Una fiesta de inclusión, un homenaje al Pacífico

25 de agosto del 2011

Cali es una ciudad altamente segmentada, como muchas ciudades pequeñas y medianas en Latinoamérica. La clase media no es muy grande y no hay muchos espacios donde las personas de distintos niveles socio-económicos se unan. No hay un parque o un sitio de reunión público donde las personas se puedan apropiar de la ciudad. A […]

Cali es una ciudad altamente segmentada, como muchas ciudades pequeñas y medianas en Latinoamérica. La clase media no es muy grande y no hay muchos espacios donde las personas de distintos niveles socio-económicos se unan. No hay un parque o un sitio de reunión público donde las personas se puedan apropiar de la ciudad. A diferencia de Bogotá o Medellín, no hay bibliotecas gigantes al lado de parques que inviten a la familia a pasar un día en ellos.

Sumado a ello, la pobreza es racista en una ciudad que tiene un porcentaje alto de personas negras, igual o superior al de personas mestizas y blancas. Si usted va a una universidad privada caleña, a un centro comercial o a los clubes más exclusivos de la ciudad, la mayoría es minoría, ver a una persona de raza negra es raro. Cali se divide, la avenida Simón Bolívar es apenas la Calle 25, pero ahí se encuentra un límite imaginario de la ciudad. En ese límite empieza el distrito de Aguablanca, un terreno de inmigrantes y desplazados que empezaron a construir sus casas alrededor de los años setenta. Los índices de violencia son muy altos, la pobreza es inminente, y es aquí, en este distrito, donde viven la mayoría de los 600.000 colombianos afrodescendientes de la ciudad.

Cali, a 123 kilómetros del mar, es la gran urbe del occidente colombiano. Del pacífico colombiano. No deja de ser una ironía que el centro cultural y económico del Pacífico no esté en el mar. No creo que la selva tenga la culpa de que en Colombia no tengamos una Lima, donde sus mejores sectores miran directamente desde los barrancos el océano, un centro vacacional como Viña del Mar, o una ciudad construida entre ascensores y casas pintorescas donde Neruda miró siempre el azul profundo como Valparaíso. En cambio en Colombia, la pobreza campea, y los puertos como Buenaventura y Tumaco están abandonados a la poca presencia estatal, a la corrupción, al narcotráfico y a la violencia.

Los afrodescendientes colombianos han sido parte de una diáspora dentro de su propio país. Han tenido que correr de la violencia y llegar a ciudades donde no hay oportunidades para ellos. Son siempre los de afuera, los que se tienen que adaptar.

En este marco, el Festival del Petronio Álvarez se ha convertido quizás en el mayor evento de reconciliación. No solo de unión entre toda clase de ciudadanos, sino, del reencuentro de los colombianos afrodescendientes con su cultura, con su comida, con su licor, con el derecho de un espacio y un reconocimiento dentro de la ciudad.
Los caleños en los últimos años han virado su cabeza hacia este evento. Cada vez más y más personas asisten al Petronio. Y no hay nada más delicioso que ello, aquí no hay eventos exclusivos, aquí las mejores funciones son públicas y gratuitas. El Arrechón y el Viche, los licores, son baratos. Y de la gente ¿Qué? Nunca miran mal por no saber bailar, siempre hay un deseo constante por incluir e invitar a todos dentro de la danza colectiva.

La fiesta es ahora tan grande que el evento se está haciendo en el Pascual Guerrero. Muchos medios y periodistas se han quejado de que se pierda la inversión que se hizo para el Mundial Sub-20. Anoche en el estadio, nadie se paraba encima de la silletería nueva, incluso regañaban y le hacían cancioncillas a la gente que intentaba hacerlo. Es que, el Petronio es una muestra de amor al Pacífico, un reencuentro anual con su casa, con su mar, es un homenaje más allá de una fiesta, y, esa muestra de amor, todos la respetan.

Comentarios en twitter en: @mespinosaa.

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