TLC: tecnocracia o sentido común

20 de mayo del 2012

La semana anterior inició el TLC con Estados Unidos y las voces de complacencia y de crítica no se han hecho esperar. Unos defienden la inserción en el comercio exterior (reconociendo, eso sí, las falencias estructurales de la producción doméstica), en tanto otros se rasgan las vestiduras ante la que califican “la peor decisión económica […]

La semana anterior inició el TLC con Estados Unidos y las voces de complacencia y de crítica no se han hecho esperar. Unos defienden la inserción en el comercio exterior (reconociendo, eso sí, las falencias estructurales de la producción doméstica), en tanto otros se rasgan las vestiduras ante la que califican “la peor decisión económica desde la Apertura Económica del gobierno Gaviria”, enumeran la lista de perjudicados por el tratado: el sector cafetero, los lecheros y junto a ellos toda la pequeña ganadería, los campesinos boyacenses, los productores avícolas, los actores y productores de televisión y teatro, en fin, no son pocos los afectados, pero quien recibirá el primer mazazo será el campo colombiano.

Para el presidente de la ANDI, Luis Carlos Villegas, se trata simplemente del juego comercial “en el que siempre hay ganadores y perdedores”, y añade que la “la balanza en cualquier tratado no siempre está en punto de equilibrio”. Se trata de la lógica del mercado global y las economías interrelacionadas: un centro que produce y vende, y una periferia que provee la materia prima y compra lo que con ella se fabrica.

Los economistas entusiastas del TLC vienen explicando en múltiples entrevistas que “sencillamente se trata de comercio internacional, de aumentar el valor agregado de los productos y las exportaciones, […] los beneficios se verán en el aumento de los productos exportados” (El Tiempo), con el característico lenguaje almibarado aseveran que el Tratado de Libre Comercio es lo mejor que le pudo suceder a la economía colombiana en su intención de insertarse en la economía internacional. El embajador de Estados Unidos en Colombia Michael McKinley enfatiza sucintamente que “son muchos los beneficiados con este tratado” (Caracol).

Y debe ser muy valioso para quienes recibirán las buenas nuevas de este tratado cuya firma, más parecida a una mendicidad limosnera que a un acuerdo negociado y concertado entre partes iguales, veníamos rogando desde el 2004 cuando se iniciaron formalmente las conversaciones bilaterales. Pasó el gobierno de Uribe que a pesar de su irresoluble obediencia a las políticas internacionales del gobierno Bush (que lo convirtió en el Caín de la región), no logró que se firmara el acuerdo. En tanto Perú, Panamá, Corea del Sur y otros países emergentes firmaban dicho tratado comercial sin mayores obstáculos. Hernando José Gómez, uno de los negociadores colombianos sostuvo “que fueron ocho años arduos” de ires y venires, de ceder, que él llama “replantear la agenda” para que la administración Obama diera vía libre al acuerdo.

Señala en una entrevista que son muchos los productos beneficiados con el no pago de aranceles, “confecciones, cortinería, toallas, flores, alimentos”. Incluso se hizo una lista exhaustiva cuya cifra es de 8.000 productos beneficiados (El Tiempo). “Un 25% aumentarán las exportaciones”, asegura Gómez. Sin barreras aduaneras e impuestos de entrada se verán los primeros resultados positivos para las exportaciones del país. Pero también pasará lo mismo aquí: cientos de productos inundarán el mercado, desde alas de pollo, pasando por arroz, maíz, pescado, tubérculos, lácteos, hasta café, que puede venir de Vietnam o Brasil, y que aquí consumiremos como si se tratase de una sede provincial de Starbucks, en el autoengaño de que lo foráneo es mejor que lo doméstico.

Ese mismo engaño, digo, autoengaño que intentan vendernos valiéndose de una propagada atropellada. Por radio, prensa y televisión el gobierno nacional, desde sus ministros de Comercio, Relaciones Exteriores, Minería, y Economía, pasando por los industriales de la ANDI y los expertos tecnócratas han señalado los buenos propósitos del acuerdo y enfatizan que no estamos en la era del proteccionismo agrario ni los subsidios a la industria mediana y pequeña, y que producir a perdida sólo genera atraso y no permite salir del subdesarrollo. Se equivocan en sus apreciaciones, porque como señala López Caballero “está reconocido que su aplicación o desarrollo aumentó en todos los países las desigualdades, el número de pobres, la brecha salarial entre trabajadores calificados y no calificados, y generó desbalances financieros entre países y regiones, y a nivel global propició recesiones y crisis” (Dinero).

El sistema de ventajas comparativas relativas es sencillo: se trata de una economía poderosa, subvencionada, proteccionista como la estadounidense, frente a una desvalida, inerme y macilenta como la nuestra. Es un juego desigual, como lo reconocía Villegas al comienzo, entre un centro (político, comercial, militar, cultural) y una periferia, o una colonia cuyo papel en la economía mundial es paquidérmico, Antonio Caballero lo ilustró muy bien “es una penetración sin vaselina, empalamiento” (Semana). La demostración racional a que apelan los defensores es la misma que invalida su argumento: por más beneficios minuciosos que defiendan, en su conjunto, es un descalabro para el país. Porque se trata de un pulso entre un país rico y desarrollado, frente a uno mal administrado, y por ello pobre, que no termina nunca de hincarse y agachar la cabeza.

El TLC traerá beneficios, sin duda, pero no será para los ciudadanos de a pie, para el común de la gente, sino para otros que disfrazan su picardía en discursos técnicos, que no quieren despertar de su fantasía: la de creerse mejor que el resto de los colombianos. Esa es la cruda realidad, para todos.

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