y matan –dos taxistas me han contado cómo han matado: uno mató a un ladrón con un destornillador en el baúl del carro del compañero, y el otro ha tirado a varios al río Medellín−; malos también los políticos, que prometen puestos y sostienen un Estado y una justicia que nunca ha funcionado, sólo para tener una finca en Anapoima y casarse tres o cuatro veces; malos los vendedores de Sanandresito, que piratean todo y no pagan impuestos, y malos sus clientes, aunque también son malos los funcionarios que se roban los pocos impuestos que se pagan y le dan excusas a esos clientes para no pagar impuestos por las cosas que compran.
Malos los hombres que le tiran ácido a las mujeres en la cara y malos los que van por ahí con una aguja para inocular VIH, pero también son malos los que saben que tienen el virus y hacen lo posible por infectar a cuantos puedan antes de morir. Malos también son los hombres que llevan a una prostituta a un hotel o a su casa para pegarle y cortarle el pelo –dos me han contado esa historia−, y malos son los skinheads que salen a pegarle a los travestis de la calle; malo mi vecino, que le pega todos los días a su hijo por no querer bañarse a las 5 a. m., y malo el rector de un colegio que pone como hora de entrada las 6 a. m.
Mala una vecina que tuve, que dejaba libre a sus tres gatos para que cagaran y mearan todos los jardines. Y malo yo, cuando sentí felicidad al saber que unos ladrones que se metieron a su casa le partieron los dedos cuando no quiso entregarles ocho millones de pesos en efectivo que tenía en su casa –hay que ser muy malo para tener tanto efectivo en casa−.
Malo yo, que de haber estado en Bogotá el día de los disturbios en Transmilenio habría quemado un bus o quebrado varios vidrios. Habría comprado ladrillos para hacerlo. Cien o doscientos ladrillos. Es más, debí pedir champaña al room service para celebrar la destrucción, de no haber sido porque el hotel en que estaba era de tres estrellas. Malo yo, que sentí felicidad de saber que por fin los putos dueños de Transmilenio –y no me vengan con que Transmilenio es de todos− iban a sentir en su bolsillo los empujones y el odio y las peleas y la asfixia y el robo y el estrés y el olor a mierda y vomito y porquería humana que han sembrado en toda la ciudad durante años. Malos ellos, que no montan en Transmilenio y no saben lo que allí pasa.
Mala la anciana que se mete en una fila, y malo yo, que no le doy una silla a una anciana. Para ellas son las sillas azules, pienso, y no se la doy. Malo el papá que deja que su hijo de 18 años salga armado a la calle –en mi familia hay uno−, malo el hincha de fútbol que lanza a otro al vacío –alguna vez tomé una cerveza con uno−, malo el hombre que viola a una muchacha y la destruye con un cuchillo después de amarrarla en un cafetal. Alguna vez, en mi niñez, jugué con mis juguetes con un hombre que días después mató a una vecina de esa forma. También jugué Packman con él en mi computador.
También jugué beisbol con un hombre que años después amenazó de muerte a mi papá, y también salí corriendo cuando un hombre me dijo que lo ayudara a esconderse porque lo iban a matar. Me encerré en la casa de mi abuela y con mi mamá y mis tíos oímos los gritos mientras lo ahorcaban en la esquina.
Malos los porteros de los edificios, cuando no hacen bien su trabajo, cuando mienten, cuando duermen, cuando se equivocan al llamar a la casa equivocada a las 2 a. m., cuando se demoran, cuando destapan mis revistas y me las entregan cinco o seis después y cuando se encierran en su garita y no hacen caso de los gritos de un niño que se encuentra en mitad de un abaleo. Alguna vez tuve un amigo con una cortada en la cara: una bala lo rozó porque el portero no quiso abrirle la puerta.
Malo Bill Gates, que le sigue vendiendo al planeta su software de mierda, y malo Hewlett Packard, que vendió millones de celulares que nunca sirvieron para nada. Malo es el que se inventa una marca de ropa que se llama Anorexy Jeans y mala es la niña que se burla de sus compañeritas gordas del colegio, y malo es el profesor que no hace nada para que esa niña no traumatice a otras. Malos mis profesores, Eva, Carmenza, Flor, Viviana, Armando, Eucardo. Tienen una maldad infinita, incomparable.
Malo el policía que se robó un Obregón del Palacio de Nariño, que tuvo la sangre fría de cortar el lienzo para doblarlo y huir, y malo el que se para a las afueras del aeropuerto de Barranquilla, porque es famoso por su profundo conocimiento del Código de Tránsito para poner infracciones por cualquier cosa, infracciones que, siempre, se convierten en soborno. Malos sus superiores, porque no hacen nada efectivo para evitarlo.
Malos los suecos, porque no tienen necesidad de ser malos. Malos los que le rompieron la quijada a un primo, malo el que le pegó a una mujer que estaba a mi lado en la fila de una discoteca, malo el que me gritó “cabeza negra”, malo el que me tiró una botella en el metro, malo el que tiene tiempo de robarse una bicicleta o un carrito de supermercado y tirarlo en un río que empieza a congelarse. Malo Brand, el negro neoyorquino que me alquiló un apartamento falso, y que dejó su casa abierta con el equipaje de toda mi familia adentro durante todo el día.
Malos los que matan, los que cortaron en pedazos personas para no tener que cavar huecos grandes en la selva; malos los que violaron mujeres después de llenarle de piedras las entrañas de sus hijos y maridos para que se los tragaran los ríos; malos los que jugaron fútbol con cabezas humanas, y más malos aún los militares y los políticos que los ayudaron.
Malo el que adora a Pablo Escobar y se atreve a compararlo con Robin Hood. Malo el que tiene de ídolo a un ser que puso una bomba en un avión y que envió a su principal sicario a sacarle el bebé a una amante con un cuchillo.
Malo el presentador de televisión que le apuntó en la cabeza a un prostituta si no se comía su mierda. Mala la prostituta que me lo contó si ese rumor es falso. Malo otro presentador, que le dijo al aire a un niño que le iba a regalar un computador y luego le dio un rompecabezas.
Malo el multimillonario colombiano que le dijo a su escolta que le quitara un bus de colegio del camino, y malo el escolta por hacerle caso al dispararle un balazo al bus. Por estúpido, ahora está enfermo y sin trabajo.
Malo el jefe que te dice que no haces bien tu trabajo porque eres una buena persona. Malo el que tiene siete hijos con su hija en un sótano. Malo el hombre que es capaz de violar a un niño.
Malo yo, que no perdono a los que me han hecho daño, que puedo durar años torturando a alguien con palabras sólo por haberme sido infiel, desleal, grosero, humillativo. Malo yo, que soy capaz de matar al que le haga algo a mi mamá o a mi hermano o a mi papá.
Malos todos, porque somos capaces de sobrevivir hasta el próximo lunes. Malos todos porque eso quiere decir que ya nos acostumbramos a tanta maldad.
Sobrevivir a 1.460 lunes
Mar, 20/03/2012 - 12:57
Hoy es martes, pero parece lunes, porque ayer fue feriado, pero eso no evita que, de todas formas, tenga ese sentimiento de cansancio universal que he sentido desde siempre en un día como hoy. No sé
