Un pargo como síntoma

13 de septiembre del 2019

Por: Juan Restrepo.

Un pargo como síntoma

Lo vi hace unos días en un supermercado a las afueras de Medellín. Una pareja de mediana edad compraba en la pescadería. Primera sorpresa: en esa sección había un surtido diferente a los clásicos mojarra, tilapia y camarones congelados, sagrada trinidad de las pescaderías del interior de Colombia, en donde los negocios de este tipo no saben vender otra cosa y los clientes parecen no conocer nada diferente. Había unos pargos de respetable tamaño de dos y hasta más kilos. La pareja en cuestión se llevó uno por el que pagó 190.000 pesos.

Estoy hablando de un supermercado al norte de Medellín, cerca de un pueblo en el que confluyen gentes de toda Antioquia, una localidad con graves problemas de orden público y cuyos estratos (ya que en Colombia hay que referirse a la gente como a las castas en la India) no tienen nada que ver con los barrios del sur, que en el Valle de Aburrá son los de más alto nivel. Lo voy a ilustrar mejor: hay taxistas que prefieren no entrar allí. Cualquier lector que conozca la zona sabe a qué localidad me estoy refiriendo, pero prefiero no llamarla aquí por su nombre.

De modo que ver una transacción que involucra un pescado de casi 200.000 pesos en esas latitudes urbanas llama inevitablemente la atención. Con toda la discreción de que fui capaz observé a la pareja de compradores –ella un poco más joven que él– y no quedaba ninguna duda, eran venezolanos.

Cuento aquí este episodio aparentemente anodino porque le encuentro un gran significado. En Colombia, un país con dos mares, es fácil encontrar gente que nunca ha comido un pescado en su vida; y resulta difícil encontrar comida del mar –pesca y mariscos– en el interior. Y si se encuentra resulta carísimo. Pero podrían estar empezando a cambiar las costumbres gastronómicas gracias a la emigración venezolana. En buena hora.

Quienes generalizan hablando de los problemas que trae la masiva presencia de venezolanos en las ciudades colombianas, deberían detenerse a pensar que ésta tiene tanto de ancho como de alto. Lamentablemente entre la gente joven, que solo ha conocido el régimen de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, es cierto que se puede encontrar la franja más conflictiva de esa emigración. Pero gentes de mediana edad que vienen de un país que conocieron educado, próspero y rico traen a la cerrada sociedad colombiana unos usos y costumbres muy interesantes.

Venezuela, al contrario de Colombia, fue siempre un país de emigración y acogida, allí recalaron cientos de miles de italianos, españoles y portugueses que aportaron al país vecino unos gustos más sofisticados en los fogones que la monótona y aburrida comida colombiana.

En Colombia últimamente, el gremio restaurador cree que se es muy internacional poniéndole a lo de siempre precios disparatados. Esta semana, se me antojó, al pasar por un bar del Parque Lleras en Medellín, tomar una cerveza de barril; algo tan normal en España, México o Argentina y que aquí debe parecerles a los que así la venden el colmo de la elegancia y el refinamiento. Pagué 16.000 pesos por un solitario vasito de cerveza sentado en la terraza.

Espero que los venezolanos traigan, además de nuevos gustos gastronómicos, costumbres tan saludables y gratas como la barra, verdadera institución, por ejemplo, en los países mencionados y en la misma Venezuela. La barra –desconocida en Colombia– es además de un lugar de consumo, un punto de encuentro en donde es fácil entablar conversación con desconocidos o con el mismo barman; sitio para dialogar, cosa que tanta falta hace a este pueblo de gente recelosa, desconfiada y tacaña.

Ya verán cómo, cuando empiecen a imponer la barra los venezolanos, acompañarán el vaso de cerveza con unas aceitunas, unas papitas o un poco de maní, que cuestan poco y borran esa imagen agarrada, cicatera y roñosa de la mayoría de bares y restaurantes colombianos.

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