Un hombre infiel confundido

28 de octubre del 2019

Por: Camilo Villegas.

Infiel

El hombre infiel estaba desnudando a su amante cuando vio que ésta llevaba un juego de ropa interior idéntico a uno de su novia, así que se le quitaron las ganas y se sentó en el borde de la cama.- ¿Qué pasa? -dijo ella.

– No sé, me ha dado un mareo.

– Espera un momento a ver si se te pasa. Eso es porque te la pasas trasnochando y no comes bien- dijo ella.

– Puede ser corazón, dijo él.

Al final perdieron la tarde hablando de cosas sin importancia, como solían hacer cuando el deseo no funcionaba, mientras ella revisaba los botones de una blusa que se acababa de comprar. En un momento dado, él se asomó a la ventana y vio una calle estrecha, con mensajeros de Rappi subidos a la acera. En una terraza de la fachada de enfrente había un israelí fumando. Le pareció muy raro no saber dónde se encontraba.

– ¿Dónde estamos? –preguntó él.

– Pues ahora no sé si en la calle del amor, de la Esperanza, o del Afán, depende de dónde pongas la cabeza. Ahí mismo, un poco más arriba, a la izquierda, está la Universidad de los Andes.

– ¿Y de quién es está casa?

– De una hermana de una amiga, va a mi gimnasio, es azafata y se la pasa viajando.

Hasta ahora Sofía, siempre había logrado encontrar a alguien que les prestara una casa en la Candelaria. Se negaba a hacerlo en apartamentos alquilados o en moteles, porque lo asociaba a alguna forma de prostitución. Gracias a eso, el hombre infiel había visto el rostro de algunos barrios que de otro modo jamás habría llegado a conocer. Le parecía extraño, no obstante, saber que vivía en una ciudad que nunca recorrería del todo; era algo así como vivir dentro de un cuerpo en el que siempre habría alguna zona por explorar.

Un día, regresando de la Candelaria, tomó la Avenida Circunvalar, estacionó el carro junto al Museo Nacional y anduvo merodeando por una calle que le recordaba la de su infancia, en el Parque Central Bavaria, entró en una cafetería y compró un capuchino, del que luego se desprendió, sólo por ver el rostro de la empleada sabiendo que sus miradas no volverían a cruzarse. Se pasaba la vida filosofando, buscando respuestas, mensajes ocultos.

En otra oportunidad, hacía mucho tiempo, estaba observando el gato de su novia, cuando el animal de súbito se descubrió los genitales con espanto. A lo mejor, había zonas del cuerpo que jamás llegábamos a conocer, no ya el páncreas o los riñones, sino geografías más superficiales que quizá estaban al alcance de la mano.

Sofí, ¿Qué es eso que brilla en el suelo, bajo la mesa? No lo sé, él se agachó para recogerlo y resultó ser una foto tamaño carnet de un sujeto de unos 34 años, con muchas entradas. Miraba al objetivo con una tenacidad absurda, como si la fotografía le debiera algo. Tuvo un sentimiento familiar muy desagradable y dijo guardándosela en el bolsillo:

– No quiero que volvamos a este cuchitril. Me da la impresión de invadir un espacio íntimo.

– Pues yo a un motel, en plan puta, no voy -respondió ella cortando el hilo sobrante con los dientes, en un gesto que le había fascinado, de universitario, en sus compañeras de clase. El mundo era unas veces sofocante por estrecho, y otras veces confuso, por ancho.

Esa noche, sacó la fotografía del bolsillo de la chaqueta y la guardó en la guantera del carro como quien mezcla azarosamente las distintas partes de la realidad, igual que cuando se barajan los naipes. Llegó a casa de Lorena, su novia. Luego se metió en su cama. Y desde allí vio con disimulo cómo se desnudaba, llevaba el conjunto de ropa interior idéntico al que esa tarde le había visto a Sofí, su amante. Entonces, sin poder reprimirse, empezó a llorar.

– No me encuentro muy bien -dijo frente a la mirada de extrañeza de Lore.

– Eso es porque te la pasas trasnochando y no comes bien -respondió ella.

– Puede ser corazón, dijo él.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO