‘Vamos a ser feliz, vamos a ser feliz. Felices los 4

‘Vamos a ser feliz, vamos a ser feliz. Felices los 4

2 de marzo del 2019

¿Sabes cómo me siento? Dijo ella. ¿Cómo una gata sobre un tejado de zinc caliente?, preguntó él. Las gatas saltan de los tejados y no se hacen daño, dijo ella. Vamos, salta, replico él. ¿Saltar dónde? Preguntó ella.  Búscate un amante. No merezco esto Rodrigo. No tengo ojos para ningún otro hombre. Incluso cuando los cierro te veo solo a ti.

El hombre salió sin despedirse de Lucia, su esposa, bajó por el ascensor hasta la portería del conjunto y tras subir de nuevo cautelosamente por las escaleras, golpeó con los nudillos la puerta del apartamento pegado al suyo. Le abrió Elena, su amante, conteniendo la risa. El hombre dejó el maletín en la mesa del comedor y se aflojó la corbata. Es increíble, -dijo dejándose caer en el sofá- estar tan lejos y tan cerca de casa al mismo tiempo. Recuérdame dentro de un rato llamar desde Medellín, aunque he acabado de discutir con ella todavía sigue siendo mi esposa. Teóricamente tendría que estar en la Ciudad de la Eterna Primavera a las 9.30. ¿Y tu esposo?

-Se ha ido a Medellín también. Quizá me lo encuentre en el avión, je, je. Había en aquella coincidencia algo excitante. Rodrigo era un cazador de simetrías y valoraba mucho la relación arquitectónica que mantenía el apartamento de su amante con el suyo. Lo que más le gustaba de aquella aventura extraconyugal era el hecho de que las cosas que en su vivienda quedaban a la derecha estuvieran a la izquierda en ésta. Equivalía casi a pasar unas horas dentro del espejo. Cuando se lavaba la cara en el lavamanos del cuarto de baño, se imaginaba a sí mismo al otro lado repitiendo con la mano derecha los mismos gestos que en este piso hacía con la izquierda. Incluso entre su mujer y su amante había descubierto una curiosa relación reflexiva, pues las dos tenían un pezón retráctil, aunque en distinto pecho.

Había desayunado justo antes de discutir con Lucia, pero volvió a hacerlo con Elena, pues a los dos les gustaba este rito matinal con el que forjaban la ilusión de haber dormido juntos. Después de comer, encendieron un cigarrillo que se fueron pasando parsimoniosamente mientras se veían a los ojos.

No sé quién diablos  soy, dijo besando a la amante en el cuello, si yo mismo o tu marido. Este va a ser un día fantástico, dijo Elena, aprovéchalo porque quizás mañana no vivirás. ¡Tienes razón!

Elena, voy a serte sincero. Quiero sepárame de Lucia para casarme contigo, no podemos casarnos Rodrigo. ¿Por qué no?, para empezar, estoy casada con Charlie y mis senos no son naturales. No me importa, dijo él.  Fumo, fumo mucho. Me da igual. Tengo un pasado horrible. Llevo tres años viviendo como una saxofonista. Te perdono, dijo Rodrigo. Y jamás podré tener hijos. Podemos adoptarlos. Es que no lo entiendes, Rodrigo. Soy arrogante, envidiosa, infiel y muy egoísta. Bueno, nadie es perfecto.

-Deberías llamar a Charlie y decirle que te quieres separar de él.  A quien tienes que llamar es a Lucia para decirle que has llegado bien a Medellín, a ver si podemos meternos en la cama de una buena vez.

-La llamaré desde el celular para que parezca todo más creíble, je, je.

-Te ríes como yo, je, je.

-Sí, je, je.

Mientras Rodrigo hablaba con Lucia desde el celular, sonó el teléfono fijo de la vivienda. Elena lo tomó, pronunció un par de palabras y volvió a colgar casi al mismo tiempo que su amante.

-Era Charlie, dijo, que acaba de llegar a Medellín. Se le entendía muy mal porque me llamaba desde el celular. Tiene la costumbre de llamar nada más salir del avión.

-Igual que yo je, je -dijo Rodrigo.

Ya en la cama, y para acentuar la relación, Rodrigo se colocó a la izquierda de Elena, pues en su casa solía acostarse a la derecha de Lucia. Nada más comenzar los ejercicios amorosos, oyó a su esposa hablar con alguien al otro lado de la pared, en la habitación contigua.

-¿Con quién hablará? -preguntó petrificado Rodrigo a Elena.

-Sola, habla sola desde hace mucho tiempo. Entonces se oyó la voz de un hombre.

-¿Y eso? -preguntó Rodrigo.

-Es ella también. Suele hacer las dos voces. La masculina y la femenina

-¿Estás segura? -Claro, la escucho todos los días.

Rodrigo se derrumbó sin ganas de nada. No es que hubiera desaparecido la sensación de encontrarse al otro lado del espejo, que tanto le gustaba, pero se dio cuenta de que lo había atravesado por aquel agujero donde el azogue, estaba desprendido, como la pintura de un cuadro viejo. Y eso le quitaba a la historia la magia simétrica. Así que saltó llorando de la cama y se fue directo a Medellín.

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