Un Día de Playa

7 de septiembre del 2011

Una de las cosas que más extrañamos los costeños que vivimos fuera de nuestras ciudades de origen es el mar y, sobre todo los que estamos encerrados entre un par de montañas. Aunque los barranquilleros tenemos a sólo 20 minutos una modesta playa (Sabanilla), o Cartagena a una hora y Santa Marta a hora y […]

Una de las cosas que más extrañamos los costeños que vivimos fuera de nuestras ciudades de origen es el mar y, sobre todo los que estamos encerrados entre un par de montañas. Aunque los barranquilleros tenemos a sólo 20 minutos una modesta playa (Sabanilla), o Cartagena a una hora y Santa Marta a hora y media, podemos pasar meses y creería que incluso años, sin ir a deleitarnos de una de las maravillosas obras que ha creado Dios, el mar, y esto con la triste excusa de que “eso está muy lejos”. Cuando realmente estamos a cientos de kilómetros es que valoramos lo delicioso que podría ser disfrutar cualquier fin de semana con o sin puente de las delicias del mar.Reflexionando sobre esto, he decidido que cuando llegue en las próximas navidades a mi tierra natal, este será el plan detallado para pasar un espectacular día de playa.

Con la debida anticipación les propondré a mis familiares y amigos ir a El Rodadero el domingo más cercano, de seguro a todos les parecerá genial la idea y hasta el perro de la casa se apuntará para la cita dominical. En la mañana del domingo, a eso de las 7:00 am ya estaré listo con mi bermuda floreada, camisilla esqueleto y sandalias tres puntá; el resto de la familia reposará en brazos de Morfeo haciendo caso omiso a mis recomendaciones de salir bien temprano para que nos rinda el día y no toparnos con camiones en la carretera. Pasada media hora de insistir en que despierten lograré mi cometido de ponerlos en pie para dar inicio a nuestro paseo, no sin antes haber llamado a mis amigos y seguro más de un pajarilla sacará maletas a último momento.

El punto de reunión de los dos carros que iremos será en cualquiera de las súper tiendas Olímpica, donde nos surtiremos de distintas viandas elaboradas y empacadas por Frito Lay y llenaremos una nevera de icopor con hielo y cervezas nacionales para refrescarnos en el camino y por supuesto nuestra estadía en la playa.

Revisado nuestro check list de buena música, comida, bloqueador, bronceador y unos litros de etanol, partimos para tomar rumbo hacia la bahía más hermosa de América.

En el camino, parada obligatoria es en Ciénaga a comerse la mejor arepa e´huevo acompañada de un exquisito jugo de zapote servido en un gigantesco vaso de aluminio con ñapa incluida.

Al llegar a El Rodadero y después de dar varias vueltas buscando un estacionamiento seguro donde dejar el carro, caminaremos por la playa tratando de elegir una carpa con buena ubicación, al encontrarla el encargado nos dirá “son 20.000 barras la carpa mas $5.000 por cada silla” a lo que nosotros contestaremos al unísono “eche y qué, ¿nos viste cara de cachacos?, deja todo esa vaina en $10.000”. Con razón algunos samarios y cartageneros nos tienen tanta bronca…lloramos más que caja de pollitos.

Ya ubicados en la carpa las mujeres se quedarán sacando de sus enormes bolsos playeros, las revistas Vanidades, TV y Novelas y Cosmopolitan, algún libro de superación personal de Walter Riso, bronceador y cinco tipos de bloqueador diferentes, para el cabello, el cuerpo, las manos, la cara y quién sabe para qué otra parte más. Los caballeros haremos un caminata de reconocimiento del terreno, donde divisaremos de inmediato el personal femenino con poca ropa, luciendo los dotes y atributos que Dios y algún cirujano plástico les regalaron. A nuestro lado pasarán trotando un par de come hierro exhibiendo sus trabajados e inyectados músculos y, se hace ley ver a los cachacos en sus tangas narizonas, calzando chancletas de cuero con medias oscuras, una camiseta china con el mensaje estampado “I Love El Rodadero” y un tubito plástico colgando de su cuello donde guardan el dinero. A su lado, sus desnalgadas mujeres le acompañan, más rojas que un camarón y luciendo trencitas de colores, que serán el orgullo más grande cuando retornen a sus frías ciudades de origen. Ya lo dice el viejo y sabio refrán “más contento que cachaco en playa”.

Al volver a nuestras carpas, nuestras parejas nos esperarán con cara de pocos amigos por la demora y nuestra pobre excusa será “estábamos echándole un ojito al carro”.

Los “futbolistas” organizaremos un partidito de fútbol playa al que se agregarán voluntariamente varios vecinos de carpa al primer rebote del balón. Este “súper clásico” terminará justo cuando alguien le de un bolazo a un niño o un anciano (generalmente ese alguien soy yo). Otros jugarán con un frisbee o con sus raqueticas playeras y los más elitistas alquilarán un Jet Ski para hacer un recorrido por las tranquilas y transparentes aguas del mar.

Al terminar cansados por el deporte realizado y el intenso sol, decidimos meternos al mar a darnos un buen chapuzón. No podrán faltar las parejitas de novios que hacen sus “cositas” bajo el agua al ritmo de las olas, también alguien de la tercera edad que se baña en la orilla con totumita o aquel con un gigante neumático negro que utiliza para atravesar las olas como si estuviera descendiendo en un rápido río abajo y por supuesto, el cachaco con flotadores en sus brazos intentando hacer sus primeros pinitos en la natación. Yo en cambio, como buen costeño que se respete me sentiré como pez en el agua, nadando con una experiencia digna de Michael Phelps llegaré hasta donde se encuentran anclados una lancha pesquera y un lujoso yate. Desde lo lejos oiré que alguien me chifla y me hace señas para que regrese a la orilla, diviso a un pequeño y huesudo sujeto quien viste una pantaloneta de un color que alguna vez fue rojo pero que por el sol y el trajín que ha llevado ahora parece rosado, enseguida me percato que el tipo debe ser algo así como el Mitch Bucannan criollo y regresaré obediente a la orilla.

Una vez en la playa, me acostaré en la arena blanca a tomar el sol junto a unos niños que juegan, con sus baldes y palas, a construir castillos de arenas con la misma solidez que el barrio Campo Alegre en Barranquilla, del otro lado estarán sus padres tapándose de arena hasta el cuello para tomarse la infaltable foto de recuerdo y que reposará en la mesita de centro de su casa por varios años.

Estando acostado pasarán cientos de vendedores ambulantes ofreciendo mango, cocteles de camarón, raspao, pulseritas, cerveza, gaseosa, gorras, sombreros, coco frío, bronceador de aceite de coco, agua de coco, coco frito, helado, mazorca asada, cocadas, frutas, pantalonetas, vestidos de baño, pareos y el más popular de todos que promociona su producto a un ritmo supersónico recitando “habla lagafa, lagafa, lagafa, lagafa”.

A la una de la tarde ya el hambre apremia y, hasta nuestra carpa llegan los atentos vendedores (el mismo dueño de la carpa regularmente) ofreciendo mojarras, sierras, pargos y róbalos que no caben en sus bandejas porque todas estaban estudiando para tiburón cuando están crudos, pero que al traértelo frito se encoge como cual sarapico (no pagamos el valor completo de la carpa pero por otro lado te lo cobran). La bandeja viene acompañada de unos crujientes patacones, un buen arroz con coco y una ensalada que terminará comiéndose cualquier otro menos yo. De postre un helado de arequipe o una cocada para quitar el sabor a pescado, nos lavamos las manos con las tapitas de limón, nos enjuagamos con agua de mar y luego algo de crema o jabón antibacterial que tu precavida esposa metió en su maletín del gato Félix.

Al ponerse el sol, antes de irnos, una negra cuarto bate nos ofrecerá un relajante masaje al que accederé después de regatear el precio y, con el que quedaré más tullido y cansado que chupo de bebé.

Antes de retornar a la Puerta de Oro de Colombia, nos asearemos, llenaremos con agua de mar unos envases vacios para lavarnos los pies, pondremos las toallas limpias y secas en los asientos del carro para no mojarlo; tan pronto cojamos carretera más de uno roncará y se le saldrán las babas del sueño. Nuevamente paramos en Ciénaga pero esta vez para comprar una mano de guineos verde y queso, para el desayuno del día siguiente.

Al pasar el puente Pumarejo caeremos en un profundo hueco, alzaré mi vista y un letrero que dice “BIENVENIDO A BARRANQUILLA” me dirá que nuestro día de playa ha concluido.

Antonio Javier Guzmán P.

ajguz@yahoo.com

Mi Twitter: @AJGUZMAN

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