Brasil: vergüenza e indignación en medio de la pobreza

1 de agosto del 2013

A: Doña Tere, amor, color, sueños.

 Denunciar la arbitrariedad es el mayor logro que se brinda una mente libre para estar en paz. El premio otorgado por los fastidiados ante tal intromisión será la hoguera, la satanización, el suplicio, la prejuiciosa respuesta o el linchamiento mediático perpetrado por los lacayos de quienes, acostumbrados a buscar el lucro propio sobre el bien general, deciden tomar las riendas de las vidas ajenas, manipular y desacreditar a sus detractores imitando a  elefantes torpes que destruyen el débil equilibrio de una sociedad asqueada de buscar respuestas a problemas fundamentales como comer decentemente o lograr pagar las cuotas atrasadas de una hipoteca a quince años que pide más dinero que el malcriado hijo a quien se ama con algo de masoquismo.

El que denuncia tiene mucho que perder pero lo arriesga todo tratando de curarle las heridas al mundo. No tolera que un hombre de raza X le rompa el lomo a un hombre de raza Y porque se niega a trabajar sin salario en un cultivo de tabaco al sur de una incipiente nación donde sólo quien tiene dinero tiene derechos reales, los puede comprar. El que denuncia encuentra anti natura que sólo cinco familias de rancio abolengo controlen el destino de cincuenta millones de personas dedicadas a apagar el incendio cotidiano de la miseria, servir las comidas fastuosa de sus amos y pagar intereses perversos por el dinero que esta clase absurda les presta como si les estuviese haciendo un favor.

El que denuncia corre el riesgo por aquellos a quienes la sordera cómoda los tiene sumergidos en un estado de bienestar demasiado frágil, ignorando que el poder real yace en ellos y espera ser usado. Brasil, uno de los países más ricos y desiguales del continente, su gente, se cansó de saciar los caprichos de una dirigencia mediocre que pone los recursos que son del pueblo en función de la vanidad de una élite corrupta y torpe. Según estimaciones del establecimiento brasilero el costo de realizar el mundial de fútbol 2.014, refaccionar o construir estadios,  adecuar aeropuertos, saneamiento básico e infraestructura asciende a U$13.500 millones de dólares. Las voces autorizadas de expertos en estos temas sensibles dicen que el precio final será de U$48.000 millones de dólares si agentes externos al proceso no meten sus manos llenas de barro en el bote de los recursos.

Cálculos realistas (que incluyen el monto de coimas, sobornos e intermediaciones, acostumbradas e institucionalizadas cuando se realizan este tipo de eventos) elevan la factura que pagará el pueblo de Brasil, a la módica suma de U$76.000 millones de dólares. ¡U$76.000 millones! Algunas pregunta asaltan la poca lógica de este escribidor: ¿Cuántos hospitales, acueductos, autopistas, puertos, escuelas, estudios básicos, secundarios, universitarios, cuántos zapatos y comidas se pueden comprar con U$76.000 millones? ¿Valdrá la pena invertir esa cantidad de dinero para realizar el espectáculo más importante de lo menos importante que sucede en la vida de una sociedad? ¿Vale el ego de una élite loca que no coloca un centavo de su bolsillo, más que la vida de millones de personas que con las justas hace una comida al día? De verdad es un insulto a la inteligencia lo que están llevando a cabo los poco dignos gobernantes de Brasil.

Un día de tormenta para limpiar el estiércol del suelo

papa Francisco y Dilma Rousseff, kienyke

Se lleva a cabo la inauguración de la Copa Confederaciones de fútbol en el nuevo Estadio Nacional Mané Garrincha, de Brasilia, (por si acaso, Garrincha murió en la miseria y ni sus amos ni el gobierno se fijaron en él o le dieron una pensión mientras vivió) suceso que condimenta la realización del próximo Mundial en 2.014. Despliegue televisivo, emisarios de más de trescientas cadenas de noticias del mundo, hinchas genéricos de alegría ficticia alzando banderas y defendiendo con sus pronósticos a países que ni siquiera pueden ubicar en los mapas. Lanzamiento fastuoso. Dilma Rousseff, presidenta en ejercicio, ex militante de una organización guerrillera de tono izquierdista, sucesora de Lula da Silva, sin el talante y la fuerza de este vendedor de humo, es abucheada por la torcida cansada de escuchar las promesas de crecimiento y fortaleza de un país a quienes los corruptos tienen contra las cuerdas.

A su lado, un exaltado Joseph Blatter, capo de la mayor entidad deportiva en la historia de la humanidad, el que vende mundiales de fútbol al mejor postor con tácticas que rayan en lo mafioso y le corta las piernas con sanciones a quienes desconocen sus órdenes, le grita al pueblo encolerizado: “Amigos brasileños, ¿dónde está el respeto al fair play? ¡Por favor!”. Lo expresa en portugués, buscando hacer más humillante este regaño venido de las entrañas de un payaso que detentando el poder de la FIFA, se lucra con el dolor de una gente mal representada por sus “líderes”, personajes nefastos que tienen menos carisma e inteligencia social que una ostra.

La indignación del pueblo se traslada a las calles. Cientos de protestantes se toman las ciudades principales del país exigiendo cambios y vergüenza por parte de los funcionarios estatales, mientras, en los estadios, los goles no pueden disimular el papelón que los políticos hacen al ver desnudas sus costosas excentricidades. Algunos se encapuchan, otros portan en el rostro la máscara de Guy Fawkes, el revolucionario que es ícono adaptado por quienes exigen cambios en esta centuria que comienza y quien fraguó sin éxito la Rebelión de la pólvora, contra Jacobo I y su parlamento a comienzos del siglo XVII en Inglaterra. El pueblo vocifera, rompe cosas, exige cambios, se hace ver y aprovecha a sus ilustres visitantes para denunciar que Brasil es un coloso sin piernas plagado de recursos, con pésimos administradores y una pobreza tan cruel que no hay sino que mirar a los cerros para palpar que el hambre tiene una cara muy fea.

La respuesta de la señora presidenta que denunció ser torturada por la dictadura cuarenta  años antes: balas de goma, perros de presa lanzando bolillazos, vasallos de camuflado rompiendo cabezas, detenciones, rebajas en las tarifas de transporte público, origen de la protesta, que se vieron más como una limosna para no dañar la fiesta que deseos reales de enmendar el camino. La denuncia quedó plasmada y para muchos en el mundo no fue un campanazo estéril. El país “mais grande do mundo”, al igual que nosotros, sus vecinos de patio, se descascara, cae a pedazos, descubrió que el poder de izquierda o de derecha no fue la panacea sino para una minoría.  El mundial de fútbol, las olimpiadas o cualquier otro evento banal no son las soluciones que reclama un pueblo que muere ahogado por la riqueza que les roban sus paisanos, eso lo demostraron quienes en la calle enseñaron algo de decencia a quienes se frotan la panza en los ministerios esperando negocios multimillonarios como la copa mundial de fútbol.

Las personas tienen rostros, no son cifras y no se parecen a los afeminados que aparecen en los comerciales promocionando maquinitas de afeitar que te llevan gratis a compartir las sobras de un millonario banquete futbolístico que disfrutan unos pocos y pagaran los más pobres por décadas. Dichosos aquellos que tienen el talante de reclamar cambios y le quitan el aura de mártires a quienes se hacen elegir sólo para aprovecharse de sus electores. Dichosos quienes invitados a ser sordos tienen las agallas de escuchar.

PD: Brasil, la selección de fútbol, juega mal y feo. Ni siquiera Neymar, el nuevo “genio” que no le llena los botines al díscolo y maravilloso Ronaldinho, les podrá arreglar el “chico”. Si no ocurre nada extraordinario, Alemania será campeón, lo merece, son metódicos, respetan su esencia y han sabido esperar el momento. De Colombia no me atrevo a decir nada, ojalá la horda “seráfica”, Radamel, James, Armero y Zúñiga, aprovechen su cuarto de hora y creen algo de la magia irreverente que El Pibe, Asprilla y Rincón ofrecieron generosos.

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