Una cita odontológica en el tíbet

Una cita odontológica en el tíbet

4 de diciembre del 2018

Cuando salí de cita odontológica estaba muy aturdido y con la boca dormida debido a los efectos colaterales de la anestesia dental. Esa mañana antes de ir al consultorio número 402, mis oídos habían percibido un trueno procedente de alguna parte del Tíbet. Abrí la boca y se me escapó por entre los labios un rayo de luz que iluminó totalmente las cobijas. Ahora se trataba de una tormenta eléctrica en pleno interior del alma. Uno de los rayos cayó sobre una papila gustativa y la dejó inservible; retiré la lengua hacia el interior de la garganta y sufrí dos o tres descargas eléctricas en las glándulas sublinguales productoras de saliva. Doctora, le dije. ” Tengo los dientes jodidos y no sé si todavía existan, dejé de ir al gimnasio porque los músculos, de repente, se habían vuelto tristes: La falta de regularidad y consistencia ha desencadenado en una crisis no sólo dental, sino también general. No hay en tu dentadura ninguna caries, dijo ella. ¿En serio? dije yo, ¿Meditas o haces Yoga? dijo ella. Pero no le he respondido porque tenía la boca abierta y la lengua bloqueada, así que he seguido dándole vueltas al tema durante los últimos días y no he logrado conciliar el sueño.

En cuanto me despertó la boca y pude escribir, pensé en aquella pregunta: “Cami, ¿Meditas o haces Yoga?” y podría decir que el panorama es alentador. Gran parte del paisaje observado con frialdad desde el sillón de la odontóloga y gracias a su anestesia, me evocaron grandes recuerdos de un viaje que hice este año. Una de las primeras cosas que aprendí en ese lugar es que no soy capaz de estar más de 25 minutos sentado en flor de loto, tampoco soy capaz de aguantar una simple limpieza dental sin anestesia. Y no fue poca cosa; en un viaje que resultó estar repleto de revelaciones, ser consciente de las limitaciones físicas no es un descubrimiento menor. Pero no es el cuerpo lo que se viene a bajo, aunque el cuerpo sufre. (y los dientes también) Es el alma, la mente, el espíritu, la esencia —como quieras llamarlo— lo que recibe terapia de choque en una experiencia de estas. De hecho, lo difícil no es dejar tus asuntos. Es mezclarse con 70 desconocidos de diferentes partes del mundo: drogadictos, alcohólicos, amas de casa, empresarios y en general personas inconformes con la propia vida. Compartir el cuarto y el baño, hacer un ayuno de 7 días, esperar 26 horas en la puerta de un templo budista a 3 grados bajo cero, desespero, hambre, angustia, dolor, pocas horas de sueño, despertarse todos los días a las 4:00 de la mañana, meditar durante once horas diarias sobre un cojín en el suelo, aislarse del mundo, tratar de aquietar la cabeza o guardar silencio durante 15 días; lo realmente complicado del Tíbet es verse a uno mismo, encontrar respuestas y lidiar con ellas. Todo el que se propone ir a este sitio ha prometido abstenerse de mentir, tomar, fumar, aspirar cocaína, robar, comer carne, hablar y distraerse, por lo que, junto a celulares y billeteras, se deben dejar libros, bolígrafos, cuadernos, cámaras, radios y en general todo lo que implique concentrarse en cosas ajenas a la meditación.

Desorientado y confundido encuentro una silla para descansar. Me concentro y descubro que la cabeza no para y que los pensamientos, recuerdos y anhelos entran y salen con tanta rapidez que no pueden digerirse. Pensar es una maldita desgracia, es como querer hablar y tener mucha anestesia en la boca. ¿Cómo quieres cancelar, en efectivo o con Tarjeta? con tarjeta, dije yo. Suena una campana y se siente lejos, uno cree que está soñando y que es hora de ir al Bodytech, pero al tercer golpe se sabe que son las 4:00 de la mañana que estás en Asia y que hay que ir a meditar. Ver a un montón de personas ahí sentadas en silencio es muy raro. Sientes depresión, ansiedad, sólo días más tarde entenderás que no es tan grave y que viviendo el aquí y el ahora se puede salir de lo que sea.

Cerré los ojos por un instante y empecé a ver rostros. Me ocurre en las salas de espera de los mejores consultorios odontológicos. Recuesto un poco la cabeza, bajo los párpados, y comienzan a desfilar por el interior rostros de personas que han pasado por mi vida: madre, amigos, familiares, pero también Antje, una mujer holandesa de 58 años de edad, guía espiritual, maestra en meditación. Me hace muecas de significado dudoso, abre la boca de un modo exagerado y pronuncia palabras sin sonido, me guiña el ojo y me observa con ironía o con piedad. No hay pautas. No sé qué rayos quiere. Cuando abro los ojos, se desvanece su rostro, pero es muy difícil permanecer de pie con la jeta anestesiada. Entonces me resigno a verla pasar. Lo increíble es el detalle con el que aprecio todos y cada uno de los rasgos de su cara. Es tal el realismo con el que se manifiesta la mujer que tengo la impresión de que podría tocarle sus mejillas si alargara el brazo… e inmediatamente me acuerdo de sus palabras: “LA RESPIRACIÓN ES LA CLAVE DE LA VIDA CAMILO” Todo el caos de Bogotá afuera y uno pensando once horas o cinco minutos en el hilo del aire que entra y que sale por las fosas nasales. Las instrucciones de ella son no controlar la respiración, solo observarla y aceptarla tal cual es. Cuando se logra, el mundo se vuelve un lugar sereno, pero cuando la cabeza empieza a jugar con imágenes y recuerdos, vuelve a ser el caos de todos los días. Respirar y no salir corriendo del consultorio es el objetivo. Mientras más se logra aquietar la cabeza y sentir la respiración, menos importa lo que está afuera de los límites de la consciencia.

Antes de irme, ese árbol blanco de ¡navidad! de ¡no creer! y con bolas azules, ¡quimérico! Me trasladan automáticamente a otro lugar, a las frías y blancas montañas del Tíbet. Este hecho, lo consideré increíble. Estando tan lejos y, gracias a la odontóloga, tan cerca. Al otro día cuando hablé con Antje, me emocioné tanto que no pude evitar que se me pusiera un nudo en la garganta por la emoción. No creo en doctrinas, solo en lo que me sirve, a veces un morral ligero y lleno de humildad, es el mejor remedio para aprender que el desapego y la lucha contra el miedo son las herramientas para comenzar a definir nuestra versión de felicidad con el impulso del camino. Sé que estoy lejos de ser una buena persona pero puedo garantizarles que un mejor hombre camina entre ustedes.

El sábado aguardaba los resultados de una radiología extraoral ordenada por ella, la odontóloga, cuando tropecé en la última página de una revista con la imagen de arriba. Qué raro es todo esto!

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