Volveré a Rock al Parque

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Volveré a Rock al Parque

21 de abril del 2019

La última vez que fui al festival Rock al Parque, en el parque Simón Bolívar de Bogotá, fui por temas laborales. Comenzaba mi primera etapa en el Canal Capital (año 2010) y se me ocurrió hacer un reportaje de recopilación de los tres días de esta ‘fiesta bogotana’. Recuerdo bien que en el cartel aparecieron ‘vainas buenas’ como Mutemath, Andrés Calamaro (que poco me gusta), Alerta Kamarada, Estados Alterados, Cuentos de Los Hermanos Grind y Ki – Mani Marley (uno de los hijos de Bob Marley).

La nube de humo marcó el cierre de la cita y más de un asistente se burló de mí cuando me vio, en medio de esos cúmulus, hacer un paso en cámara para la nota (vestido de corbata); tratar de no toser; y salir invicto del efecto eufórico de la música.

Los años siguientes me sentí discriminado. Tal vez porque los carteles, para mi gusto, no fueron tan atractivos; y porque, después de haber ido al ‘Me Verás Volver’ de Soda Stereo (24 – 11 – 2007), la vara ‘quedó alta’ y creo que me volví medio ‘chocho’, como dicen las abuelas, para las escenas musicales en vivo.

No obstante, lo intenté. Me ilusioné, nuevamente, con el tema de las multitudes y anhelé que los invitados melodiosos fueran el imán de mi asistencia. Tengo clarísimo que darle gusto a todo el mundo es complicado; pero también tengo claro que este evento, años atrás, se caracterizó por complacer a adolescentes y vejetes.

Y uno de esos adolescentes fui yo. Tras varias asistencias, la estrategia de arribo fue perfeccionada y el gozo poderoso de la jornada fue garantizado. En mi primer festival cometí el ‘craso error’ de ir con cinturón. El filtro de seguridad número uno fue ‘el coco’ de quienes, por orden de las autoridades, debimos despojarnos de lo que nos sostenía la vergüenza al nivel de la cintura. Para esa época, yo pesaba 55 kilos y los pantalones no me ajustaban sino que me colgaban; además, la moda era utilizarlos anchos. Esto significó comportarme como una adolescente quinceañera estrenando calzón descaderado, es decir, agarrarlo por la pretina y subirlo cada dos minutos para no quedar ‘en pelota’.

En esa época, también, comencé a fumar cigarrillo. Entonces me dediqué a esconderlos porque la ‘raquetiada’ del segundo filtro era más voraz; y comprarlos dentro del parque significaba devolverse a pie a la casa y sin correa porque, después de que me la quitaba debía pagar para que me la guardaran. Dentro de la billetera tuve una caleta que me permitió ocultar, al menos, un cigarrillito en buen estado.   

La luz al final del túnel siempre fue de color esperanza y estuvo ubicada en el tercer filtro: el último tono de verde militar que había que superar para poder entrar a la plaza del parque. Otra requisa, acompañada de nada que perder, relajó la situación.

Años después, para reemplazar la canana, me amarre los pantalones con una cabuya o con los cordones de algún par de zapatos viejos; ahorré un poco más para comprar los cigarros adentro; y, utilizando el argumento cultural, le dije a mi papá que asistiría a un evento importante de la ciudad y que, si él estaba por esos lados a la hora de salida, me recogiera. Fue entonces cuando, después de un montón de horas de saltar y gritar, recuperé fuerzas con un perro caliente de carro de metal y llegue a mi casa sin un peso, pero feliz y en carro.

Para la prueba de fuego del festival pedí asesoría. Eché mano de mi noble consejero de universidad, alias Gómez, quien para esa época decidió que la canción ‘One’, de la banda Metallica, era más importante que el ‘Bunde Tolimense’ o ‘¡Ay! Mi Llanura’. A él le solicité, en varias ocasiones, que me enseñara a ‘comportarme’ al ingresar a un ‘pogo’, es decir, a una minifiesta de patadas lanzadas al ritmo de la guitarra eléctrica y la batería. El tipo fue sabio y me dio su mejor consejo. Me dijo: “nooo, López. A usted no le veo garra pa’ esa vaina”. Tuvo toda la razón; cuando vi ‘el pogo’ en el festival le agradecí el consejo, a la distancia.

En mi concepto, desde 2011, la lista de músicos no fue la mejor; pero, después de muchas plegarias, los dioses de la estridencia escucharon mis rezos y me dieron gusto. ¿Por qué quiero volver a Rock al Parque? Porque el 2019 es el año del desquite; de llevar a mis hijas y a mí esposa a semejante evento; de volver con mis amigos de infancia a un bendito concierto; y porque el cartel está ‘Uno A’.

Los que más me gustan son: Fito Páez; Shoot The Radio (integrada por Zeta Bosio, el bajista de SODA STEREO); Los Amigos Invisibles; Babasónicos; Cristina Rosenvinge; Gustavo Santaolalla; Pedro Aznar; Zona Ganjah y el colombianísimo Juanes.

Además, vienen los titiriteros de 31 MINUTOS, unos chilenos que se dedicaron a divertir a grandes y pequeños y que, en su lucidez, decidieron crear un super héroe latinoamericano igual de importante a alguno de los de Marvel o D.C. Comics: el ‘Calcetín con Rombos Man’. Les dejo un link para que lo conozcan: 

‘Al César, lo que es del César’. Hay que agradecerles a Mario Duarte y a Julio Correal que en 1995 hayan tomado la decisión de darle a la capital colombiana algo de diversión, a través de esta zambra, ante tanto narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo. Esta fue la primera piedra.

El 29 y 30 de junio, y el primero de julio (festivo), serán conmemorados los 25 años del festival. Pero, acá, tengo una pregunta: ¿Si este fiestón arrancó en 1995, el cuarto de siglo no se cumpliría en 2020? ¿Alguien conoce el porqué de esta cuenta rara? Les dejo la tarea.

Nos vemos en el Parque…

@HernanLopezAya

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