Suerte

16 de septiembre del 2019

Por: Camilo Villegas.

Suerte

Wikimedia

Cómo deberíamos enfrentar el misterio que suele formarse alrededor de un libro. ¿Qué podríamos decir de ese obsesionado que se empeña y se empeña en escribir una novela? Piensa por un momento en él: acaba de regresar cansado de la oficina, se sienta frente al computador dispuesto a escribir las primeras líneas. Y las escribe, sólo que al releerlas percibe que son las líneas las que le han escrito a él. Las elimina por banales, por improductivas. Respira lentamente, observa sus dedos, alertas en forma de garras sobre el teclado, y vuelve a escribir otra frase insignificante.

Nada ni nadie le obliga a sufrir de esa manera, excepto la estúpida idea de escribir un libro. Si se le apareciera el comandante y jefe supremo, el Diablo, le ofrecería el alma a cambio de ese párrafo inicial en cuyo vientre debería engendrarse el resto de la historia. Pero como el Diablo no aparece, continúa remando por su cuenta. Para que algo ocurra dentro de la escritura, cavila, es necesario abrir zanjas en el lenguaje con herramientas mentales distintas a las que se emplean para hablar o para escribir formulas médicas.

Entonces, como buen colombiano promedio, él juega al baloto, que consiste en que tu columna de números coincida con la que sale el día del sorteo. En la interminable búsqueda desesperada de una similitud, se le ocurre que, aun así, una obra literaria no es más que el resultado de ubicar una palabra detrás de otra con la confianza intacta de que ese orden verbal y gramatical coincida con el que los lectores tienen en el lado oscuro de su corazón. Escribir, te hace reflexionar, se parece a jugar el baloto, un sorteo en el que, para tener posibilidades de ganar, debes aceptar de entrada una pérdida enorme de energías. Así que nuestro hombre abandona su casa, sale a la calle y se dirige a una terminal de ventas. Suerte, amigo.

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