Una ex de Bancolombia

21 de septiembre del 2018

Sonó el celu y era la chica de Bancolombia. Llama todos los martes, después de almuerzo, porque conoce perfectamente mis costumbres y sabe a las horas que estoy disponible y a las que no. Sabe también cuántas veces he visto en vivo a Radiohead y cómo se llaman mi madre y mis tías. Ayer me […]

Una ex de Bancolombia

Sonó el celu y era la chica de Bancolombia. Llama todos los martes, después de almuerzo, porque conoce perfectamente mis costumbres y sabe a las horas que estoy disponible y a las que no. Sabe también cuántas veces he visto en vivo a Radiohead y cómo se llaman mi madre y mis tías. Ayer me preguntó cuántas veces me cambiaba de pantaloncillos a la semana y si los prefería de algodón o de fibra. Reconozco su voz enseguida.

Otras veces quiere saber si voté por Duque o por Petro y si prefiero los grandes almacenes a las tiendas pequeñas. Prácticamente, le he dicho todo acerca de mí: cuántas novias he tenido, cuántos metros cuadrados tiene mi casa, qué perfume me gusta más y si soy partidario del flúor en la pasta de dientes. Llamada tras llamada, he ido contándole mi vida sin que yo supiera nada de la suya. No digo que en alguna ocasión no le haya mentido para aparentar más de lo que soy, pero básicamente tiene mi perfil. Lo de los pantaloncillos me pareció demasiado.

-Corazón, cada vez me preguntas cosas más íntimas -le dije.

-Yo no hago los cuestionarios -respondió-, pero vivo de ellos, compréndeme, son políticas de Bancolombia.

-No, sí te comprendo corazón, pero a mí también me gustaría conocer algún detalle de tu ropa interior.

-Cariño, pregunta lo que quieras.

Averigüé dos o tres cosas un poco avergonzado, y no seguí preguntando porque me pareció que ella no ponía ninguna pasión en sus respuestas. Respondía de un modo frío, informal, lo que me produjo un malestar indefinido. Al final, le dije que me cambiaba de pantaloncillos dos veces al día para parecer más limpio de lo que soy, pero ella interpretó que sudaba mucho y me recomendó unos Bóxers anti sudor con tecnología Drilook para evitar la humedad y las manchas de sudor en los lugares más íntimos. Eso dijo, “Drilook”, y me excité, vete tú a saber. De todos modos, no me gustó dar esa imagen de persona sofocada: creo que sudo lo normal, ni poco ni mucho. Respecto a si prefería el algodón o la fibra, no lo sabía a ciencia cierta, así que dije que la fibra, que la anuncian mucho ahora, aunque creo que más para la digestión que para los testículos.

La chica me dio las gracias, como siempre, y luego pasó mucho tiempo sin que me llamara. Empecé a preocuparme, no sé por qué, y al otro día, como si me hubiera leído el pensamiento, sonó el celular después de almorzar y era ella. Esta vez no quería hacerme ninguna pregunta: la habían echado o no le habían renovado el contrato basura y estaba en la calle la pobre. Por lo visto, no tenía a nadie en Bogotá, y me preguntó si podía quedarse en mi casa unos días.

-Después de todo -añadió-, vives solo y tienes un apartamento de 82 metros cuadrados, con dos cuartos.

Es cierto que vivía solo, pero en lo otro le había mentido. La verdad es que tengo un apartamento a mi nombre, con una sola habitación, sala y cocina independiente. Pero moralmente el apartamento es de mis padres (aunque les pago todo). Me daba vergüenza confesárselo, pero me pareció más prudente.

-Además, no tengo mesa de comedor ni Play Station -añadí- ni olla presión.

Ella dijo que ya lo había supuesto (nadie decía la verdad en las encuestas bancarias), pero no le importaba. Podía dormir en el sofá y no me estorbaría.

Me pareció absurdo decirle que sí, pero era tal la confianza que se había establecido entre nosotros a través de las llamadas y de los beneficios que Bancolombia traía para mí que era como negarle el cobijo a un familiar que pasa por Bogotá de camino al eje cafetero. Sin embargo, una relación con una voz no es lo mismo que una amistad con un cuerpo entero. La voz es lo más inmaterial que poseemos, lo más tenue, quizá lo menos nuestro. A mí me gustaba su voz, pero no podía decirle que dejara la voz y se fuera con el resto de sí a otro sitio, de manera que le di la dirección y me senté a esperar.

Al rato sonó el timbre del citófono, era el portero. Había una chica en portería muy menuda y muy joven preguntando por mí. Que suba, dije. No me la había imaginado así, pero me gustó más que en mis fantasías: una rareza, porque suele suceder al contrario. La invité a tomar asiento y, como tenía en la cabeza la descripción de su ropa interior, traté de imaginarla casi desnuda, pero ella se dio cuenta y dijo que también ella me había mentido respecto a eso: normalmente llevaba panty tipo tanga de algodón porque era alérgica a los tejidos sintéticos. Luego sacó un libro de química y se puso a estudiar. De esto hace un año y todavía no se ha ido. Lo malo es que ha empezado a llamar una chica de Davivienda y he vuelto a decir que vivo solo y que tengo dos habitaciones. Lo de las habitaciones es mentira, pero lo otro, pese a la presencia de la ex empleada de Bancolombia, continúa siendo verdad. No tengo remedio.

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