Una ciudad, un barrio, una artista

2 de noviembre del 2019

Por: Rosa Chamorro.

Una ciudad, un barrio, una artista

Ésta es la Heroica Puebla de Zaragoza, o la Cuatro Veces Heroica Puebla de Zaragoza, como suscribe con orgullo bajo su firma un notario que conocí hace poco. En todo caso, esta ciudad, capital del estado que lleva el mismo nombre, ubicada estratégicamente en la ruta entre Ciudad de México y el puerto de Veracruz, ha sido protagonista de varias contiendas militares a lo largo de su historia. Hace unos meses, aquí bajé mis maletas.

Desde la azotea del edificio donde vivo se divisan el Zócalo, unas casas coloniales, usadas hoy más como negocios que como viviendas, y el periódico El Sol. En el centro de Puebla sobrevive el recuerdo del pasado colonial, no solo por su arquitectura sino porque alberga un considerable número de iglesias, aunque no tantas como las 365 que tiene la cercana población de Cholula. 

En su fundación, el 16 de abril de 1531, los españoles dispusieron que el centro era para ellos y la periferia para los indígenas; y así como sucede en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, la administración política está al frente de la iglesia principal; aquí es un gran templo de estilo renacentista, se llama la Catedral de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, y es la Sede Episcopal. Digamos que, en el corazón de Puebla, en el Zócalo, se concentran, alrededor de la Plaza Mayor, los principales poderes públicos y varios portales que alojan almacenes y numerosos restaurantes en los que se puede disfrutar la variada gastronomía local, que incluye dos de los platos insignia de México: el mole poblano y el chile en nogada.

La temperatura y clima de Puebla cambian con las estaciones, pero ello no obsta para que todos los domingos, fielmente, me llegue el sonido de las campanas de la Catedral convocando a los ritos católicos, y más tarde el sonido de la música de conciertos sinfónicos o de la bonita y alegre música mexicana que todos los fines de semana disfrutan los pobladores locales y los turistas que asisten al espectáculo gratuito ofrecido por los organismos de cultura de la ciudad. Aquí en el Zócalo viví este año la ceremonia del Grito de la Independencia, que congrega en la Plaza principal a una gran multitud de personas, como sucede en todas las poblaciones mexicanas el 16 de septiembre, para conmemorar el inicio de la lucha independentista por el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla en 1811; aquí también me he contagiado de la alegría de los bailes típicos y he cantado junto a los mariachis. Y estoy esperando con muchas ansias la celebración del Día de los Muertos que ya se anticipa con los altares adornados de una flor amarilla, la flor del amor y la muerte, o la flor de los veinte pétalos, o cempasúchil.  

Las vías centrales tienen una especie de pavé. Aquí es muy difícil encontrar las calles desiertas; incluso muy tarde en la noche, me he topado con gente caminando muy de prisa para llegar, me imagino, a descansar a sus casas. Esta zona de la ciudad tiene vida, mucha vida, desde los colores de las casas coloniales, los cafés con libros, las bibliotecas antiguas, los restaurantes, los viejos conventos, hasta el comercio de todo tipo de cosas; y si uno camina alejándose del Zócalo puede encontrarse con un barrio que dialoga con los transeúntes, el conocido Barrio del Artista.

El movimiento de la vida tiene mucho que ver con el arte. Tal como pensaba el filósofo Bergson, hay que instalarse en la continuidad de lo real: oír las palabras y las risas, o los retazos de ellas, música de guitarra, el chinchín de las botellas de cerveza, sentir por estos días la brisa otoñal; la imagen sigue siendo difusa, pero a la vez clara; es la realidad con sus colores y contrastes, percibida en un lento paseo por este colorido sector de la ciudad.

Aquí todo parece fluir de la mano de los artistas. Entre ellos, se encuentra Gloria Mafir Roa, una colombiana que acaba de tener su segunda exposición pictórica en este barrio cuya historia data de 1940, y por el que han pasado las obras de grandes pintores mexicanos como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo y otros. 

Mafir pinta desde hace muchos años; estudió en Medellín de la mano del maestro Javier Toro en la Fundación Universitaria Bellas Artes. Y hace cuatro años vive en esta ciudad, acompañada de su esposo Carlos, quien realiza un doctorado en filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 

Mafir es una artista en toda su extensión, amante de la libertad y el movimiento no sólo trabaja la pintura sino también otro tipo de materiales como la madera. Es alegre, rumbera y conversadora, como buena parte de los colombianos. Nuestra plática pasó por varios terrenos, desde su infancia en una finca situada en la vía de Pereira a Marsella, en Risaralda; de su nombre, fruto de la creatividad de su padre, pasamos a su extraordinario trabajo en el arte hasta lugares mucho más comunes como las arepas paisas y las tortillas mexicanas.

Luego de la conversación, inevitablemente mis ojos se desviaron a sus obras: la bailarina que se instala en el movimiento, desde dentro, instintivamente; y en otro cuadro, un bosque, al que encuentro familiar, como el de la Sierra Nevada de Santa Marta, un bosque de viento verde y cálido, y ahí, dos guacamayas coloradas; de repente, me encuentro escuchando su parloteo y el susurro del viento entre los árboles, como si me hubiera transportado a mi casa en el Caribe colombiano.  

Esa sensación de cercanía con el mundo la puede generar el arte, porque gracias a él podemos tejer una red de significados. El arte hace eso y quizás más de lo que podemos teorizar acerca de él, por su condición enigmática y libre; y, en consonancia con Bergson, simplemente habría que dejarse llevar por la obra, dejarse llevar como en el río de Heráclito, “para adoptar la vida misma de las cosas”.

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