A tres horas del mar

18 de enero del 2016

Un casual encuentro con dos niños es capaz de dejar lecciones para transformar un país.

Poco pensaba yo que las casualidades permitieran evidenciar realidades sociales. Pero me sucedió, y de qué manera. La historia se resumen en la narración de algunos sucesos de la vida de dos niños, de once y doce años de edad, que viven en la costa caribe colombiana. Llegaron a mí pidiendo plata, como muchos niños colombianos que son obligados por sus papás a llegar con un monto determinado y se fueron dejándome una gran lección de vida.

La primera frase, de entrada, fue impactante.

– “1.000 pesos, por favor, que no hemos comido”, dijo uno de ellos.

De inmediato me sorprendí y quise saber mas de sus vidas. Me contaron que eran hermanos que se llevaban un año. Pensé en el mío, mellizo, con el que me llevo 6 minutos. Me contaron que les gusta el fútbol y que disfrutan del mar cada vez que pueden. Cada vez que pueden quería decir que viven a tres horas de la orilla y, sin medio de transporte más que sus dos piernas y las ganas de disfrutar una tarde soleada lejos de la violencia que desarrollan las pandillas de su corregimiento, optan por ir, siempre uno junto al otro.

Al recordar la primera frase decidí bajarles comida, con la condición de que seguiríamos hablando al volver. Y así fue. Al regresar, siguieron con su relato. Sobre sus padres, me contaron que vivían separados y que muchas veces el papá no mandaba la plata mensual de sustento. Dejé de preguntar y pasé, simplemente, a oír lo que me querían decir, como si quisieran sacar cosas que tenían sumamente guardadas dentro de ellos. Prosiguieron hablando de su familia, contándome que tenían otros ocho hermanos, uno de los cuales era soldado.

– “Me gustaría ser soldado como mi hermano y nada, nada más”, afirmó uno de ellos.

Me sorprendí. Nunca había oído a alguien con tal convencimiento de querer servirle a su país, a pesar de la situación en la que han crecido. Tras mi sorpresa, me dieron las gracias por la comida y me dijeron que hay días que no comen, dado que en su colegio la comida cuesta.

– “¿Cuánto les cobran?”, les pregunté.

– “200 pesos”, me respondió uno de ellos. Su respuesta me demostró que muchas veces la ficción no es lejana a la realidad.

Terminaron lo que les bajé y me dijeron que se tenían que ir, porque se les hacía de noche y el camino era largo. Señalándome un punto en el horizonte, lugar al que debían llegar, se fueron, con una sonrisa que no perdieron en ningún momento, y uno al lado del otro tal y como llegaron.

Más que su historia, estos dos niños me mostraron lo distinta que es la vida dentro de un mismo país. Y no pretendo incitar a una revolución en aras de la igualdad, a protestas o a llamados de solidaridad; mi interés es demostrar que aún hay razones para ser optimistas de llegar a un país que trasciende y que depende mucho más de la sociedad y sus decisiones que de si se firma un papel con una paz en La Habana.

@boniventos // santiagobonivento97@gmail.com

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