Últimas noticias: tres novelitas curiosas

29 de mayo del 2012

            Hace unos días le contaba a una amiga sobre la entrevista que le hizo Darío Arizmendi a Mancuso y las acusaciones a Uribe. Ella solo me respondió: “¿Quién es Mancuso?” Aunque impresionado por la pregunta, pensé que mi amiga es artista y eso explica todo –o mucho. Luego pensé […]

Hace unos días le contaba a una amiga sobre la entrevista que le hizo Darío Arizmendi a Mancuso y las acusaciones a Uribe. Ella solo me respondió: “¿Quién es Mancuso?” Aunque impresionado por la pregunta, pensé que mi amiga es artista y eso explica todo –o mucho. Luego pensé que en realidad no tiene que saber quién es Mancuso, aunque viva aquí hace ya más de cuatro años.

El gusto por intentar estar informado es parecido al gusto por las novelas. Así como no a todos nos tienen que gustar las novelas, tampoco a todos nos tiene que interesar quién es Mancuso. Ni Uribe ni Santos ni Petro.

Tanto en las novelas como en la realidad nacional hay momentos de intriga, de duda, pero en el fondo sabemos cómo termina todo: en las novelas, el bueno se casa con la buena, los malos reciben su merecido. En el país, hay intrigas, sorpresas y promesas de investigaciones exhaustivas. Luego vienen “nuevas” intrigas, “nuevas” sorpresas y más promesas de investigaciones exhaustivas. La ventaja sobre las novelas es que frente a los acontecimientos uno siempre tiene la libertad de decidir si hay buenos y malos. Por lo general, los acontecimientos lo único que hacen es reforzar nuestra idea de quiénes son los buenos y quiénes los malos.

Según periódicos, políticos, columnistas, reporteros, militares, la Iglesia y un largo etcétera, el atentado contra Londoño y el caso “Merlano” causaron la “indignación nacional”, la “indignación de la opinión pública”, la “indignación de todos los colombianos”, tres términos que no dicen nada y que a todos, en un afán por encubrir falta de investigación o curiosidad o cuando menos duda, les encanta repetir sin cesar. ¿O es que a alguien de “todos los colombianos” le han preguntado qué les produjo alguno de los dos casos? A mí no me preguntaron nada.

Frente al caso “Merlano”, lo de andar manejando borracho es en realidad nada a comparación de otros de sus pecadillos, entre ellos, según Pirry, su relación con grupos de paramilitares en Sucre. Ya su papá está en la cárcel y el honorable senador heredó los nexos para las elecciones del 2006 y del 2010. El programa todavía no ha sido subido, pero asumo que es cuestión de tiempo para verlo en internet.

Más de 85000 tuiteros han pedido que renuncie Merlano. Aunque es muy buena la iniciativa, no es suficiente. ¿Renunció el general Pérez, comandante de la Policía metropolitana, por la presión de los tuiteros o los medios de comunicación? No sé. De todas maneras, como cuando en alguna novela deciden cambiar un poco el libreto, conservando siempre la estructura para mantener el rating y no espantar al espectador, esta fue una grata sorpresa que se agradece. Yo ya no exijo, yo agradezco que sucedan esas cosas: por unas horas vuelvo a creer en las instituciones.

Igual, ejercer presiones reales implica un poco más de esfuerzo que llevar a cabo revoluciones de escritorio –el Malpensante sacó un artículo bastante bueno al respecto. Podemos dar fe de ello los seguidores de la ola verde que, por lo visto, nos limitábamos a unos miles de gatos que estábamos seguros –por lo que nos decían facebook y los mismos medios que hablan de la “indignación nacional”– que esta vez sí iba a existir un cambio. Dejando a un lado la compra de votos, el cambio de tarjetones y el ejercicio “democrático” en las regiones y en algunos barrios de Bogotá, la ola verde al parecer no fue más que un momento de efervescencia, una especie de “verano del amor” local.

Frente al caso de Londoño, atraparon a dos explosivistas de las FARC, pero la Policía no ha dicho, de manera clara, que estuvieran relacionados con el atentado. Ni la Policía ni nadie. Los noticieros se han encargado de entrevistar a una de las víctimas que sobrevivió, a vendedores, habitantes, familiares de víctimas, pero hasta ahí, información nueva han producido más bien poca. Londoño sigue hablando con la autoridad de quien “viene de las orillas de la muerte”, sin que para ello hubiera sido necesario un atentado: habla con el mismo tono pausado y solemne de ultratumba que le hemos conocido desde siempre.

Valga traer a colación el caso de Sigifredo López, frente al cual, supongo que por el mismo desconcierto, las afirmaciones han sido más cautas. A excepción de unos cuantos, como Navarro Wolf, que, sin ninguna razón aparente, salió a decir que él sí había oído de lazos de López con grupos irregulares, pero del otro bando, con los Rastrojos.

Ayer oí la entrevista a López en Caracol radio. Como todos los prohombres de este país, también habla en tercera persona. Como Uribe. Como Petro y tantos otros. Me sorprendió que haya dicho que él no podía entender que a alguien se le ocurriera adjudicarle un autosecuestro de siete años después de todos los atropellos a los que fue expuesto por los secuestradores, que no tenía ninguna lógica.

Quizás López no se haya dado cuenta que hace rato los acontecimientos no obedecen a una lógica tal como nos la enseñaron en el colegio. Por eso mismo, hace rato yo ya no le creo ni a la policía ni a los militares ni a los curas ni al presidente ni a la guerrilla ni a los periodistas ni a los paramilitares ni a los exparamilitares ni a los políticos ni a las ONG ni a la ONU ni a la Cruz Roja Internacional. Caballero, en su última caricatura para Semana, no pudo haberlo definido mejor: “Es todo tan inverosímil, que tiene que ser cierto.”

Lo que me llamó la atención de López es que, al ser preguntado si suponía quién estaba interesado en ensuciar su nombre, planteó, al menos en un principio, que no quería exponer a nadie a lo mismo que estaba expuesto él, que no quería lanzar hipótesis y que no quería pensar que hubiera un complot en su contra. Sensato. Aunque bueno, quién sabe si hubiera reaccionado igual si le hubieran robado su rolex.

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