UNA DE GARCÍA MÁRQUEZ

11 de julio del 2012

Hace algunos años, con motivo de alguna celebración menor, recibí en mi casa de México a un grupo de mis amigos más cercanos. Conforme pasaba aquella noche diáfana de agosto, la casa se fue llenando de amigos ya no tan cercanos.

Les dejo este artículo de García Márquez que encontré buscando información relacionada con un tema que tenía en mente (los relativismos del placer).  Tratándose de quien se trata, y debido a que con absoluta seguridad él lo dice mejor que yo, hago una excepción y cedo el espacio. Es un tema bastante interesante, así que espero que lo disfruten.

Hace algunos años, con motivo de alguna celebración menor, recibí en mi casa de México a un grupo de mis amigos más cercanos. Conforme pasaba aquella noche diáfana de agosto, la casa se fue llenando de amigos ya no tan cercanos. Fue lo más parecido a una pesadilla malthusiana: la gente se iba multiplicando en proporción geométrica, mientras que yo sólo podía proveer viandas y licores en la proporción aritmética que había calculado. Tarde o temprano ocurriría lo que finalmente ocurrió, y que en ese tipo de celebraciones termina por ser catastrófico: se acabaron las seis botellas de whisky de 12 años que yo, con holgura de guajiro, había destinado para atender a las tres parejas originalmente invitadas.

No tuve más remedio: mientras alguien salía de urgencia a apoderarse de cuanta botella de whisky disponible encontrara a tres kilómetros a la redonda, yo tuve la providencial idea de reenvasar en una botella vacía de whisky de 60 años, que guardaba como recuerdo muy especial, otra de un whisky de toreros que me habían regalado una mala noche de tragos en un remoto caserío de Paramaribo. Fue asombroso: instantes más tarde los invitados hacían fila india para, después de apurar un primer trago bastante generoso, recibir una segunda ración de aquel matarratas caribeño que en cuestión de minutos amenazaba con agotarse.

El hecho fue una confirmación inapelable del deslumbramiento que me produjo una conferencia a la que asistí hace muchos más años en Oslo. El conferencista, con el propósito de atrapar desde el principio a la audiencia, dio inicio a su disertación con una irresistible historia que yo desconocía. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hermann Goering, mano derecha y gran admirador de Hitler, se obsesionó con hacerse con una obra del pintor Johannes Vermeer -Hitler tenía dos Vermeer en su colección privada-; pero, por más que lo intentó, nunca logró robarla o comprarla durante sus infames correrías por la Europa devastada.  Finalmente, dio en Amsterdam con un marchante de arte holandés, Han Van Meegeren, quien le vendió la pintura de sus sueños por lo que hoy serían diez millones de dólares.

Cuando acabó la guerra,  Van Meegeren fue juzgado por traición a la patria: le había vendido una obra protegida a un nazi.  Sin embargo, Van Meegeren se defendió diciendo que él nunca había vendido tal obra.  Y era cierto: en realidad había vendido una falsificación pintada por él mismo con sus propias manos, tan perfecta que al propio Vermeer le habría costado trabajo negar que fuera obra suya. Van Meegeren fue absuelto, condenado por un delito menor de falsificación y, gracias al engaño, considerado héroe nacional en Holanda hasta el día de su muerte.

Todo el asunto va a que Goering se enteró del fraude cuando era juzgado en Nuremberg. Cuenta su biógrafo que, al recibir la noticia, el feroz nazi se transfiguró y cayó abatido sobre una silla, como comprendiendo por primera vez  en su vida cuánta maldad había en el mundo: habían abusado de su candidez vendiéndole una falsificación. Con todo, lo único malo que tenía la pintura era que no había sido obra de Vermeer. Por lo demás era idéntica a la original, lo que, según el psicólogo conferencista de aquella tarde, demuestra un hecho aparentemente incuestionable: los humanos somos escencialistas; nos gustan las cosas, no por lo que son en sí mismas, sino por la historia particular que cada una de ellas tendría para contar si por artes de encantamiento se convirtieran en seres humanos.

Pero ahí no acabó todo. Van Meegeren, durante el juicio que se le llevó, confesó otras espléndidas falsificaciones que había realizado con igual o mejor calidad; entre ellas la famosísima La Cena de Emmaús, considerada el mejor trabajo de Vermeer, y por la cual miles de turistas visitaban cada año el museo donde se exhibía. Develada la farsa, la obra fue retirada y su valor se hundió en el insondable océano de las baratijas del mundo. Todo por el simple hecho de tener un origen diferente del que antes se pensaba.

Así somos. Hay cientos de cosas o experiencias que tenemos por bellas o placenteras, pero que percibimos como mucho más bellas o placenteras si podemos asociarles una característica única o una historia particular.  Desde hace años viene en aumento un floreciente mercado de los objetos más inverosímiles que, contra los más elementales dictados de la cordura, se venden a precios exorbitantes: el puñal con que le cortaron los testículos a Rasputín, los zapatos que usó Judy Garland en el rodaje de El Mago de Oz, astillas de madera de la cruz de Cristo, y toda una colección de fruslerías inconcebibibles que, de no conocer yo personalmente a muchos de esos excéntricos compradores, daría por sentado que están completamente locos.

Cuando estuve en España bajo la servidumbre implacable de la escritura de una novela, lo único capaz de sacarme de la conduerma a que me sometían sin tregua las exasperantes vidas propias de los personajes fue la historia improbable de una mujer aquejada con el Síndrome de Capgras, aterradora enfermedad mental que consiste en creer que la persona amada ha sido sustituida por un doble perfecto. La mayoría de los afectados sufren la más pavorosa pesadilla que podría sucederle a ser humano alguno. Esta mujer, sin embargo, antes de padecer el trastorno vivía un resignado matrimonio infeliz: se quejaba del pobre desempeño sexual y de la escasa dotación masculina de su esposo. Fue después, durante los delirios paranoicos que se sucedieron, cuando agradeció al cielo la usurpación de su marido a expensas de un doble suyo “rico, viril, apuesto y aristocrático”. Y era el mismo hombre.

Mi propia vida, por supuesto, no es ajena a este tipo de de prodigios supersticiosos. Cuando escribí el primer tomo de mis memorias, estaba al mismo tiempo embarcado en la aventura de la revista Cambio Colombia. Con el fin de aumentar el número de suscripciones, la dirección de la revista diseñó una estrategia consistente en regalar a los nuevos suscriptores un ejemplar de Vivir para Contarla autografiado por mí.  Las ventas subieron como espuma, a pesar de que yo nunca tuve contacto con ninguno de los libros obsequiados. La explicación es fácil: Mauricio Vargas, entonces director de la revista, volaba regularmente a México, y en cada viaje me traía unas abrumadoras resmas de papel que yo debía firmar en jornadas de galeote; una vez firmadas, Mauricio las retornaba a Colombia y eran anexadas a los libros.

Los nuevos suscriptores se jactaban después, ante sus perplejas amistades, de los libros rubricados con mi autógrafo genuino, sin saber que el único contacto que yo había tenido con esos anónimos ejemplares era el efímero roce de mis dedos con las hojas de papel firmadas que más tarde se les adjuntaron.  Entre los muchos ilusos que compraron la suscripción estaba mi incógnito amigo de Barranquilla Samuel Rosales Ucrós, quien, dicho sea de paso, inventó de cabo a rabo desde la primera hasta la última frase de esta columna con el único fin de que ustedes disfrutaran leyendo la que seguramente consideran la mejor de todas cuántas  ha publicado por el mero hecho de creer que era mía.

@samrosacruz

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