Torre de Babel

23 de noviembre del 2019

Por: Juan Restrepo.

Torre de Babel

Hace unas semanas, en virtud de haber vivido en España muchos años, fui consultado sobre la encrucijada de una familia colombiana recién instalada en Valencia. Poco pude hacer por ellos y me limité a unos prudentes comentarios, aunque lo más sensato habría sido recomendarles que salieran huyendo de allí cuanto antes.

Y que se instalasen en Madrid, por ejemplo. Ésa es la única ciudad cosmopolita que hay en España; en donde todo mundo es bienvenido, nadie te va a mirar mal por ser forastero y si eres castellanoparlante (como es el caso del 99,9 por ciento de los colombianos), no vas a tener problemas con el idioma.

La familia en cuestión, padres de una niña que empezaba su escolarización, recibió por parte del colegio, entre otros varios documentos en una lengua que desconocían, una comunicación en la que los invitaban “per tal de fer-vos partícips de l’aprenentarge dels vostres fills/es, al llarg de l’any anirem demanant la vostra participación…”, etc., etc., etc.

“¿Y no podían también enviarnos una comunicación en castellano, ya que estamos en España?”, preguntaba la angustiada madre colombiana recién llegada a eso que en otro tiempo se llamaba por aquí la “madre patria”.

“Tenga usted cuidado, señora. Está haciendo una afirmación muy discutible que le puede causar serios problemas. Mida sus palabras”. Luego le expliqué que los papeles aquellos estaban escritos, seguramente, en valenciano o en catalán (desconozco los matices de estas dos lenguas romances y no sé distinguir entre una u otra).

De todas formas, no le habría dedicado espacio a esta anécdota en emigración, de no haber sido porque que esta misma semana, he encontrado en la prensa española dos perlas de brillo iridiscente; de esas que produce a diario una sociedad empeñada en integrar, reivindicar y redimir, como la que conforma esa patria a la que tanto iberoamericano llamó en su día mamá.

Informa un periódico de allí, que el municipio de Sa Pobla, al norte de la isla de Mallorca, solo dirige sus comunicaciones oficiales en catalán y en árabe. Lo contó indignado también un padre de familia, a quien los amigos recomiendan que devuelva la respuesta al consistorio en chino mandarín o en uzbeko.

Y del País Vasco me llega, vía la prensa madrileña, una información según la cual la banca de aquella comarca proyecta dirigirse a sus clientes solo en idioma euskera. Ya lo pueden hacer con los vecinos —por decreto del Gobierno vasco— las autoridades municipales, solo en esa lengua.

Por su parte, de Asturias y de Aragón llegan también noticias muy alentadoras para el impulso que están teniendo allí las lenguas vernáculas. El presidente del primero ha abierto un debate en pro del reconocimiento del bable (lo llaman “lengua asturiana”) como idioma oficial de la comarca.

Y en Aragón, un político de origen argentino puso en la hoja de ruta de su partido la defensa de aquella otra comarca como un país más de los muchos que por lo visto hoy integran España. Y como allí cada país quiere su idioma, si va adelante la teoría del rosarino, en Aragón se hablará oficialmente el fabla, lenguaje de mucha utilidad para lanzar requiebros políticamente incorrectos. Así por ejemplo, si usted, caballero, va por allí y encuentra una aragonesa de muy buen ver, le puede decir: Me fan goyo os tuyos güellos; que quiere decir, me gustan tus ojos.

Con el ánimo, pues, de ayudar y compartir experiencias que sirvan de utilidad a los lectores de este blog, si usted está pensando en radicarse en España, váyase a Madrid, hágame caso.

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