Tipología del cafre bogotano

14 de julio del 2011

“…conozco al tramposo cuando oigo su idioma, al monje en el hábito y al pillo en la broma, conozco en el velo a la monja así mismo, y el vino en el vaso cuando otro lo toma. Lo conozco todo, excepto a mi mismo.” Balada sobre mínimos temas, Francois Villon (traducción de Andrés Holguín)   […]

“…conozco al tramposo cuando oigo su idioma, al monje en el hábito y al pillo en la broma, conozco en el velo a la monja así mismo, y el vino en el vaso cuando otro lo toma. Lo conozco todo, excepto a mi mismo.”

Balada sobre mínimos temas, Francois Villon (traducción de Andrés Holguín)

Conviene decir de entrada, para no herir susceptibilidades, que no todos los bogotanos somos cafres, y por ende, que no todos los cafres son bogotanos. Y aun diría más: somos reconocidos como personas amables. Pero que los hay, los hay, y muchos. Sobre todo en la capital, donde no cunde la solidaridad, fenómeno típico de las grandes ciudades. No en balde el maestro Darío Echandía sentenció hace algo más de medio siglo que el nuestro es un país de cafres.

De manera que como bogotanos proclives a la “cafrada”, debemos asumir  con dignidad esta condición, y si no tenemos remedio,  al menos debemos ser cafres competentes. Si usted todavía no es un cafre declarado, anímese, aquí le daremos unos cuantos consejos  para que deje fluir libremente su condición inexorable.

Pero,  ¿qué es un cafre?.  El diccionario de la Real Academia Española  trae varias acepciones, mas nos quedamos con la tercera, por ser la que se ajusta al cafre bogotano: “cafre. 3 adj. zafio y rústico”.  Es decir, grosero y falto de tacto en su comportamiento.  Sin lugar a dudas nuestro cafre no es bárbaro y cruel en exceso como reza la segunda acepción del RAE, ya que si lo fuera, se convertiría en criminal violento o en político corrupto,  como algunos que infortunadamente habitan nuestra patria mancillada.  Pero  ciertamente el personaje en cuestión es zafio y rústico.

El cafre bogotano no es en esencia un mal sujeto. Digamos más bien que es un tipo de mala leche, que, si tiene la oportunidad de ofender, estorbar, maltratar o negar la ayuda a alguien sin mayores consecuencias para la víctima, lo hace sólo por el placer efímero y estúpido de sentirse “chico malo”, o de  ejercer un fugaz poder de dominación sobre el agredido. Piénsese por ejemplo en un peatón que cruza la cebra  confiado en el semáforo con luz verde que protege su integridad.  Un conductor cafre no puede dejar pasar la oportunidad de acelerar el motor varias veces al estilo de Montoya,  el pretencioso corredor de autos bogotano, para que el indefenso peatón corra asustado por su vida. ¡Ah! que placer indescriptible siente este sujeto……   Decíamos que el cafre no es esencialmente un hombre malo, pero esto no es óbice para que sus actos puedan desencadenar consecuencias graves y aún fatales para la víctima. ¿Qué tal que el peatón de marras  tropiece y caiga fracturándose el cráneo contra la acera?  En rigor, este sería un efecto colateral de la “cafrada” que, en todo caso, no debe importarnos para el ejemplo.

La condición de  cafre, a mi juicio, no es solo una característica de la personalidad; es, realmente, una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. Se es cafre, o no se es cafre. El cafre no concibe que “el otro”, esto es, el prójimo, se cruce en su camino sin sufrir las consecuencias de tal atrevimiento. He aquí nuestro segundo ejemplo que ilustra lo dicho:  Imaginen al conductor de un bus  que pega  monedas de quinientos pesos en las escaleras de acceso  para que el pasajero incauto se agache a rasguñar inútilmente el dinero inamovible,  pasando de la ilusión a la vergüenza  en pocos segundos, agravada por la sonrisita de satisfacción del cafre.  Supimos de una víctima burlada que, en  similar circunstancia, arrancó valientemente las monedas con un destornillador, a despecho del conductor del bus que no se atrevió a chistar ni pío.  Los cafres  son generalmente cobardes.

Pero no se debe confundir al cafre con el político corrupto o con el criminal violento, como se dijo más arriba. Si bien la condición de cafre es requisito previo para llegar a ser con éxito lo uno o lo otro,  el cafre raso es más modesto -“chichipato”, decimos por acá- y carece de la imaginación y  las agallas necesarias para jugar en las grandes ligas.

El cafre hace cafradas, eso es evidente. La cafrada es su manifestación y huella. Es su marca indeleble. A continuación describiré algunas de las más comunes -limitadas por cuestiones de espacio al ámbito del transporte automotriz-, que el lector podrá enriquecer de manera infinita con sus propias experiencias:

Cafradas de automovilistas en general:

  • Salpicar a los peatones con el agua bendita de los charcos.
  • Orillar a los ciclistas contra la acera para que  tropiecen y caigan, como justo castigo por utilizar la calzada.
  • Mantener encendidas las luces direccionales para poder cerrar a los otros automóviles impunemente.
  • Pegarse al pito (claxon dicen los cursis) para arrear a los carros hacia delante aunque el semáforo no haya cambiado todavía a luz verde.
  • Echarle el carro encima al peatón que cruza la cebra, aun cuando éste tenga el derecho a la vía y a la vida, como reza la candorosa propaganda del Fondo de Seguridad Vial.

Cafradas de conductores de bus en particular:

  • Arrancar, girar  y frenar violenta e intempestivamente, para que los pasajeros se caigan o se golpeen. Esta es su forma alternativa de acomodarlos.
  • Detener el bus cinco cuadras después de haber anunciado el pasajero su parada.
  • Arrancar sin que el pasajero haya alcanzado a bajarse. -esta cafrada es más efectiva cuando se aplica a ancianos y a señoras con niños pequeños-.
  • Decirle al pasajero que después le entregará el vuelto -teniendo con que darlo- para que el confiado usuario olvide reclamarlo después de 30 cuadras –y uno es tan idiota como para pagar el pasaje con un billete de cincuenta mil-
  • Decirle al pasajero que la ruta sí va hacia donde aquel preguntó,  sabiendo que no es así. -mejor aún cuando la víctima no tiene dinero para otro pasaje-
  • Poner champeta o, peor aún, reguetón a todo volumen en la cabina.
  • Instalar siete espaldares en una banca donde sólo caben cinco traseros.
  • Obligar a siete pasajeros a sentarse en esa banca bajo la amenaza de un “varillazo” -el cafre generalmente carga varilla, o si no, aplica aquello de que “no traiga machete, aquí le damos”
  • No darle la gana  detener el bus para recoger ancianos o discapacitados.
  • Recoger y dejar pasajeros en la mitad de la calzada -con riesgo inminente para la vida del pasajero-
  • Hacer visita con los colegas en la mitad de la vía para que no puedan pasar los otros vehículos.

Sigue la lista, hay firmas, muchas firmas.

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