El vuelo más aterrador de su vida

El vuelo más aterrador de su vida

28 de Diciembre del 2016

Domingo 18 de diciembre. Jota, así le decían sus amigos y cercanos, regresaba de Nueva York con su hermana. Doce semestres de una intensa carrera profesional, quizá la más digna, lo convirtieron en el tercer médico de la familia. Qué maravillosa labor la de entregarle al mundo tres personas que todos los días estaban salvando vidas. Con un gran esfuerzo y un coraje absoluto contra los embates de la vida, sus padres habían logrado el anhelado sueño de cualquier progenitor. Y habían hecho bien la tarea, no era uno sino tres, y este, era el tercer podio conquistado.

Su trabajo, podrían decir, había culminado por fin. Largos años de intenso acompañamiento, de deudas inimaginables, de templanza y perseverancia.

Jota, siempre había soñado con visitar Nueva York. Ahora quería conocer la Trump Tower, morada del próximo presidente de los Estados Divididos de América, como lo tituló la revista Time en su artículo sobre el personaje del año.

Además, soñaba con pasearse por la Quinta Avenida y recorrer el Central Park, un extenso paraíso arborizado dentro de la ciudad del Empire State. Quería ver con sus propios ojos todos aquellos relucientes edificios futuristas que se levantaban con magnificencia en las películas y deseaba con especial impulso, entrar al “Central Perk”, un conocido café en el que se habían grabado cientos de escenas de “Friends” para imaginarse por unos minutos parte del elenco de su serie favorita.

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Todo eso lo cumplió. Fueron los días más afortunados de su vida y se llevó al cajón de la memoria una experiencia que jamás se borrará.

Realmente jamás podrá olvidarlo.

Pero no por la imponencia y la majestuosidad de los rascacielos, ni por la exuberante naturaleza que emergía rodeada de miles de toneladas de acero en forma de edificios. No por los museos que visitó, ni por las gigantescas avenidas que no se parecían en nada a lo que en Bogotá se le conoce como “autopistas”. Qué gran estafa nos han vendido, pensaba.

Lo que realmente marcó su viaje fue el regreso.

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Jota, se devolvía con su hermana, una exitosa anestesióloga que lo amaba como sólo se puede amar a un hermano, en un vuelo de la Aerolínea Avianca que tenía la ruta Nueva York-Cartagena y Cartagena- Bogotá.

Luego de despegar de la ciudad que había soñado conquistar desde siempre, Jota no podía evitar ese singular sentimiento de nostalgia que todos experimentamos cuando dejamos un lugar que nos apasiona, que nos enamora y que nos ha logrado embrujar.

Sus pensamientos, en el aire, entre las nubes que parecían algodón de azúcar, que le daban a entender que Dios era tierno y dulce, y que siempre estaría a su lado asesorándolo y aconsejándolo con el bisturí y las placas, se enfocaban en lo que venía. Dos años de trabajar como médico profesional devengando salario en alguna zona rural de Colombia era en definitiva una etapa que desconocía y un escalón que lo llevaba a un nuevo comienzo, a un nuevo camino.

Estaba listo y tenía ganas de comerse el mundo, como cualquier joven que empieza a salir del capullo y a extender las alas, como cualquier ave luego de saltar al abismo y emprender por fin su primer vuelo.

Vuelo, el accidente del club de fútbol Chapecoense había ocurrido hacía poco. Él, ya empezaba a entender, por su profesión, el dilema eterno entre la vida y la muerte.

Millones de años habían transcurrido, y miles de mitos y leyendas se habían creado sobre ese particular hecho que nos carcome la conciencia. La muerte. Pero la verdad es que nadie podía asegurar de qué se trataba o qué pasaba después de que se cerraban los ojos sin retorno.

Aterrizó en Cartagena, cumpliendo el trayecto, y luego de unos minutos volvieron a despegar con rumbo a Bogotá en el vuelo AV-9089. La fría y lluviosa Bogotá le recordaba la terrible sensación que causa la cotidianidad y la rutina, pero Jota sabía que lo mejor estaba por venir.

Una vez más en el aire, era imposible alejar de la imaginación ese terrible impacto del avión de Lamia que por alguna irresponsabilidad y negligencia había causado la trágica muerte de  de decenas de personas. ¿Qué podían sentir esos jugadores en el último minuto de sus vidas?, ¿a qué dios serían dirigidas sus oraciones?, ¿cuál pudo haber sido su último deseo?. Esa es la vida, pensaba. Un parpadeo y de repente ya no estamos.

Parpadeó. El avión ya había llegado a Bogotá y el piloto le pedía a los pasajeros que aseguraran sus cinturones para el descenso y el aterrizaje pues ya estaban a 10.000 pies. Eso hizo Jota. La verdad es que no le asustaba volar, pero con la noticia fatídica un par de semanas atrás, quería sentirse seguro en tierra cuanto antes.

El avión empezó el descenso final, el tren de aterrizaje estaba listo y cuando la nave se situaba a solo unos  metros de la pista, para su sorpresa y su temor, notó que en vez de tocar el piso de El Dorado, el Avianca volvía a despegar.

¿Qué sucedía? No era un buen momento para ese tipo de bromas.

El piloto informó entonces a los pasajeros que por un viento cruzado no habían podido aterrizar y que permanecieran en calma y con los cinturones abrochados para un segundo intento.

Jota se dio cuenta que el sobresalto comenzaba a extenderse entre los pasajeros y los gritos, las aclamaciones y las preguntas eran cada vez más estrepitosas.

El avión dio unas vueltas en el aire, como calcando aquel accidente. Jota aún podía oír las voces de la grabación que los medios habían difundido ampliamente entre el piloto del Lamia y la controladora de la torre en el Aeropuerto de Río Negro. Y sabía cómo terminaba esa grabación.

Luego de otros minutos, que ya parecían dos vidas, el Avianca volvió a descender en otra pista dentro de El Dorado y cuando Jota por fin pensaba que se acababa la pesadilla, incrédulo y paralizado del miedo, el avión volvió a despegar.

¿Y si se acaba la gasolina?, ¿y si se cae el avión?

Además, Jota sabía a la perfección que ese episodio podía causar fácilmente un infarto en una persona con hipertensión. La algarabía era ya endémica.

Llantos, gritos y preguntas. El caos se había apoderado de ese lugar. Jota miró a su hermana, le dijo que la amaba e irremediablemente se fue en la memoria a los mejores capítulos de su vida. Recordó todo como en una moviola y caviló sobre cómo serían los últimos segundos de su existencia.

Mi trabajo es salvar vidas, pensaba, y ahora estoy a punto de perder la mía sin poder hacer nada.

Seis años de su vida dedicados a estudiar cada milímetro del cuerpo humano, cada célula, cada sistema, cada órgano y Jota se encontraba allí impotente sin poder cambiar lo que parecía un final inminente.

El avión estuvo durante casi 40 minutos en el aire, y luego de dos intentos frustrados, aterrizó. Jota, que se había pasado todo ese tiempo orando y suplicándole a su dios, pudo ver la vida de manera diferente una vez sus pies pisaron el duro asfalto. Era una oportunidad que no despreciaría. Se prometió darlo todo de si, para salvar cuantas vidas estuvieran a su alcance.

Alfredo Bocanegra Varón es el hoy director de la Aeronáutica Civil Colombiana, que es la institución del Estado encargada entre otras cosas de: “Vigilar, evaluar y controlar el cumplimiento de las normas aeronáuticas y aeroportuarias en los aeropuertos propios, concesionados, descentralizados o privados”.

“Dirigir, organizar, operar y controlar con exclusividad y en lo de su competencia, las telecomunicaciones aeronáuticas”.

El señor Bocanegra, fue congresista del Partido Conservador hasta el 2014, cuando no quedó elegido para repetir en el parlamento, trabajó con la Fabrica de Licores del Tolima y ha tenido varios cargos en la política.

Es abogado y magister en ciencias Políticas. En fin, Otra favor pagado del Presidente Santos.

Les dejo estas preguntas: ¿cuáles deberían ser las cualidades, conocimientos, habilidades y experiencias para asumir la dirección de la Aeronáutica Civil Colombiana?, ¿ser experto en ciencias políticas?

Respondan ustedes mismos.

Por: @santiangelro

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