Un matrimonio muy Rosa

7 de abril del 2011

-¿Juli, vas a ir al matrimonio de Rosa?

-¿Se casa la pantera? –pregunté- ¿Pero cómo? ¡Si hace nada ni se sabía su sexualidad!

-Cual pantera ni que nada. Rosa: la que le ayuda a su abuela con el aseo.

-Ah, Mami, haberlo dicho antes, o sea que Rosa la de la casa se casa. ¡Qué bueno!, bien por ella. Mal por él. Lástima que no pueda ir.

-¿Cómo que no? Ni siquiera sabes qué día es.

Me pasó la tarjeta de invitación, pero como era de suponerse: no le presté mayor importancia y la dejé por ahí.

Unos días más tarde, un sábado para ser mas especifico, el ambiente de mi casa estaba un poco raro: Rosa no había venido (la abue vive en el 1er piso de la casa mía de mi mamá), doña Yaneth y mi hermana iban de salida y yo me levanté más temprano. Lo dicho: todo estaba raro.

-¿hey, hey, hey, ustedes para donde van?

-Donde Ángela –me respondió mi hermana.

-Cual Ángela ¿la estriptisera de aquí a la vuelta?

-Para donde Ángela, la de las uñas –volvió a decirme.

-¿Cómo así, es que hay una Ángela sin uñas? ¡Pobre!

-Si es bobo ¿no? Vamos a arreglarnos las uñas.

-Ah, ¿Y para qué? Ni que hoy fueran a ir un matrimonio –les dije.

-Pues sí, hoy se casa Rosa ¿usted al fin no va a ir?

Me quedó sonando la idea: ¿Qué es lo peor que pueda pasar? ¿Qué sirvan lechona? ¿Qué rifen la cabeza de la lechona? ¿Ganarme la cabeza de la lechona? ¿Qué se enamore de mí una lechona? Peores cosas me han pasado.

Aparte mi cuñado me preguntó que si iba a ir, y, al ver que sus ojos me decían: Juli no me dejes solo. Tragué saliva, tomé fuerza de donde no la tengo y sin ser consciente en lo que me estaba metiendo, no tuve más remedio que decir que sí, que sí iba para el dichoso matrimonio.

Afortunada o infortunadamente –ya ni sé- no tengo que pasármela más de dos horas metido en un “salón de belleza” para verme bonito –no porque ya lo sea, sino porque no hay caso; el que es bonito es bonito, y el que no: le toca crear un blog-.

El día pasó rapidísimo, en un momento estaba viendo a la negra Candela y cuando menos pensé ya estaba tratando de adivinar las respuestas de “¿Quien quiere ser millonario?”. Sí, ¿no lo han hecho? Yo llego, pongo cara de serio y digo: “esa es la B. Sí, Paulo, última palabra”. Me meto tanto en la película que, cuando Laserna dice: “vamos a comerciales”. Yo cojo y me voy al centro comercial más cercano.

De repente, ya cuando veía la tanda de chistes del “Polilla” en Sábados Felices, sonó el timbre de la puerta. Una vez, dos veces, tres veces…

-¿Es que no hay nadie que pueda abrir la puerta? –gritó mi mamá.

Con semejante grito no tuve más que salir corriendo y abrir la puerta. No por el regaño, sino porque esa era la oportunidad perfecta para llegar a ser alguien, -aun así hoy sigo siendo un don nadie-.

Era mi vecino, él también estaba invitado y vino junto a su esposa para llevarnos donde era el famoso jolgorio.

-Buenas Don Álvaro –lo salude.

-¡Ja! ¿Y usted por qué no está listo?

-¿Listo pa’qué?

-¿Pa’l matrimonio?

-No, ¿qué le pasa?, aun estoy muy joven, como se le ocurre. Yo sí me quiero condenar, pero no tan rápido.

-Ay mijo, para ir al matrimonio. Camine los llevo. Nosotros ya estamos de salida.

-Bueno, pero deme una esperita de diez minutos.

Esos diez minutos en mi reloj –y en el de muchos- significan media hora.
Don Álvaro, quien sabe perfectamente el significado de esos “diez minutos” tomó asiento y esperó pacientemente.

-Vea, ¿usted por qué está corriendo? –me preguntó mi hermana.

-Porque don Álvaro me está esperando.

-¿Para qué?

-Para ir al matrimonio.

-Ay, dejen la fiebre ¿por qué van tan temprano? –eran las 10:15 de la noche y “estaba temprano”, así es ella.

-No, pues si fuera por mí llegaba cuando estén sirviendo la comida –le dije.

Mi propósito era ese: ir únicamente a canalear trago y comida.

-¿Por qué no se va con nosotros? –me dijo mi hermana refiriéndose a ella y el novio.

Le dije que no, que si algo había aprendido de mis exnovias era ser gasolinero, aprovechado e irme con el mejor postor –materialmente hablando- sin importar las consecuencias. Y en este caso, don Álvaro cumplía con todos los requisitos, es decir: era el del carro. Y yo me iba a ir ahí importándome un pepino si me tocaba en el baúl o en la llanta trasera.

Ella insistió, me dijo que los acompañara, que no me fuera todavía, que la casa sin mí no es la misma –tal vez no fue tal cual como lo dijo, pero yo sé que así es- que igual era ahí no más y que la caminada no era tan larga.

-¿Cómo así? ¿Acaso donde es? –le pregunté.

-Aquí, en el salón comunal del barrio.

-¿Pero si aquí no hay salón comunal? A duras penas pusieron un local de DMG.

-¿Cuál DMG? Por aquí no hay nada de eso.

-Claro que si –le dije- algunas personas le llaman parroquia.

Con una singular alzada de ceja me dijo bobo y siguió:

-El caso es que va a ser ahí en la escuelita, eso de día es escuela y en la tarde salón comunal.

-¿Y de noche qué? ¿Club de estriptis? ¿Acaso es ahí donde trabaja Lina, mi ex novia?

-No sé, ni me interesa –me dijo algo molesta.

-A mi tampoco –le dije- ya estoy hastiado de esos shows, y eso que me los hacía gratis. Lástima que la fama cambie a la gente –me lamenté.

Al caer en cuenta que eso era ahí no más, como a seis cuadras de mi casa, decidí quedarme e irme con mi hermana y mi cuñado caminando. Ya se imaginaran la cara que hizo don Álvaro cuando le dije, después de tanta espera, que le agradecía pero que yo me iba más tardecito.

Mamé gallo un ratico, vi televisión, me bañé, me vestí y puse a mi hermana a que me planchara la camisa: soy tan inútil que no soy capaz ni de planchar mi propia ropa.
Si hay algo peor que ir a una fiesta a la cual no quieres ir, es ir y llegar en aquel momento en el que la gente no está bailando y absolutamente todos se dan cuenta que tú llegaste.

Hice aquella sonrisa hipócrita que me caracteriza, alcé la mano derecha y como quien no quiere la cosa saludé a todos los asistentes.

Para colmo de males, mi mamá, don Álvaro y su familia estaba al fondo del lugar.

Llegué, me senté y no mi mamá no se hizo esperar diciendo:

-¿Vea, saludó a doña no-sé-quién, a don no-se-qué-cosa?

-Mami, saludé a los que quería saludar, suerte con los otros.

La fiesta transcurría y yo no encontraba con quien bailar. O sea, no me malinterpreten, lo que pasa es que yo conquisto bailando, de resto, el bailar para mí no tiene más sentido.
Por ahí bailé unas cuantas con mi hermana, pero poquitas. Ella sabe que no me gusta de a mucho bailar con ella, Yuceth escucha el sabor de los timbales y se enloquece: baila rarísimo, pero baila excelente.

-Te saqué única y exclusivamente para analizar el panorama –le dije.

-jajaja –se rió- ¿Y eso? ¿Vas a escribir acerca de esta eventualidad tan popular?

-¿Popular? ¿Por qué les decís así? yo lo llamaría más bien un foforro con ambiente “Q´hubo”

Para mis lectores internacionales, el “Q´hubo” es un periódico amarillista de acá de Cali, vale como $700 y su segmentación es bastante popular. Es para lo que a los americanos viene siendo el “Hello” o para los Italianos el “Bonyorno”. ¿Me hago entender?

-Venga madre no se me acelere –le dije a mi hermana- mire que después se me desbarata y hoy no traje los planos para armarla, bailemos suave mejor.

Se acabó la canción y fui a sentarme, cada vez que sonaba un disco me hacía el loco para que nadie me sacara, entre ellas mi mamá.

-Bueno, quien va a bailar conmigo –decía mi madre cada vez que empezaba un disco guapachoso.

-Vea Mauro, a bailar con la suegra.

El pobre de mi cuñado no hacía más que pararse y bailar con mi mamá.

Por mi parte, yo cogí la botella y me comencé a pegar mis buenos guaritos.

-¡Ay Rosa! –grité.

-¿Para que la llamas? –me preguntó mi hermana.

-¡Mírala!, la pobre está arrastrando el mantel de la cocina.

-Deja de ser tan bobo ¿Cuál mantel? –me corrigió- no ves que así es el vestido.

Después de eso seguí pegándole al guarito, baile un par de canciones más y me puse a esperar la comida.

-¿Ve y el negro –como cariñosamente se le dice- por qué esta tan contento?

-Porque se acaba de casar –me contestó mi hermana.

-¡Por eso mismo! ¿Por qué esta tan contento?

Ella volteo la cara y no me puso atención.

El matrimonio siguió su rumbo: música pa’ viejitos, manes ya borrachos y la famosa tirada de ramo.

-¡Ja!, la cosa es con tirada de ramo y todo. Solo falta que la comida sea lechona y se completa el cuadro –pensé en voz alta.

-Por si no te has dado cuenta: ya están sirviendo la comida y sí: es lechona.

¿Qué? Yo que solo había ido por la comida, ¡y me salen con lechona! Yo si soy de malas.

No tengo nada en contra de los matrimonios con lechona, si el negro se casó con Rosa es problema de él. Lo que pasa es que yo no como lechona en ninguna de sus presentaciones.

-Ve Yuceth ¿sabes qué? Anda por ese ramo y nos vamos de acá.

-¡Que tal este!-me dijo- yo que voy a estar yendo por ese ramo, que boleta.

-Bueno no vaya, pida su comida y vámonos para la casa.

Efectivamente pidió su comida; nos despedimos de mi mamá -ella se quería quedar otro ratico más- y nos fuimos para la casa. Al salir, todos nos vieron con cara de “indio comido indio ido”. Pero no importa.

En defensa de la fiesta –porque todo hay que decirlo- debo resaltar que el pastel estuvo muy rico.

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