Taganga: o el olor de la desidia

26 de mayo del 2015

Entristece descubrir el estado lamentable en que se encuentra aquel poblado que alberga la pobreza peregrina del siglo 19

Taganga: o el olor de la desidia

Hace varios lustros que mi padre me llevó a conocer Taganga, el pequeño corregimiento a un lado de Santa Marta, entonces habitado por pescadores artesanales de andar lento y hablar cansino, que después de haber estado desde antes del amanecer, y durante horas, en el mar, contaban historias de marineros valientes sobre sus botes en tierra, mientras vendían el fruto de sus faenas a los pocos compradores ávidos de pescado fresco que iban a visitar aquel caserío asentado en una de las ensenadas más lindas de Colombia. Arrullado en silencio por un mar sereno y profundo, cuyas aguas azules parecen ser abrazadas por las estribaciones verdes de La Sierra Nevada antes de morir, casi que de repente, en el Caribe, aquel lugar idílico, parecía abandonado a la feliz suerte del olvido de la ambición desmedida de constructores sin ley, que habría de devorarlo en los años por venir.

Regresar casi treinta años después y descubrir el estado lamentable en que se encuentra aquel poblado, al que lo ha llevado, sin duda, su desarrollo desordenado y sin planificación alguna, no puede más que encoger el corazón y entristecer el espíritu.

Sus calles polvorientas, alguna rellenas con desechos de construcción, a pesar de los recursos que genera el turismo, son solo un síntoma del abandono centenario que ha padecido Taganga desde su fundación. Su principal zona turística se encuentra ahora invadida por un sinnúmero de construcciones contrahechas, sin ninguna armonía arquitectónica y total anarquía, que afean aquel paisaje que parecía imposible de destruir. Las tres cabañas que permitieron erigir junto al mar, albergan restaurantes de garaje sin ningún tipo de consideración sanitaria, que no solo ensucian la playa, y producen malos olores, sino que estropean aquella vista magnífica que una vez era adornada solo por botes multicolores.

La oferta turística se limita a algunas escuelas de buceo, a una discoteca grotesca, y algunos almacenes ruidosos que venden cachivaches inútiles a precios groseros, invadidos por una pléyade multicolor de mochileros colombianos y extranjeros, con peinados rastas y olor a marihuana que inundan sus calles al atardecer, después de un largo día bajo el mar. La noche la confunde el tono disonante de cincuenta bafles distribuidos en apenas tres cortas calles, cada uno con un vallenato diferente, que hacen imposible encontrar alguna gota de silencio en medio de aquel ruido infernal.

Busqué entonces algún sosiego y lo encontré en el cuarto piso del restaurante de un holandés avenido que escapó de la aburrida armonía de los campos de tulipanes; y fue solo allí, a diez metros de elevación y gracias al arrullo de la brisa marina, donde pude disfrutar en silencio el espectáculo que ofrecía la bella noche estrellada. Pero de regreso al hotel, el olor a mierda de perro y a pescado descompuesto, y el ruido insoportable del picó de una pareja de ancianos embotados, que mezclaba vallenatos viejos y canciones de ABBA, que con descaro imponían a toda la cuadra desde el antejardín de su casa sin el menor asomo de verguenza, me devolvieron a la realidad lamentable de aquel caserío que alberga la pobreza peregrina del siglo 19.

Aun no sé por qué no tuve el valor necesario para acallar aquellas torres de sonido de un metro de altura, que aturdían el canto de las cigarras, con la rabia contenida de mis propias manos.

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