Viaje relámpago a la ciudad desconocida

14 de mayo del 2013

Llegué al aeropuerto de una ciudad lejana y desconocida a las 4 de la mañana. Hacía frío, mucho frío pero nadie parecía haberse enterado. Los hombres llevaban pantalones ligeros y esos cardigans rayados que me recordaban a los jugadores de golf. De hecho, parecía como si todos estuviesen participando de un gran torneo que se […]

Llegué al aeropuerto de una ciudad lejana y desconocida a las 4 de la mañana. Hacía frío, mucho frío pero nadie parecía haberse enterado. Los hombres llevaban pantalones ligeros y esos cardigans rayados que me recordaban a los jugadores de golf. De hecho, parecía como si todos estuviesen participando de un gran torneo que se llevaba a cabo en el aeropuerto internacional de la capital. Las mujeres eran  elegantes y sobrias. De negro, de largo, con sombreros que les tapaban la vista y parte del rostro. Mi viaje era de esos relámpago: tres días, sacar algunas fotos, reuniones aburridas, cócteles para viejos y yo, sola y tan triste como la noche anterior.

Tomé un taxi y le mostré al conductor antipático la dirección del hotel señalando un folleto que imprimí de Internet. Ya me habían advertido que era muy difícil hacerse entender. En este país es mala educación hacer gestos con las manos por lo que el sentido de las palabras queda al azar del intérprete, debe captar el tono y la esencia del interlocutor.

Llegué muy cansada a mi posada vieja y decrépita. Al entrar me pareció ver una rata correr por el pasillo. Estaba tan cansada que no me importó. El lobby era grande, con un fuego semimuerto en una esquina, algunos sillones y revistas por el suelo. Me pareció interesante. El cansancio desapareció por unos instantes. Quería dejar mi equipaje, bajar al lobby, pedirme un trago y ver el fuego por un largo rato. Quería olvidarme de la terrible semana que había pasado, de los gritos, de la muerte. Sentí cómo el fuego le daba una nueva vida a mis huesos agotados y que finalmente el calor le secaba las lágrimas a mis ojos desahuciados. Busqué un punto infinito, sacudí los hielos de mi vodka y me dejé llevar. No sé cuántas horas pasaron, pero sentí que la pared al lado mío se movía, giré la cabeza y vi a un hombre sentado, con un libro en la mano cuyo título no supe leer, una sonrisa cómplice en el rostro y una botella junto a sus pies.

Zermatt, Suiza, Kienyke

Me sonrió dejándome ver sus dientes perfectos. Como perlas cristalinas rodeadas de un bosque encantado. Sus ojos me contaron su edad, unos 15 años más que yo, y me dieron más calor aún. Le mostré mi vaso vacío y en seguida le gritó algo al encargado de la barra, sin hacer ninguna seña. Al rato llegó una botella nueva con más hielos.

Media botella evaporada, los pies casi rostizados y el alma un poquito tibia fue la combinación perfecta para sumergirme en una música totalmente nueva. Ilai, sólo eso entendí de lo que dijo, comenzó a hablar. Su acento tenía una melodía inolvidable, entre nostálgica e infantil que contrastaba con un timbre ronco pero extremadamente cálido. Habló por horas sin mover nunca las manos. Yo concentrada en las perlas de su boca que bailaban en mi mente y me transportaban a un olvido absoluto. No había gritos, ni enfermedades, ni hospitales, ni vacío.

Ilai interrumpió su canto para posar su mano en mi hombro y acariciar mi cuello. Sentí sus dedos como nubes terrestres que me subían al cielo y me dejaban flotar. Cuando abrí los ojos estaba en el ascensor, roto y decadente. La próxima vez que pestañé estábamos en su cama. Las horas de conversación que tuvimos me habían contado mucho del mundo. Su lengua extraña no podía lastimarme ni hacerme recordar, su lengua inentendible no podía relatarme el horror ni la verdad. Ilai era el hombre perfecto esa noche y sus manos finalmente se movían y bailaban en mi cuerpo.

Amaneció sin sol y sin viento. El frío seguía intacto. Ilai, a mi lado, descansaba como un guerreo después de una gran batalla. Me hice un café, tomé unas aspirinas y me acerqué a la ventana. Pensé en la batalla que yo también había librado y ganado. Contra los prejuicios, contra el qué dirán y contra mis propios límites. Sentí que la ciudad desconocida me daba una libertad única que no entendía, igual que su idioma. Enseguida sonó el teléfono, me esperaban en el lobby. Tenía 4 reuniones y una sesión de fotos.

Me cambié, me miré al espejo con curiosidad como descubriendo a un ser humano nuevo y me fui. A Ilai nunca lo volví a ver. Pero aprendí a decir Te invito un trago en su idioma, por si alguna vez la vida vuelve a cruzarnos.

@marremusic

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